Al calor de San Miguel
- Más de 3.000 personas se desplazaron ayer a San Miguel de Aralar con motivo de la festividad. El obispo de San Sebastián presidió la misa mayor
Publicado el 30/09/2011 a las 01:00
SAN Miguel de Aralar rezumó ayer gran ambiente acorde con la temperatura benévola, que adornó su festividad. Más de 3.000 personas, en una estimación somera a partir del millar de automóviles aparcados en los aledaños, profesaron su devoción con su asistencia al santuario. El gentío fue agolpándose desde la primera misa, a las nueve de la mañana, como dio cuenta Ángel Andrés Pascual, portador de la efigie del arcángel en su periplo por localidades navarras. Una referencia de la alta concurrencia fue la venta de velas o la solicitud de misas en la entrada del templo. Antes del mediodía, el propio portador de la imagen ya había vendido 200 cirios.
La cita anual empujó a devotos de ambas vertientes de Aralar hasta las alturas. La congestión alcanzó tal extremo que aparcar se convirtió en una quimera para los más rezagados, obligados a buscar sitio a dos kilómetros del complejo religioso.
El leve trajín de mercado en el acceso flanqueado por puestos de venta adquirió forma de silencio respetuoso en el interior, donde el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, presidió la misa mayor, cantada por coros parroquiales. El prelado se inspirió en la invocación de ¡Quién como Dios!,contenida en el significado del término Michael, para centrar su homilía en la diferencia de las líneas culturales que se basan en Dios o presciden de Él. Como dijo: "Quien pretende ignorar a Dios es quien concibe la centralidad y la libertad del hombre como sagradas. Cuando el hombre niega la grandeza de Dios se constituye en el centro de todo y cae en la destrucción. El que hace una cultura sin dioses se autodestruye. Sin embargo, si el hombre se manifiesta humildemente como hijo de Dios, en vez de restarle dignidad, se la aumenta. El hombre nunca es tan grande como cuando es humilde ante la verdad, persigue el bien y no lo fabrica". A la conclusión de los oficios, los fieles besaron la imagen de San Miguel.
Algunos de ellos se pasaron las cadenas que, según la leyenda, portó Teodosio de Goñi durante su cautiverio.