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HOSTELERÍA

La hostelería navarra no se escapa de los 'simpa'

No son estampidas de la dimensión del famoso ‘simpa’ de Ponferrada, pero los hosteleros navarros acumulan miles de historias alrededor de un fenómeno casi intrínseco al negocio. Lidian a diario con quienes quieren llenar el estómago sin pasar por caja

La hostelería asume que los 'simpa' forman parte del negocio y que evitar al 100%  la picaresca es difícil. En la imagen de un bar  de Sevilla.

La hostelería asume que los 'simpa' forman parte del negocio y que evitar al 100% la picaresca es difícil. En la imagen de un bar de Sevilla.

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Actualizada 17/03/2017 a las 11:00
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Los cuatro franceses se levantaron de repente de la mesa del restaurante y, sin acabar el postre, salieron a la carrera. Eran Sanfermines y Ángel Molina, propietario del asador Zaldiko, situado en la mítica cuesta de Santo Domingo, les siguió como un ‘Miura’ junto a otros empleados. Abortaron el ‘simpa’ en la plaza del Ayuntamiento con la ayuda de agentes de la Policía Municipal. La escena descrita es uno de los muchos modus operandi que emplean quienes quieren llenar el estómago a coste cero. No son ‘simpa’ de récord Guinness como el ocurrido en Ponferrada y que ha corrido como la pólvora entre la población, pero dejan un mal sabor de ‘caja’ al hostelero. Casi todo el mundo ha oído hablar de los 120 invitados a un bautizo que se dieron a la fuga y que han protagonizado titulares en prensa, radio y televisión.

Fianza sí, pero escasa

“No me fío ni del teléfono que me dan personas a las que no conozca al realizar la reserva. Suelo llamar uno o dos días antes para comprobar que, efectivamente, corresponde a quien ha reservado”, comenta Ángel Molina. La huida en estampida de los franceses no es su única anécdota. Treinta años en los fogones dan para escribir un libro. Elige una historia que, después de años, una vez hecha la digestión del cabreo, le arranca una sonrisa: “Era una persona. Vino sola, pidió el menú y, de pronto, se puso a hablar por teléfono. Me olió fatal porque no tenemos cobertura. La intención estaba clara. Sin despegarse del teléfono se dirigió a la puerta de salida. Le detuve y me dijo que iba a hablar a la calle. También salí y me planté en la puerta para vigilarle. Esperé más de veinte minutos y seguía hablando. Como soy parrillero tuve que entrar a poner pescado a asar. Fue un minuto, pero se me escapó”.

Para las celebraciones de bodas, bautizos y cualquier otro tipo de banquete, la mayoría de restaurantes acostumbran a pedir una fianza o señal. El asador Maya, en Esquíroz, solicita 150 euros para comuniones y 500 para bodas. “¡Claro que hemos oído lo de Ponferrada! A la gente le hace gracia, salvo a quienes trabajamos en el negocio”, apunta Antonio Maya. Se considera afortunado porque no ha tenido malas experiencias más allá de reservas incumplidas y algún que otro susto en el retraso en los pagos. “Hay gente que te dice que vendrá a pagar al día siguiente o el lunes. Procuramos coger a gente de confianza, pero si lo quieren hacer lo pueden hacer. A veces creo que somos demasiado confiados y que todos los restaurantes deberíamos aprender de lo ocurrido y pedir más garantías”, comenta Antonio Maya.

Sí que Maya ha sufrido ‘simpas’ en el bar Iris, aledaño al asador y de su propiedad. “Una vez llamamos a los forales porque no querían pagar y se pusieron violentos. Es desagradable. Ya no es el dinero de unas consumiciones, sino la cara de tonto que se te queda”.

Para cara la que le echaron tres parejas “bien vestidas” en el Café Niza para irse sin pagar. Ese día, su responsable, Gorka Lure, se encontraba al otro lado de la barra, como un cliente más, tomando un café. “Estaban organizados. Primero se fueron las tres mujeres. Pensé que irían de tiendas. Pero me fijé que los hombres estaban muy pendientes de los movimientos de los camareros y, en cuanto se ausentaron, se fueron. Como no sabía si habían pagado, lo pregunté. Efectivamente, no. Salí corriendo pero no los vi. Al entrar, me fijé que una de las tres señoras se había olvidado el bolso. Lo cogí y me fui a la calle. Me quedé por la acera y, de pronto, una mujer me lo reclamó. ¡Pudimos cobrar gracias al bolso!”

La forma de operar no siempre es la huida. Hay otros métodos, según cuenta Lure. Un señor ya mayor, que empezó a ir al Niza y que pedía “copas caras”. Nunca había problema. Un día tomó vermut, luego se quedó a comer el menú del día y lo coronó con un Jack Daniel´s. “Eran unos 35 euros y quiso pagar con tarjeta porque no llevaba dinero. No le funcionó y dijo que se iba a casa, que vivía en la Estafeta y que traía el dinero. Como era cliente más o menos habitual nos fiamos. ¡Aún lo estamos esperando!”.

