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DISEÑO

El diseñador Javier Mariscal dice que está arruinado

  • El padre de Cobi afirma que vende sus diseños en la calle como un mantero

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Actualizada 20/10/2015 a las 10:06
  • AGENCIAS. BARCELONA.
Aunque para las cifras oficiales la crisis forma ya parte de un triste recuerdo del pasado, más aún en periodo electoral, la cruda realidad lo desmiente casi a diario. Que se lo digan a Javier Mariscal, uno de los tótems del diseño español, padre de Cobi, la mascota de la Barcelona olímpica, y coautor, junto a Fernando Trueba de 'Chico y Rita', que según ha dicho, está arruinado, sin trabajo y tratando de vender sus creaciones en la calle como un mantero.

Mariscal se ha sincerado en una entrevista en la publicación literaria 'Gurb', donde revela que, como a media España, se le empezaron a torcer las cosas en 2008. Cuando el Gobierno socialista negaba la crisis, al creador valenciano se le enredó la vida en un cúmulo de infortunios. "Me arruiné, no lo supe hacer, y al mismo tiempo tuve un desengaño amoroso y terminé en el psiquiatra tomando pastillas", ha confesado.

Mariscal dirigía un estudio de cuarenta diseñadores, al que le llovían ofertas de todo el mundo y muchas las rechazaba porque "no le interesaban". Podía permitirse el lujo de vetar encargos, hasta de El Corte Inglés. De la noche al día, el teléfono dejó de sonar. El trabajo se paró en seco, se vio obligado a hacer un ERE y a pagar indemnizaciones, que le han dejado sin nada. Lo único que mantiene, porque la ha puesto a nombre de su hija para evitar los tentáculos de Hacienda, es su vieja moto Vespa, con la que pasea por Barcelona, su ciudad de adopción. "Entré en una depresión muy gorda y bueno, poco a poco vas saliendo de la depresión, pero claro, de la depresión, no de lo otro, no del problema con el trabajo", señala en Gurb.

En un primer instante pensó que, como "siempre", le salvaría algún proyecto de China, de Japón, de Corea, de Brasil, de fuera de España donde mantiene su prestigio desde hace años. "Ya pasará, ya saldrá algo. Pero no", ha reconocido. Los encargos vía correo electrónico se cortocircuitaron y se quedó de brazos cruzados. Según admite, lo que le ha pasado ha sido una cura de "humildad". Y ahora, la realidad, a la espera de que vuelva a sonar el teléfono, es bien distinta de cuando estaba en el candelero olímpico y le llovían las ofertas millonarias en la Barcelona de diseño que se abrió al mundo entero. "Abro la tienda y ya no viene nadie", señala. "Tengo que ir a la calle a poner una manta en el suelo para poner ahí sombreros y cosas, para ver si la gente viene y me compra. Y además, como soy ilegal, tengo que tener unas cuerdecitas atadas a la manta para cuando llegue la Policía tirar y 'hoop' ...salir corriendo", resume.



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