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SEMANA NAVARRA

El impacto del Canal de Navarra en el paisaje, desde el aire

A cielo abierto, el Canal de Navarra se asemeja a una extensa y delgada culebra de agua y hormigón que serpentea y se mimetiza en su entorno. Al menos esta es la imagen que ofrece la obra hidráulica más grande de la historia de Navarra, cuando se recorre de Itoiz a Pitillas, primera fase, en una avioneta del Real Aeroclub de Navarra

La infraestructura de regadío está transformando el paisaje. Así se ve desde el aire en su primera fase, de Itoiz a Pitillas.

ITOIZ. Aquí, en el embalse de Itoiz, nace el Canal de Navarra. Sus aguas recorren de norte a sur el territorio foral, hasta finalizar hoy en Pitillas (primera fase del proyecto). Situado sobre el río Irati y Urrobi, la obra toma el agua en la cota 528 (metros sobre el nivel del mar) y culminará en la Ribera, en la cota de 420 metros. En la imagen, tras la presa, Aoiz. Y a la derecha, al fondo, la balsa de Villaveta. IVÁN BENÍTEZ/DIARIO DE NAVARRA

Reportaje aéreo sobre el Canal de Navarra 10 Fotos

Reportaje aéreo sobre el Canal de Navarra

La infraestructura de regadío está transformando el paisaje. Así se ve desde el aire en su primera fase, de Itoiz a Pitillas.

Iván Benítez
Actualizada 28/04/2017 a las 11:43

"¿Qué pasa en la Tierra que el cielo es cada vez más chico?”, canta Fito Páez en Del’63. “El siglo se muere, está agonizando en cualquier hospital, nosotros tenemos la culpa y hay que solucionarlo (...)”, termina la canción.

El cielo es un buen termómetro de los cambios que se producen en la Tierra. Aquí, los sentidos se funden, planean, alcanzan horizontes inimaginables. “El cielo, volar, es el aquí y el ahora”, describe César Santesteban Echauri, de 48 años, piloto comercial e instructor del Real Aeroclub de Navarra, una escuela de pilotos con más de 52 años de vida ubicada en el aeropuerto de Noáin. “Cuando uno vuela, los sentidos se funden, y todo se ve distinto”, añade.

No sólo la Tierra muda su piel interior. También lo hacen las personas. En el caso de Santesteban ocurrió a los 28 años, de la mano del jefe de la escuela de pilotos, Carlos Eugui. “Eugui pilotaba un avión comercial”, recuerda, “cuando me invitaron a sentarme a su lado en la cabina”. Por entonces, este joven pamplonés -ingeniero de formación- tenía claro que quería ser piloto, pero no se lo había planteado demasiado en serio. “Fue un chispazo”. Al día siguiente, se inscribió en la escuela de pilotos del aeroclub de Noáin.

Desde entonces, han pasado veinte años. Su mirada escudriña las líneas curvas y rectilíneas de los tapices verdes, amarillos y ocres que configuran el inmenso telar del paisaje navarro. Conoce perfectamente sus pliegues y rincones. Hasta los colores que han sido reemplazados por otros los distingue. Por eso, quién mejor que un piloto de avión, para detallar lo que se puede fotografiar desde el aire y que sea diferente. “¿Qué fotografiaría yo desde el cielo?”. La pregunta sale ahora de los labios de César Santesteban, que se queda reflexivo.

Sin embargo, no tarda en dar con la respuesta. “Fotografiaría el paisaje que acompaña al Canal de Navarra”, afirma, rotundo. “Es lo que realmente ha cambiado en los últimos años... Y a mejor. Al menos es lo que he detectado desde el aire cuando acompaño a mis alumnos”, aclara.

Una semana después de lanzar esta pregunta, el pasado miércoles, Santesteban se sienta a los mandos de una Cessna 172, y vuela en dirección a la primera fase del Canal para recorrerlo desde Itoiz a Pitillas. Un itinerario de 98 kilómetros de los que 38 se encuentran soterrados en túneles y sifones. Son las cinco de la tarde y el viento sopla con una fuerza de 25 nudos (40 km/hora). Quince minutos después de despegar, ya se intuye en el horizonte el verde turquesa del embalse de Itoiz y los reflejos del cauce del Canal. “Aquí empieza...”, indica Santesteban, abriendo la ventanilla. Más allá también se distingue la balsa de Villaveta y el brazo de agua y hormigón de la obra, que serpentea urdiendo tapices de colores y tejiendo una indomable transformación paisajística.

La infraestructura, la mayor en la historia de Navarra, ha producido un importante impacto en el entorno, tal y como se puede comprobar en este reportaje. “Un cambio, pero a mejor”, recalca César Santesteban. “El Canal es el gran almacén de agua”, explican desde Aguacanal, sociedad concesionaria de la zona regable. “Y una opción de futuro para las generaciones venideras”. El agua, en definitiva, es vida”, resume el piloto de la Cessna 172.

El viento perfila un sutil y blanco cabrilleo sobre el agua del embalse de Itoiz. La sensación reconforta. “Desde aquí todo se ve distinto”, sonríe el piloto. Un paisaje hipnótico se adueña de la tripulación. El aquí y el ahora. El verde y el amarillo despliegan una alfombra infinita de cultivos. “Ha cambiado tanto el color del paisaje gracias al Canal de Navarra. Incluso en los meses de otoño e invierno se ve más verde la zona”, observa, interrumpido por las fuertes rachas de viento al entreabrir la ventanilla.

Sus palabras discurren a la vez que lo hace la culebra de agua y hormigón. El Canal aparece y desaparece. Se mimetiza. Hasta el agua del hormigón adquiere un tono azul verdoso. A veces resulta complicado seguir su cauce. “Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos”, escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito.


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