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25 años del pabellón de Navarra en la Expo de Sevilla '92

Un cuarto de siglo después de la apertura de la Exposición de Sevilla el 20 de abril de 1992, Navarra mira a la isla de la cartuja, hoy desconocida. Más de 600.000 visitantes cruzaron el bosque de hayas del pabellón Navarra hasta el 12 de octubre

Foto del pabellón navarra. Los gigantes de Pamplona, delante del edificio en  la Expo '92 de Sevilla.

El pabellón Navarra. Los gigantes de Pamplona, delante del edificio en la Expo '92 de Sevilla.

30/04/2017 a las 06:00

Hace 25 años, el mundo giraba a orillas del Guadalquivir constreñido en un mosaico de bondades y atractivos. Navarra participó de su encanto en un momento clave que convirtió a España en foco de la mirada internacional. Los Juegos Olímpicos de Barcelona aspiraban a marcar un hito en su devenir como trampolín del que servirse la economía en su progresión en el séptimo año de adhesión a la Unión Europea. Sevilla y su exposición -la Expo ‘92- abrían el 20 de abril una ventana al universo desde la que poder devolver un reflejo de su diversidad con una amalgama rica de matices, elevada a la categoría de “maravilla” por cuantos quedaron prendados por sus efectos. Hay consenso en los navarros que tuvieron la suerte de visitarla y, sobre todo, en quienes contribuyeron a sustentarla en 176 días para el recuerdo que, un cuarto siglo después, viven alimentados por el condimento de las emociones bien guardadas. De todas cuantas se sucedieron, fue la exposición universal por antonomasia que, como apuesta del Gobierno central y su réplica en la administración autonómica, marcó un antes y un después.

Navarra dispuso de una porción de tierra en la isla de la Cartuja. Dentro del amplio escaparate extendido contó con una “embajada” de su idiosincrasia, historia y costumbres. Bajo una estructura desmontable, rematada en una cubierta a dos aguas que simulaba la fachada de un caserío, quedó condensada su pluralidad. Un reguero de visitantes -a razón de 3.500 personas por día en una somera estimación del que fue su director adjunto, Alfonso Bañón Irujo- atravesó el umbral de aquel bosque encantado que, con quince hayas y un riachuelo en cascada, reprodujo con arte y creatividad el arquitecto Fernando Redón (Pamplona, 1929-15 de noviembre de 2016). “La concepción del pabellón fue un éxito en sí mismo”, aprecia con aire nostálgico y al mismo tiempo de reconocimiento a título póstumo su segundo responsable hacia quien fue el autor y alma mater, hábil en múltiples destrezas y capacidad visionaria para adelantarse a necesidades que a sus ojos estaban por llegar. “Imagina Sevilla, con 40 o 42 grados, en julio. Si Fernando Redón tuvo claro algo es que el pabellón debía transmitir frescor”, rememora quien fue su mano derecha en aquel despertar de ilusión, que involucró a un Gobierno foral en un período de cambio. Así como los previos, incluido el encargo recibido por el insigne arquitecto, correspondió al Ejecutivo socialista de Gabriel Urraburu, la responsabilidad institucional en la inauguración y el desarrollo recayó en el gabinete de Juan Cruz Alli. A efectos administrativos se constituyó una empresa pública, la Sociedad Navarra 92, cuya presidencia recayó en el vicepresidente del Gobierno, Miguel Sanz. Hubo un principio de austeridad que consensuó los criterios de los dirigentes dentro de una inversión global, hasta cierto punto fastuosa, que absorbió y caracterizó la Expo de Sevilla. “Fueron 1.140 los millones de pesetas” los que Navarra destinó a habilitar su icono permanente como parte de la pléyade de 17 comunidades autónomsa y los 108 países representados, amén de 83 organizaciones internacionales. “Comparando con otros pabellones autonómicos, fuimos los más austeros”, confirma Alfonso Bañón.

 


Con sólo 29 años, este licenciado en Derecho, máster en gestión de empresas y hoy director de Cursos de formación on-line en la Universidad de Navarra, aceptó un desafío que, entonces como ahora, se antojaba a todas luces exigente.

