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Casa de Misericordia

Tres toros inmortales para la Meca

Javier Celay ha disecado un jandilla, un miura y un cebada gago que se lidiaron durante la Feria del Toro de 2016

Un taxidermista prepara tres animales para el museo de la Plaza de Toros

Tres toros inmortales para la Meca

CASO
Javier Celay, en su estudio de Iracheta. Apoya su mano en los cuernos de Agujeta, el miura que ha disecado. Detrás se puede ver el manso que también ha preparado.

Javier Celay, en su estudio de Iracheta. Apoya su mano en los cuernos de Agujeta, el miura que ha disecado. Detrás se puede ver el manso que también ha preparado.

Actualizada 27/01/2017 a las 10:46

Comenzó a ser taxidermista el día que más cerca estuvo de torear, aunque él no lo sabía todavía. Ocurrió cuando era un chaval y su prima le invitó a una becerrada en Almazán (Soria). Javier Celay (Pamplona, 1985) quiso guardar la cabeza de aquel animal y encargó que la disecaran. No le gustó. Aquel becerro no se parecía apenas al que había toreado. Unos cuantos años después, Celay tiene terminado un toro entero disecado, el primero de los tres que le ha encargado la Casa de Misericordia. Es Coquinero, un jandilla colorado bragado que puso emoción al encierro del 11 de julio cuando se cayó en la curva de Telefónica. Mañana lo entregará para que forme parte del museo que pronto se abrirá en la plaza de toros de Pamplona. Y, según asegura Celay, se le parece, tiene su cara, como todos los toros que diseca.

También ha terminado casi a Bandolero, el menos maligno de los cebada gago que dejaron siete heridos de asta el 8 de julio, y a Agujeta, un miura cárdeno que pudo y no quiso cornear a un corredor francés el 14 de julio. Los dos animales, disecados también al completo, tienen el mismo destino, el museo de la Meca, pero estarán en la tienda, como reclamo para que los visitantes se hagan fotos con ellos.

CABEZAS Y UN MANSO


El taller de Celay en Iracheta, un pueblecito de la Valdorba, destila un aire de museo taurino. En el área de secado esperan una decena larga de cabezas astadas, algunas de Pamplona y otras llegadas de otras plazas. Una es para el torero Roca Rey y otra, quizá, para Dávila Miura. A su lado, Bandolero, el cebada de la Meca. En un rincón ‘acecha’ un gato montés. En el resto del taller se mezclan cabezas en construcción, una cabra montés, el miura Agujeta y hasta el cuerpo disecado, también entero, de un enorme manso, que el taxidermista culmina para El Encierro, The Exhibition, una muestra itinerante sobre la carrera pamplonesa, que ahora puede verse en Sevilla.

A Coquinero, el jandilla, lo tiene apartado, como se hace con los toros antes de las corridas. Seguramente le hubiera gustado verlo a Fernando Redón, el arquitecto navarro fallecido en noviembre. Él tuvo la idea de abrir la plaza de toros a las visitas y crear un museo en el que el turista pueda conocer mejor los rincones donde se desarrolla la fiesta taurina y parte del encierro. Redón fue también quien le propuso a Javier Celay que le disecara tres toros. “Estaba en plena mudanza”, recuerda el pamplonés, que comenzó en la Nochevieja de 2015 a 2016 su traslado a Navarra desde La Seca (Valladolid), donde había vivido los años anteriores. “Recibí una llamada de un hombre mayor de la Casa de Misericordia. Era Redón. Le estoy muy agradecido por haber confiado en alguien a quien no conocía”, explica el taxidermista, que desde aquel día recibió en su taller al arquitecto en varias ocasiones. “Le encantaba estar aquí”, señala el pamplonés recordando a Redón.

Aunque Celay aprendió a disecar animales en Valladolid, sí se conocía su actividad de taxidermista en Pamplona. “Suelo ir al patio de caballos y me presento a las cuadrillas. Les digo qué hago, les doy mi teléfono por si ese día ocurre algo reseñable”. Por eso Redón se fijo en él.

DESDE LA COMUNICACIÓN

Este pamplonés de 31 años podría ser el mejor candidato para encarnar el sentido de la palabra ‘reinventarse’. Javier González Celay, al que todos conocen por su segundo apellido, que es también la marca de su negocio, estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad de Valladolid. Aficionado al mundo taurino desde niño (llegó a estar un tiempo breve en la Escuela de Rada), comenzó como periodista en El Mundo de la capital castellana, donde cubría informaciones sobre toros y festejos populares. En 2008 fundó su propio canal de Internet, especializado en toros, Casta Comunicación. “Fuimos pioneros. Ofrecíamos vídeos, permitíamos descargar fotos… Todo iba muy bien hasta que nos golpeó la crisis y la publicidad se hundió”. Cerró el canal y le tocó la primera reinvención. Con dos socios, Pablo García Sanz y Miguel Sánchez González, creó una productora audiovisual generalista, Visual Creative, alejada del mundo del toro y en la que se dedicaba al diseño y los efectos especiales. “Yo me fui pero la productora sigue, y ha prosperado. Es una de las más importantes de Castilla y León”. Con ellos, por ejemplo, dirigió un documental sobre el hundimiento de la torre de la iglesia de La Seca, el pueblo vallisoletano donde vivía, una población de unos 1.000 vecinos a unos 40 kilómetros de la capital, famosa por sus vinos de Rueda.

Fue en aquella época también cuando la taxidermia entró en su cabeza. Quizá era la forma de que el toro volviera a ser protagonista en su vida. “Es como un veneno que no se va”. Además, podía ser una salida para sus virtudes artísticas. “Siempre se me dio bien dibujar y esculpir”. Celay aprendió a disecar por sí solo, leyendo libros, mirando Internet. “En España hay muy poco publicado, había que buscar material de Estados Unidos”. Se inició probando con animales pequeños, los que le daban amigos cazadores, pero lo que le interesaba eran las cabezas de toro. “El primero que hice, con una cabeza que compré, fue un desastre. Me quedaron los pitones, aún los guardo”.

Aquellas impericias se disiparon con el tiempo, y la práctica. Hoy la taxidermia es su negocio. En su taller guarda, por ejemplo, las cabezas de los seis toros que se lidiaron en el homenaje que se tributó en Valladolid a Víctor Barrio, el torero fallecido en julio en Teruel. Las sacará a la venta con la idea de que un porcentaje vaya para la fundación que ha creado la viuda del matador. También tiene en mente organizar dos exposiciones con cierto tono reivindicativo, una precisamente en Sepúlveda (Segovia), la localidad donde vivía Víctor Barrio, y otra en Valladolid, que ha perdido una de sus ferias taurinas, la de San Pedro Regalado, después de que el Ayuntamiento le retirara la subvención.

Muchas cosas han cambiado en poco tiempo para Celay. Vino a Navarra porque su entonces novia, la vallisoletana Raquel Domínguez, regresó de Escocia y encontró trabajo en Pamplona. En junio se casaron. Ambos construyeron su refugio en Iracheta, a 37 kilómetros de la capital navarra. “Queríamos un sitio no muy lejos de Pamplona y donde podría montar un taller”. Aún sigue ligado al diseño (hace etiquetas para bodegas de vino) y a la creación audiovisual (en marzo la Filmoteca estrenó su cortometraje de ficción Agustín) pero ha encontrado su camino en la taxidermia y en los toros. Así, asegura, siguen vivos. “Sólo mueren las cosas que se olvidan. Y este toro así no se olvidará nunca”, dice mirando a Coquinero.


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