Si este pícaro se fue a por tabaco, otros sí que intentan fumar gratis. Reclaman que la máquina del tabaco “se ha atascado” y no cae la cajetilla. “Es un viejo truco que usa más de uno, pero creo que los tenemos fichados en todos los bares de Pamplona”, comenta Lure, quien también ha visto desaparecer una botella de Ginebra de alta gama en el bolso de una clienta.

En aglomeraciones

Las aglomeraciones son momentos críticos. Los camareros deben multiplicar sus ojos y acentuar los cinco sentidos para que cuadren las cuentas. Y, sobre todo, tratan de cobrar nada más servir la consumición. Pero un despiste lo tiene cualquiera. “Una persona empezó a pedir bebidas y pinchos. Dijo que pagaría al final, que iban a estar pidiendo más. Así fue, pero en un descuido, se nos escaparon”, cuenta Julián Galarza, en el Bodegón Sarría. Ocurrió hace dos años y fue un pufo de 90 euros. “Es bastante dinero, pero lo que duele es que sientes que han jugado contigo”, recuerda. Por lo demás, Galarza rompe una lanza por la gran mayoría de los clientes. “La gente suele pagar nada más atenderla. Incluso todos los bares hemos tenido personas que se han ido sin pagar y, al rato, han vuelto porque se le ha olvidado abonar la consumición. Afortunadamente, estas situaciones son muy puntuales”, comenta el hostelero.
 

Sanfermines y las fiestas patronales de todas las localidades son un buen caldo de cultivo para quienes escurren el bulto. Pocos hosteleros ponen la mano en el fuego por no haber sufrido un ‘simpa’ en esas fechas. “Un 24 de julio, el día de El Cohete, estoy seguro que más de uno se ha ido sin pagar. Lo asumimos con normalidad, porque es imposible controlar todo al cien por ciento”, cuenta Javier Riega, en el bar José Luis, de Tudela. “Irse sin pagar es algo que ha pasado siempre y que seguirá pasando, añade.

En el Café Iruña cuentan que habitualmente un camarero un poco experto puede intuir las malas intenciones de ciertos clientes. “Se les puede adivinar porque están muy pendientes de los camareros. Si entran, si salen... pero a veces la apariencia engaña. No hay una regla”. Una de las formas de intentar no pagar que más observan en este local es la protesta. “Son personas que piden algo, por ejemplo dos cervezas y dos pincho, y empiezan a quejarse. Dicen que no estaba bueno, que la cerveza estaba caliente. Cualquier cosa. Ves que, en el fondo, no quieren pagar, porque miras los platos y ves que no queda nada. ¡Hay que tener mucha paciencia!”.

En los bares, restaurantes y cafeterías de los pueblos también sufren los ‘simpas’, aunque suelen ser menos habituales que en ciudades. La explicación la da Yolanda Falcón, responsable del bar Cooperativa de la localidad ribera de Murchante. “Si aquí nos conocemos todos. ¡Cómo se van a ir alguien sin pagar adrede! Mira, eso es lo bueno que tenemos en los pueblos”.

 

“Se exigirá la tarjeta al reservar una mesa aunque sean cuatro amigos”

“Lo normal y habitual es que la gente sea honrada y que pague”, afirma el secretario general de la Asociación de Empresarios de Hostelería de Navarra (AEHN), Nacho Calvo Pérez. Explica que la consigna en la mayoría de establecimientos es el que el cliente saque la cartera nada más servirle la consumición. Sin embargo, Calvo reconoce que no siempre es así. “Algunos hosteleros consideran que resulta un poco violento para el cliente que el camarero le vaya con la cuenta muy rápido”.

Al margen de la consumición puntual en el bar, el mayor quebranto de los impagos está ligado a celebraciones como bautizos, comuniones y bodas. Calvo recuerda que hace doce años se diseñó ‘un contrato tipo’ que se firma en el momento de formalizar la reserva. Es un documento donde se fijan puntos como el número de comensales, el precio del menú, los platos y la forma de pago. Al mismo tiempo, se exige al cliente el DNI, dirección y número de teléfono. “Da mayor seguridad cuando hay muchos invitados. Está bastante extendido, pero no al 100%”, valora el directivo. Afirma que el “mayor problema” en este terreno en la actualidad son las reservas para grupos no muy numerosos, de entre cuatro y quince personas, que luego no aparecen. “Se crea un lucro cesante. Antes, los hosteleros esperaban, pero ahora en cuanto se pasan quince minutos de la hora establecida y no han llegado, la mesa se da a otras personas que lo solicitan. Aunque no siempre es posible ocuparlas. Por ejemplo, un asador que dan las 14,30 horas y no han aparecido. ¿A quién le va a dar esas mesas? Ya no tiene opción”, detalla Calvo.

Desde los bares y restaurantes consultados coinciden con Calvo en el “problema” de las reservas incumplidas. “Me ha tocado llamar al teléfono que han dejado, decirme con todo su morro que estaba de camino y no aparecer. Es muy duro, te dejan con todo preparadoy no puedes denunciar”, cuentan en un bar. La problemática se da en toda España y, según avanza Calvo, la tendencia es que las personas faciliten una tarjeta al reservar “aunque sólo sea para cenar cuatro amigos”. “Será como cuando reservas habitación en un hotel, que te piden la tarjeta y se aseguran que así irás. Ya se está haciendo en las grandes ciudades y llegará aquí”.


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