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Pakistán

La irreductible monja de Olite

Esta hermana de la congregación franciscana Misioneras de María de 83 años suma ya 39 años en Pakistán ayudando a los más necesitados, a pesar de la inestabilidad permanente del país

La hermana Pilar atiende a uno de los pacientes del Hospicio San José de la localidad paquistaní de Rawalpindi.

La hermana Pilar atiende a uno de los pacientes del Hospicio San José de la localidad paquistaní de Rawalpindi.

Jaime León
Actualizada 16/05/2017 a las 07:47
  • EFE. Islamabad

La irreductible monja Pilar Ulibarrena Martínez de Ibarreta ha vivido golpes de Estado, guerras o el avance del islamismo en sus casi cuatro décadas en Pakistán, pero a pesar de sus 83 años y las dificultades sigue empeñada en ayudar los necesitados, más allá de su religión.
Menuda, de cabello blanco y una energía impropia de una octogenaria, la hermana Pilar afirma que desde su llegada al país en 1968 la pobreza ha disminuido pero ha aumentado la intransigencia con los cristianos y las minorías.

“Ha ido todo a peor. Cuando llegué te podías mover, podías hablar. Ahora hay que tener cuidado donde vas, con lo que dices”, cuenta a Efe la española en el hospicio San Jose, abierto por un misionero irlandés en 1964 en la ciudad de Rawalpindi, vecina a la capital.

“Ha ido todo a peor. Cuando llegué te podías mover y hablar. Ahora hay que tener cuidado”

Pilar remarca que nunca han tenido problemas en el hospicio, pero sí ha habido cambios a su alrededor en un país de mayoría musulmana y donde los cristianos representan menos de 4 millones en una población de casi 200 millones de habitantes. “Antes íbamos con hábito y nadie se metía con nadie, pero tuvimos que cambiar. Dejamos de llevarlos”, señala.

Originaria de Olite, desembarcó por primera vez en la república islámica en 1968 tras ser expulsada de Birmania. En 1991 se fue a cuidar de sus padres a España y volvió a Pakistán en el 2000 tras su fallecimiento.
Suma 39 años en un país inestable, que durante ese tiempo ha sufrido varias guerras, golpes de estado, catástrofes naturales y un auge del radicalismo islámico que ha causado 60.000 muertos en los últimos años, según estimaciones del Gobierno.

Recuerdos de guerra
Durante la guerra con la India y el conflicto independentista de la región paquistaní que después sería Bangladesh en 1971, las bombas caían cerca del hospital donde trabajaba. “Todo temblaba. Pero estábamos tan ocupadas que no teníamos tiempo para buscar cobijo. No nos pasó nada”, afirma afable la hermana de la congregación franciscana Misioneras de María.

Del golpe de Estado del general Zia Ul Haq en 1977 recuerda que “no hubo mucho jaleo”, pero si cree que en esa época se radicalizó el país.
Años más tarde, en 1988, un arsenal militar saltó por los aires no muy lejos del hospicio, en un incidente que acabó con la vida de 90 personas. “De repente, bum, bum. Era como fuegos artificiales”, indica.

De la invasión estadounidense de Afganistán en el 2001 se enteró cuando la llamaron de una radio española para entrevistarla.
Cuestiones de geopolítica que no son lo que más le preocupa.
En el hospicio San José encuentran cobijo niños huérfanos, paralíticos, enfermos crónicos y personas abandonadas por sus familias. “Lo más duro es cuando hay enfermos por los que no puedes hacer nada. Viene alguien con cáncer y no podemos hacer nada”, explica seria.

Seis monjas y unos 60 trabajadores cuidan a los 35 pacientes cristianos y musulmanes que allí viven, más los entre 80 y 100 personas que acuden a diario a un dispensario y una consulta abiertos a todo el mundo. “Si llegan dos enfermos, uno cristiano y otro musulmán, y hay solo una plaza admitimos al que más lo necesita”, asegura.

De hecho, el hospicio sobrevive con las donaciones de musulmanes adinerados de la zona que regalan cabras, pan, huevos o medicinas.
Algunos de sus pacientes llevan décadas en San José, como Ruth, una mujer que sufre elefantiasis y cuya familia la dejó allí en 1973 o Rehana, de 40 años, que se rompió la columna en los 90 y el marido la llevó al hospicio para volver a casarse.

La hermana recuerda la pobreza del pasado y los numerosos bebés que eran abandonados o los sin techo que recogían en las calles, una situación que ya no se da. “Ahora las familias no quieren a sus enfermos, trabajan y no pueden cuidarlos y los dejan aquí”, cuenta.

A pesar de sus 83 años y varios episodios de fiebres tifoideas la hermana Pilar comienza a trabajar a las 06.15 horas cada mañana y su última cruzada es conseguir los fondos para arreglar el ascensor que lleva a la zona infantil.

La dificultad de subir las escaleras con sillas de ruedas con niños parapléjicos les llevó a dejar ir a la mayoría, pero la franciscana espera que cuando el ascensor vuelva a funcionar el parque infantil del centro se llene de nuevo de pequeños.


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