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Un camarero de Elizondo en Edimburgo

Tras reunir “un colchón” suficiente para afrontar los primeros gastos, Jon no se lo pensó dos veces cuando le surgió la posibilidad de buscar con un amigo nuevos horizontes en Escocia

Jon Moreno con el clásico 'kilt', la tradicional prenda de vestir masculina en Escocia.

Jon Moreno con el clásico 'kilt', la tradicional prenda de vestir masculina en Escocia.

DN
22/05/2017 a las 06:00

La estancia de Jon Moreno Martínez (Pamplona, 1991) en Edimburgo ha sido corta pero intensa. Siempre le había rondado por la cabeza probar “la aventura” de vivir en el extranjero empujado por su interés por “otras culturas”, pero la falta de medios le cortaba las alas. “Terminé los estudios de FP en Administración y Finanzas y no me salía ningún trabajo, así que tampoco contaba con dinero para marcharme”, recuerda. “Un amigo mío que trabajaba en unas ventas en Valcarlos me dijo que necesitaban gente, así que allí estuve unos dos años de camarero y me hice un colchón”, relata. Y, finalmente, la oportunidad de marcharse llegó de improviso fruto de “una calentada”. Una tarde su amigo Ibai le comentó que se quería ir al extranjero y vio que era el momento de lanzarse. “Quedamos al día siguiente directamente para coger los billetes de avión a Edimburgo”, confiesa contento.

Con más ilusiones que planificación, Jon e Ibai volaron rumbo a las islas británicas, pero la experiencia no comenzó de la mejor manera. Nada más aterrizar en la capital escocesa se vio sin equipaje, porque la compañía aérea había extraviado su maleta: “Mi amigo Ibai me tuvo que dejar una toalla y un pijama para esa noche. Al día siguiente tuve que volver al aeropuerto para recuperarla”.

Debido a que no contaba con buen nivel de inglés, Jon era consciente de que no podía aspirar a un buen trabajo. Así que los primeros dos meses y medio estuvo en The Cafe Royal, “uno de los mejores restaurantes de Edimburgo” como kitchen porter, es decir, “en el fregadero limpiando todo lo que los chef utilizaban”, explica.

De ahí dio el salto a una agencia de empleo, el equivalente a una ETT, donde le contrataron “en eventos como la inauguración del torneo de rugby Seis Naciones, en un bar de cajero, de camarero y también en catering de bodas”.

Esta segunda etapa tampoco estuvo exenta de anécdotas. En su primer día, le enviaron a una localidad a una hora de distancia de Edimburgo y tenía que coger el tren. “Imagínate, yo solo, sin controlar el inglés”, apunta. “Me confundí de tren y aparecí en un pueblo que no me acuerdo ni cómo se llamaba. Tuve que contactar con la agencia para que avisaran al restaurante de que me había perdido y que llegaría tarde. Tomé un tren de vuelta para volver a la anterior estación, cambiar de vía y subirme al tren correcto. Cuando llegué al pueblo no encontraba el restaurante y puse Google Maps, que me mandó a un descampado. En definitiva, aparecí con 25 minutos de retraso, con los zapatos llenos de barro y el pantalón todo sucio. En fin, la cosa quedó en anécdota”, ríe.

Jon estuvo alojado primero en un hostel (albergue juvenil), en el que pagaba 110€ semanalmente, y luego en un piso compartido con otras cuatro personas, cuya renta era de 430€ mensuales por cabeza. “El nivel de vida en Escocia es en general bastante más caro que en Navarra, pero todo va en proporción. El salario mínimo está en 1.200 libras, unos 1.350€”, afirma.

Por azares de la vida, a los pocos meses de estar allí, a Jon le surgió la posibilidad de volver a Elizondo. “Qué casualidad. Me voy a Edimburgo y a los cuatro meses me sale un trabajo aquí. No quise desaprovechar el golpe de suerte y volví, pese a que allí estaba encantadísimo”, reconoce.

“El entorno natural de Escocia es muy parecido al de Navarra. La gente resulta tímida al principio, pero son buenas personas siempre dispuestas a ayudar”. Define su experiencia como “muy positiva” y dice que le marcará “para siempre”. “Ha sido algo bueno y he aprendido muchas cosas”.


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