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Premio Príncipe de Viana 2016

Ignacio Aranguren: “Nuestros dirigentes desprecian lo que ignoran”

Ignacio Aranguren, profesor, director teatral y creador del Taller de Teatro Navarro Villoslada, un proyecto educativo y cantera de actores y espectadores que es un referente nacional

Un sonriente Ignacio Aranguren eligió el escenario del Teatro Gayarre, su segunda casa como él dice, para posar antes de recoger el Premio Príncipe de Viana en Olite.

Un sonriente Ignacio Aranguren eligió el escenario del Teatro Gayarre, su segunda casa como él dice, para posar antes de recoger el Premio Príncipe de Viana en Olite.

Actualizada 29/12/2016 a las 18:23
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LAS ENTREVISTAS DEL AÑO                  Una selección de las principales entrevistas publicadas a lo largo de este año que se acaba en el suplemento La Semana de Diario de Navarra. Diálogos que aportan interés humano, nuevos enfoques a los grandes problemas y reflexiones sobre los  temas de actualidad de 2016.

Cuando sacó la plaza de profesor de Lengua y Literatura en el Instituto Navarro Villoslada era un joven de 25 años, novato en las aulas, como él mismo recuerda, pero con dos ideas claras. Quería ser profesor, por vocación, y continuar vinculado al teatro, su gran afición. Ignacio Araguren consiguió, no sin ciertas dificultades, sacar adelante un proyecto educativo a través del Taller de Teatro Navarro Villoslada, al frente del cual estuvo durante treinta y cinco años. Y no puede evitar emocionarse. El brillo de sus ojos delata el cariño que siente por los más de mil jóvenes de 17 años con los que compartió las aulas, el teatro y, sobre todo, “una escuela de vida”. Su entusiasmo se mantiene intacto cuando habla de ellos, a lo que ahora añade la ilusión con la que vive los días previos a la entrega del Premio Príncipe de Viana el próximo sábado en Olite. No está nervioso, pero sí un poco preocupado porque no consigue ajustar su intervención al tiempo que le concede el protocolo. Tan sólo cinco minutos, cuando su discurso, ensayado ante su mujer y en el momento de realizar esta entrevista, duraba doce.

Cuando llegó a un instituto y planteó el teatro como elemento educativo, ¿le entendieron?

Fue difícil . La gente relacionaba el teatro de los colegios con las obras por Navidad, Santo Tomás o fin de curso. Pero muchos compañeros me apoyaron y me entendieron. Tampoco quería hacer nada distinto de lo que hacían otros profesores, que era educar. Creé el taller de teatro con la perspectiva de formar personas y crecer en valores y en 35 años salió fortalecido.

¿Quedó alguna espina clavada, algún comentario que todavía hoy duele al recordarlo?

Hubo quien llegó a definir mi trabajo como “pasatiempo de profesor soltero”. Fue duro por quién lo dijo. Me dolió, pero tiras para adelante. Me quedo con lo bueno y con una cifra. Con el último taller antes de jubilarme hicimos 25 funciones y llegamos a 8.000 espectadores. Creo que era algo más que un pasatiempo.

¿Se considera pionero de la incorporación del teatro a la educación?

Ha sido un proyecto educativo importante y es un referente. El teatro ayuda a descubrir a las personas. En el teatro, el alumno no está por lo que sabe, sino por lo que es. Desde esa perspectiva, se trataba de descubrir la literatura, crear un espectáculo y hacer crecer unos personajes a la vez que va creciendo el actor y la persona. Que un alumno se supiera de memoria el Arcipreste de Hita o la lista de adverbios, no importaba a nadie. Los chavales estaban esperando de mis clases otra cosa.Eso implica manejar emociones y sentimientos. Había que enseñarles a abrir su mente, pues la edad de los 17 años es como una coctelera.

CAMBIOS EDUCATIVOS

En el teatro lo ha sido todo. Director, utillero, taquillero... ¿También actor?

También. Y espectador. Siempre he sido un fan del gallinero

¿Y en las aulas?

