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Titánica Winslet

  • Desde que se ha afinado la nariz, Kate parece otra

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Titánica Winslet

Kate Winslet, una heroína en la isla de Richard Branson. ARCHIVO

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Actualizada 26/08/2011 a las 01:00

P ARA verano inolvidable, el de Kate Winslet. Ha estrenado nariz, rostro y tipazo, ha vuelto con su novio modelo, ha sido portada de revistas e imagen de una marca de cosmética. Y de remate, según cuentan, acaba de rescatar de las llamas a la mamá del multimillonario Richard Branson. ¿Se puede pedir mas? Se puede, pero sería abusar. Estaba la otra noche Kate en una de esas mansiones de lujo rústico-chic que tiene Branson en esa isla caribeña que adquirió por noventa millones de dólares (de ná) cuando se desató una pavorosa tormenta, asociada al pérfido huracán Irene, que lleva días campando por sus respetos en el Atlántico y arrasando todo lo que encuentra a su paso. Inciso: las estrellonas mundiales acostumbran a llevar luz y taquígrafos a sus viajes solidarios.

En esas ocasiones, se hacen con el kit del cooperante y posan con grandes sonrisas redentoras o cara de mucha preocupación (según proceda) y alguna criatura aborigen en brazos. Pero unas vacaciones de ensueño en las islas Vírgenes (porque no las ha visitado aún Strauss-Kahn), una escapada a un exclusivo paraíso cuya estancia media cuesta la escandalosa cifra de 37.000 dólares la noche, pese a encontrarse a no mucha distancia de la paupérrima Haití, no es algo que haya que publicitar. Total, ¿para qué? ¿Para suscitar envidias y agravios comparativos?

Pero hete aquí que de pronto del cielo cae un rayo (tal vez hasta justiciero) e ilumina el refugio privado y privilegiado de Branson & friends. Lo malo es que ese rayo no se limitó a arrojar luz ( sin taquígrafos) sino que además incendió una de las viviendas. A partir de ahí todas las versiones (menos una que dice que el héroe fue en realidad el hijo de la actriz) apuntan al valor sin límites de Kate Winslet que, con admirable arrojo, cogió en brazos a la nonagenaria mamá del anfitrión y la rescató de las llamas.

Dicen los psicólogos que uno siempre acaba pareciéndose al oficio que desempeña en la vida. Y puede que esta magnífica interprete británica haya interiorizado por completo y para siempre su intrépido personaje de Titanic, una insumergible heroína que en el apocalipsis final, y ya a punto de morir, se revela capaz de resucitar de un estado de semicongelación, deshacerse de su amado Di Caprio convertido ya para entonces en un iceberg, echarse a nadar en un mar helado, arrebatar el silbato de la misma boca de un cadáver, ponerse a tocar el pito con más autoridad que el colegialo Pierluigi Collina, y finalmente ponerse a salvo sin el menor rasguño... A los que hemos visto Titanic (unas quince veces) no nos cuesta imaginar a Winslet saliendo airosa de cualquier catástrofe.

Su amigo Branson, en agradecimiento, debería premiarla con millas ilimitadas en su compañía aérea, Virgin, en la que por lo visto aún no ha volado Strauss-Kahn.




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