No olvida la conversación que en 1989 mantuvo con Fernando Redón en los prolegómenos de la aventura que le ató hasta 1993. Responsable de marketing en la desaparecida Inasa, en una época de eclosión de figuras destacadas de ciclismo con Miguel Indurain y Perico Delgado en las filas de Reynolds, renunció a su puesto por subirse al tren de Sevilla.

“LA APUESTA DE MI VIDA”

“Pero si esto tiene un comienzo y un final, piénsatelo”, recibió como consejo de buen amigo de Redón. El tiempo, que es un calibre en toda época de discernimiento, confirmó su opción. “Fue la mejor apuesta de mi vida, el trabajo con el que más he disfrutado y del que más aprendí. Fue empezar de cero y terminar”, apunta.

Su sí inicial activó el despertador en una carrera contra el crono, que divisaba la meta en la fecha del 20 de abril de 1992. “Fernando y yo viajamos a Japón para aprender de una exposición. Nos dividimos las funciones. Fernando, como director del pabellón, se ocupó de la arquitectura, de la concepción de los contenidos y también de una parte institucional. A mí me tocó la gestión, junto con otras personas. Recuerdo que una de las primeras cuestiones que nos preocupaba era gestionar el flujo de las colas que se podían formar. Hablamos con compañeros de otros pabellones que pensaban que no iba a haber colas. Hicimos un estudio del ritmo y del recorrido a seguir por los visitantes”, rescata de su memoria.

En la definición de su idea, Redón fue del todo clarivedente. Huyó -a decir de su fiel colaborador- “de una arquitectura rompedora” y apostó más bien por una tendencia “coherente” con los rasgos identitarios de Navarra. Entrar en el pabellón y ver recreado un bosque “en primavera-verano” con las quince hayas flanqueando un río de truchas era, a juzgar de su acompañante de aquella iniciativa, “una maravilla”. Hasta en la elección de los árboles quedó impregnado el sentido de pluralidad que buscaba su diseñador. Seguir con la imaginación el ejercicio de reminiscencia de Alfonso Bañón ayuda a entender el mimo que tuvo Fernando Redón en cada detalle. Por un momento, aunque sea de forma simbólica, su silueta vuelve a Sorogain, donde llevó a cabo en persona una parte de la selección. El resto de ejemplares se extrajeron de San Miguel de Aralar y Quinto Real.

 



Recuerda Elena Acaz, presidenta de la Asociación Juvenil de Voluntarios de Navarra (Asvona), que una de las tareas que asumieron los 32 voluntarios que se desplazaron a Sevilla fue regar las hayas. “Hasta crecieron champiñones”, recuerda. Además de acompañar a personas con movilidad reducida por los recovecos que conformaban el pabellón, Asvona se ocupó de dar vida a la mascota Javarro, el jabalí que simbolizó la estancia y que ofició de anfitrión en fechas señaladas de la muesta a Curro, icono de la muestra universal.

El efecto del bosque se apoyó en un segundo elemento novedoso para la época, que fue todo un desafío técnico para los encargados de reproducirlo. Lejano en el tiempo el descubrimiento de la aportación digital y con las comprensibles complicaciones técnicas de estampar en una imagen impresa un soporte de dimensiones desmesuradas, José Luis Larrión Torres y Enrique Pimoulier Las Peñas -profesionales de la imagen de larga experiencia- firmaron la instantánea de un bosque que recubría el lucernario de extremo a extremo. En total, una reproducción de 5 x 40 metros. “Al año, nuestros nombres aparecieron en el libro Guinness como los autores de la diapositiva impresa más grande del mundo. No veas las risas que nos hicimos al vernos en un reportaje de Diario de Navarra, junto a Miguel Indurain e Iñaki Perurena, como los navarros de récords mundiales”, sonríe con el recuerdo Larrión.