Profesor, tutor, confidente, siempre he tratado con adolescentes. En la clase es donde el profesor muestra el currículum oculto; es decir, cuando lo que enseña no es una asignatura sino maneras de afrontar una ilusión o una decepción. Lo hace desde el momento en el que entra al aula y cierra la puerta. Por ejemplo, cuando le das un examen a un chico y le dices “mira, te has columpiado, no te puedo poner más que un 4”, mientras que a otro le felicitas por sacar un 8 en el examen.

Este currículum, como usted dice, no aparece en las sucesivas reformas educativas y leyes. ¿Cuántas ha conocido?

He sobrevivido a muchos planes. Todas las leyes eran “lo más”, el gran descubrimiento del gobierno del momento. ¿Y qué ha pasado? Pues que ninguna de las que he conocido ha sido “lo más”. Por favor, dejen a los profesores que trabajen, ellos están en las aulas. No es necesario tanto cambio ni tanto político de turno cambiando las leyes.

La educación siempre está en boca de políticos, profesores, padres y madres. ¿Por qué genera tanta preocupación y conflictos?

A la educación y la sociedad lo que les sobra es ruido. Tenemos que educar contra, educar sin, educar para... Pues no. Hay que educar en silencio, educar en la esperanza. Los alumnos, que son los adultos del día de mañana, parece que importan un pimiento. La educación va muy deprisa, es cortoplacista. ¿Qué queremos hacer para esta sociedad? Estoy cansando de escuchar frases como “tú estudia Física o Ingenieria que luego tendrás un buen sueldo”. Está muy bien que la educación sirva para ganarte la vida, pero hay más.

¿No le parece lícito que un joven quiera convertirse en un profesional y ganar un sueldo digno?

Claro que sí, pero debemos reflexionar si sólo queremos hacer trabajadores o también personas. Estamos creando generaciones amnésicas. No es que hayan olvidado ciertos aspectos del aprendizaje, es que no lo han conocido.

¿De quién es la culpa?

A nuestros dirigentes les falta cultura humanísitica porque desprecian lo que ignoran. ¿Dónde se ha visto una educación sin un poso literario, sin una filosofía o una historia? Estoy de acuerdo con las nuevas tecnologías, con el inglés, con el chino. Pero hay valores importantes en los que se falla.

Una sociedad como la que describe, que busca grandes profesionales y mejores expedientes académicos, contrasta con el profesor que consiguió hacer teatro con un millar de jóvenes. ¿Cómo los convencía?

Los dos primeros meses eran para hacer grupo y crear un proyecto compartido. Les animaba a que vinieran al taller a jugar, no a juzgar, que vinieran a descubrirse. Quería que cada ensayo fuera un descubrimiento, un viaje. Y les explicaba que los ensayos no eran acudir allí a aguantarme a mí, a aprenderse un papel y escuchar mis broncas, porque siempre he sido exigente con todos mis alumnos. Mis armas secretas han sido la ilusión, la novedad y una formación. Ellos me ofrecían sus 17 años y, juntos, cambiabamos el instituto de acera.

APLAUSO Y CULTURA

¿No ocurría que algunos alumnos iban al taller por quedar bien ante el profesor?

Los había, pero duraban dos días. No he sido un director fácil, sino muy exigente y bastante gruñón. No quería solo actores, quería compromiso, por ello trabajaba el espíritu de grupo, el esfuerzo, el trabajo para los demás, el gusto por la cultura y la humildad. Siempre les decía que en un grupo de teatro tan importante era el protagonista como que el barría el escenario.

También pudo provocar el efecto inverso. Es decir, con 17 años y los aplausos del público, ¿hubo alumnos que se creyeron demasiado importantes?

El aplauso y la adolescencia es una mezcla muy peligrosa. Siempre les contaba una anécdota que me pasó a mí y con la que aprendí una lección. Cuando tenía 20 años me hicieron la primera entrevista en Diario de Navarra. Me sentía el hombre más importante del mundo y, el día que salió publicada, iba por la calle y creía que me miraba todo el mundo. Al día siguiente, en el mismo espacio que había salido mi foto, aparecía una calabaza de tres kilos que había conseguido un agricultor de Sartaguda. Siempre les decía a los chicos que tuvieran cuidado, que al final una calabaza les podía quitar el protagonismo.

