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CÁRCEL

La huella del penal de mujeres de Ventas

  • Aún hoy quedan barrotes en una calle de Madrid donde en otra época hubo una cárcel

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Actualizada 08/11/2015 a las 17:44
  • EFE. MADRID
Aún hoy quedan barrotes en una calle de Madrid donde en otra época hubo una cárcel. Allí, en ese lugar donde ahora hay un colegio, miles de mujeres malvivieron en un penal que nació con aires modélicos, pero que, tras la Guerra Civil, se convirtió en el paradigma de la represión política franquista.

A orillas de la M-30, una maraña de calles escondidas en un margen de la calle Alcalá guarda el secreto de la cárcel de mujeres de Ventas, un testimonio que hasta el próximo 14 de noviembre se cuenta en blanco, negro y papel de foto, en el centro cultural Fuente del Berro de la capital, en la exposición 'Ventas: Historia de una prisión de mujeres (1933-1969)'.

"Los mayores del barrio aún la recuerdan perfectamente", comenta Fernando Hernández Holgado, comisario de la muestra y profesor en la Universidad Complutense, quien no duda en subrayar que el objetivo de esta exposición es "hacer reflexionar" a quien se asome por allí.

"Queremos dar visibilidad a lo que fue la experiencia penitenciaria femenina durante el franquismo, a la época más cruda de represión: los primeros años del régimen", concreta Hernández Holgado.

También señala que, a través de 50 o 60 fotografías con la firma de Martín Santos Yubero o Alfonso Sánchez, se ilustra un recorrido por toda la historia de esta prisión, desde su creación en 1933 hasta 1969.

El investigador explica que, durante sus primeros años, hasta el inicio de la Guerra Civil, la prisión, en cuyo diseño se implicó personalmente Victoria Kent, pretendía ser "la primera prisión modelo para mujeres de España" en la que se abordara la vida de las reclusas desde un punto de vista "higienista y humanizador".

"La lamentable situación de la presa procedió a corregirla Victoria Kent implicándose en una prisión modelo y modélica que tendría salón de actos, celdas individuales, espacios diferenciados, terrazas, departamentos para presas con niños", enumera el historiador.

A pesar de ese planteamiento, llegó la guerra y por esta cárcel también pasaron hombres que, como señala Hernández Holgado, "fueron ejecutados de forma extrajudicial en Paracuellos y Aravaca".

Con los años 1939 y 1940 en el calendario arribaría el peor momento de la cárcel de Ventas, cuando estuvieron hacinadas "entre 3.000 y 5.000 reclusas en un espacio diseñado para 500", según confirma el experto.

Después de estos dos años, poco a poco y hasta su cierre y demolición, las presas convencionales se irían mezclando con las presas políticas procedentes de la Guerra Civil, que sostenían un perfil muy heterogéneo.

"La mezcolanza era tremenda, había desde mujeres jóvenes de 15 o 16 años hasta mujeres mayores de 80 años de pueblo", especifica Hernández Holgado, quien sostiene que todas ellas vivieron, especialmente en los años posteriores a la guerra -tuvieran o no un perfil político-, situaciones inconcebibles en prisiones actuales.

"Había problemas cotidianos de acceso al agua; el rancho no pasaba a hora fija, podías comer a las 9 de la mañana o a las 5 de la madrugada", comenta el profesor, quien también indica que el miedo era la nota predominante entre las convictas.

"En los años 39 o 40 estamos hablando de un clima de terror constante: estaba el temor a las sacas, es decir, a que la funcionaria, después del último recuento de la noche, procediera a sacar a condenadas a muerte para llevarlas a capilla", relata el investigador.

Después de eso, paseíllo en camión hasta el Cementerio del Este de Madrid, donde se sucedían los fusilamientos y que, debido a la cercanía con el penal, eran perfectamente escuchados por las compañeras que se habían quedado entre rejas aquella noche.

"Escuchaban todas las noches tiros de fusilería y podían incluso llevar la contabilidad de los tiros de gracia", confirma Hernández Holgado.

Hoy los disparos no son de escopetas, sino de los taladros de un taller de coches japoneses que irrumpe en el ruidoso silencio del barrio, al que las furgonetas de reparto y padres que dejan a sus hijos en el colegio acuden mañana tras mañana.

Poco o nada queda en el barrio de aquel penal, de las historias de resistencia de aquellas mujeres que pasaron varios años de su vida tras unos barrotes, que hoy son rojos, como las Trece Rosas, sus otrora inquilinas más ilustres, pero tras los cuales ahora se cuentan otras historias, más felices e igualmente anónimas, en unos bloques de pisos a orillas de la M-30.



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