UNA MAÑANA EN ARALAR

Lo que hoy es una anécdota, recordada con humor, fue una prueba nada fácil de resolver. Por de pronto, Larrión y Pimoulier echaron mano de una cámara especial, “una Lindhof de fondo, de 6 por 17”, que aseguraba la obtención de panorámicas. Cuando el formato digital era una utopía por descubrir, aquel modelo, que Navarra disponía en unidades contadas, captó instanténas de altura en un bosque de hayas en el ascenso desde Baraibar a San Miguel de Aralar. En una mañana de primavera, los dos fotógrafos hicieron la labor de campo. En la reproducción y montaje posterior intervinieron unos laboratorios especializados de Barcelona. Sólo cuando Larrión y Pimoulier accedieron al Pabellón Navarra y recibieron el baño de luz traslucido se sintieron plenamente satisfechos. “El nerviosismo”, que acompaña a todo autor hasta no ver su obra terminada, desapareció. Las miradas se debatían entre la altura iluminada y el efecto cautivador del riachuelo que surcaba el suelo, flanqueado por las hayas y donde, al principio, unas truchas pugnaban contra la corriente y su supervivencia. Procedentes de la piscifactoría de Oronoz-Mugaire, el cambio de hábitat y su naturaleza que les impulsaba a saltar aun a riesgo de salir del caudal y golpearse contra el quicio de las escaleras certificaron su desaparición.

Los dos fotógrafos aún debieron resolver dos encargos, como fue retratar en sus estudios a Miguel Indurain junto a un podio en una recreación que en Sevilla dio la oportunidad a no pocos visitantes de obtener una fotografía junto al ídolo del pedal del momento. De Fernando Redón recibieron la propuesta igualmente de recrear una escena del encierro. Una secuencia, con la silueta recortada de un toro a escala real y el fondo de un corredor enganchado a una ventana, trasladó a Sevilla la sensación de la carrera en Estafeta. El simulador condujo a Manuel Fraga Iribarne o el entonces ministro Carlos Solchaga, entre otras personalidades, a tentar la suerte, periódico en mano, delante de las astas estáticas.

LAS ALMADÍAS Y LA REINA

Como no podía ser de otra manera, el Pabellón Navarra echó mano de las nuevas tecnologías para no olivdar el pasado. Dispuso de dos montajes, uno de ellos en tres dimensiones, bautizado con el epígrafe Navarra en relieve. En doce minutos, un mosaico de cultura, deporte, naturaleza y costumbres aparecía desplegado a los ojos de los espectadores, protegidos con gafas polarizadas. El montaje plasmó, entre otros aspectos, el descenso de las almadías en el valle de Roncal en lo fue un impulso de su recuperación.

La segunda de las proyecciones se apoyó en el Camino de Santiago como hilo conductor en el repaso a la historia de Navarra.

Hubo un elemento dentro de la muestra permanente hasta el 12 de octubre que causó verdadero impacto y fue especialmente celebrada, a juzgar de la opinión de Alfonso Bañón. El restaurante, con la sucesión quincenal de profesionales de la cocina bajo la coordinación de Álex Múgica y su equipo, hizo las delicias de los comensales. “Tuvimos todos los días lleno”, coinciden en destacar el propio Bañón y Juanjo Barandalla, que ofició de metre. “Obtuvimos muy buenta nota”, recalca este último. “Pasaron desde Aznar, Fraga, la Duquesa de Alba..” y un sinfín de personalidades que quedaron rendidos a los encantos de la gastronomía navarra. “Fuimos valorados como uno de los diez mejores restaurantes de la Expo”, se enorgullece el que fue director ajunto del pabellón.

La distancia del tiempo permite revelar epidosios que entonces requerían discreción máxima, como el hábito de la Reina Sofía de acudir a restaurante, seducida por los platos con verdura. En visita oficial, los reyes, como también el entonces Príncipe Felipe, giraron visita a la sede, que recorrieron, entre otros, Gabriel García Márquez o la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro.

Superado el síncope, en forma de angina de pecho a tres meses vista de la inauguración, Fernando Redón se sintió satisfecho por el alcance de su obra.

La implicación de las empresas de la Comunidad foral en su ejecución y de los 120 trabajadores, la mayoría navarros, en su gestión, excedió de sus obligaciones por el compromiso con su tierra y con el mundo.


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