Desde los años 70 hasta su jubilación ha conocido muchas generaciones. ¿Han cambiado los jóvenes?

Sí, pero los 17 años siguen siendo unos años en los que nada es lo que parece. Ni entonces, ni ahora. Si les hubiera dicho a la promoción de 1978 que tenían que cantar y bailar en un escenario, me habría quedado solo, mientras que las últimas generaciones era lo que querían hacer. La juventud actual es más deshinibida, está mucho más protegida. Aunque los chicos siguen teniendo muchas corazas para expresar sus sentimientos. Escuchar que la juventud de hoy en día está perdida me parece muy triste. Hay mucha hipocresía en torno al botellón y la diversión de los jóvenes.

Ha dirigido obras de Valle Inclán, Brecht, Buero Vallejo, Quevedo, Shakespeare o Moliére, entre otros. ¿Qué tiene el teatro clásico?

El teatro evoluciona con cada ser humano. Los autores clásicos están vigentes y muestran problemas y miserias de antes que ahora están igualmente vigentes. Siempre digo que a los clásicos los escribimos nosotros, cada generación. Y cuando elegía una obra, había una razón. He querido, a través del teatro, hacerles reflexionar sobre temas sociales. Nunca han faltado representaciones sobre la desigualdad entre hombres y mujeres. O la explotación de la miseria como espectáculo, pues está demasiado presente en la sociedad. No me importa la alegría del que gana, sino la tristeza del que pierde. Esto es lo que vende en nuestra sociedad, por desgracia.

Ha tenido alumnos, pero también discípulos. ¿Qué siente cuando alguno de sus pupilos se hace un nombre en las artes escénicas?

Orgullo y mucha esperanza. Todos los años algún alumno me preguntaba si valía para el teatro, que quería dedicarse a ello. Siempre les respondía lo mismo. Un actor o un director de teatro lo primero que tiene que ser es culto, precisa una formación. Después, si tienes voluntad y ganas, adelante, porque esto es una carrera de fondo. No tengas prisa, porque hay papeles para todas las edades. Y, sobre todo, no te dejes deslumbrar. No te vayas a la Plaza del Castillo a esperar que venga Almodóvar a descubrirte.

¿Las artes escénicas y la cultura en general gozan de buena salud?

La formación cultural no interesa demasiado a los políticos. Dudo que crean en la cultura para enriquecer un país. Se cree demasiado en los eventos, una palabra que me horroriza.

¿Qué quiere decir?

Ahora, cualquier cosa es un evento y nos lo venden como cultura. Pues no lo es. Se va a trompicones, se trabaja y se organizan eventos para salir en los titulares, para dejarse ver. No se trata de llevar la cultura de un lugar a otro para exhibirla. Lo importante es hacerla surgir. A la cultura, demasiadas veces, le sobra relumbrón.

¿Las obras que representaban cada año sus alumnos no eran un evento?

Era un proyecto educativo, un esfuerzo compartido y una gran ilusión para todos. Antes de representar la obra, lo importante era el fondo. Es decir, coger al alumno y decirle “mira chaval, vamos a ver si somos capaces de pensar y ver las cosas”.

Como profesor, hombre de teatro y Príncipe de Viana, ¿qué es para usted la cultura?

Lo que uno recuerda cuando ya lo ha olvidado todo. Es lo que nos formó como personas, todo lo que aprendimos y que, de alguna manera, está en nuestro ADN.

En su discurso de cinco minutos, ¿hará alguna recomendación a quienes velan por la educación y la cultura?

Con mi premio, de alguna manera, se reconoce al profesorado. Mi trabajo terminaba con aplausos y el de mis compañeros, con un timbre. Pero el trabajo educativo ha sido el mismo. Me acordaré de mi mujer, que ha sido la sufridora de mi vocación.

Entre las felicitaciones que habrá recibido, ¿con cuál se queda?

Con las que no esperaba, esas en las que en vez de decirte enhorabuena te escriben un folio y te emocionas. Son entrañables y,por pudor, me las guardo para mí.

"EL TÍNTE POLÍTICO DEL PREMIO NO ES MI GUERRA"

Ignacio Aranguren afronta con naturalidad ser el primer galardonado que recibe el Premio Príncipe de Viana de la Cultura con su nuevo formato. Es decir, sin presencia de la Casa Real, en el Palacio de Olite y sin una dotación económica directa, pero con un proyecto de divulgación por delante. No quiere polémicas ante el cambio adoptado por el gobierno cuatripartito.

Un galardón más para su estantería. ¿Le gusta recibir premios?

Prefiero que me aplaudan a que me piten. Claro que me gusta. Un premio es una manera de decirte que lo que has hecho ha llegado a la sociedad. También abre puertas para otros proyectos, más ambiciosos.

¿Impone recibir el máximo galardón de la cultura en Navarra?

Los premios hay que vivirlos con legítimo orgullo, pero con cierto distanciamiento porque te pueden volver muy tonto.

¿Cómo ha vivido el cambio de formato del premio?

En la distancia corta del mundo que me rodea he visto distintas sensibilidades y las quiero respetar todas. A algunos, el cambio les ha parecido bien. A otros no les ha gustado. Está bien que cada uno tenga su propia opinión. Vivimos en una sociedad plural.

¿Le hubiera gustado que se lo entregaran los Reyes?

No voy a hacer ningún problema de este asunto. De una manera u otra, las dos opciones son respetables e igual de válidas. He visto que los que me felicitan, me felicitan por mí. Me han demostrado una generosidad y un cariño tremendo. Lo demás, me parece que no es mi problema. Yo sólo tengo que agradecer y pensar, no me voy a posicionar

¿Se le ha dado un tinte político al nuevo Premio Principe de Viana?

¿Hay algo que no tenga tinte político en este país ahora? Político, pero no de “polis”, que estaría muy bien, sino con P de partido. En la política hay mucho personalismo. Así nos va. Tengo el legítimo orgullo de que Joaquín Pascal (PSN) y Yolanda Barcina (UPN) me llamaron en su día para colaborar. Ahora recibo con el mismo orgullo el premio que me concede este nuevo gobierno, de otro color. Me quedo con mi perfil profesional. Lo demás no es mi guerra.

¿Le parece bien que se invierta en un proyecto cultural o hubiese preferido el dinero?

Me parece bien que el Gobierno de Navarra invierta en cultura. El dinero del contribuyente que vaya al contribuyente. Yo vivo de mi pensión, que bastante me la he trabajado.

¿Ha pensado ya el proyecto que va ser promocionado?

No hay nada serio, únicamente un par de ideas que le comenté a la consejera en una reunión que tuvimos para preparar el acto.

 

EL TEST

Un libro. El Quijote.

Un programa de televisión. Las películas antiguas españolas de La 2.

Una película. El viaje a ninguna parte (le sigue emocionando).

Shakespeare o Molière. ”Shakespeare y Molière”.

Una obra de teatro. Luces de Bohemia (Valle-Inclán).

Un actor o una actriz. Irene Escolar.

Un deporte. Pasear “dándole al coco”.

Un lugar para viajar. Florencia.

Una afición. Coleccionar candiles.

DNI

Ignacio Aranguren Gallués. Nacido en Pamplona el 1 de mayo de 1953. Vivió en la calle Merced de Pamplona junto a sus padres, Antonio y Francisca, sus dos hermanos y su hermana. Estudio en el Instituto Ximenez de Rada de la Plaza de la Cruz hasta Bachillerato. Tras aprobar la temida Reválida, estudió Filología Románica en la Universidad de Navarra. Aprobó las oposiciones para docentes del Gobierno de Navarra y comenzó a trabajar en 1978 como profesor de Lengua y LIteratura en el Instituto Navarro Villoslada, donde se jubiló hace tres años. Está casado con Maite Lasheras y su hija, Miren, de 25 años, es psicóloga y música.


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