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CASAS REALES

Las monarquías inician su renovación

  • Las ascensiones al trono de Guillermo Alejandro de Holanda y Felipe de Bélgica marcan el camino de cuál ha de ser el papel de los reyes del siglo XXI

El rey Guillermo Alejandro de Holanda ha pilotado el avión en el que ha llegado con su esposa Máxima a la base aérea de Torrejón, donde les han recibido a pie de escalerilla los Príncipes de Asturias.

Visita de los Reyes de Holanda a España_11

El Príncipe Felipe junto al rey holandés, Guillermo Alejandro

AGENCIAS
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24/12/2013 a las 06:01
  • COLPISA. MADRID
Primero fue Beatriz de Holanda la que cedió el testigo y un par de meses después Alberto de Bélgica recorrió la misma senda del retiro. El gesto de uno y otro no fue gratuito. Se hizo en ese momento, porque era el momento. En los Países Bajos era un secreto a voces que su reina se desprendería de la corona al cumplir los 75. Y así lo hizo. Lo anunció tres días antes de soplar velas, como en su día, 30 años antes, lo había hecho la reina Juliana. Dejaba paso la hoy princesa Beatriz al rey Guillermo Alejandro. Y lo hacía convencida de que la nueva generación traería consigo un soplo de aire fresco. No iba desencaminada, porque, de hecho, en sus primeras intervenciones, primero en una entrevista televisiva y más tarde en la apertura del Parlamento, el nuevo monarca de los Países Bajos dejó claro cuál ha de ser, para él, el papel de la monarquía en los tiempos que corren.

El 30 de abril se inició la renovación de las monarquías en Europa, con la abdicación de la reina Beatriz. Renovación, no revolución. Bien es cierto que no fue el primer soberano que accedió al trono en este siglo, pero tampoco lo es menos que el resto de herederos, empezando por Felipe de Bélgica, quien fue coronado el 21 de julio, fijaron sus cinco sentidos en los primeros días como rey de Guillermo Alejandro, en sus pasos y decisiones iniciales como monarca de los Países Bajos. "La única constante de la monarquía es que cambia", dijo Guillermo Alejandro días antes de convertirse en rey.

Con unos índices de popularidad desbordados, que superan el 75% de aceptación entre sus compatriotas, la Casa Real holandesa goza de una salud envidiable. Y quizás por eso, porque sabe que llega al trono con más aceptación que rechazo, se atrevió a decir, alto y claro, que "respetaré cualquier decisión del Parlamento sobre el papel que ha de jugar la monarquía, siempre y cuando ello se haga de forma democrática, incluso si se acuerda que la monarquía debe de ser puramente simbólica". ¿Qué quiere decir esto? Pues que, y valga la redundancia, en medio de una crisis que parece haber llegado para no querer irse, resulta más difícil de justificar todo, como las asignaciones públicas a las familias reales. Sirva como ejemplo el caso de España, donde la Casa Real, de forma voluntaria, dado que el Gobierno no tiene potestad para ello, ha decidido acogerse a la Ley de transparencia.

Con una idea parecida accedió al trono Felipe de Bélgica. Claro que su caso es bien distinto. Bélgica no son los Países Bajos, y su situación política tampoco. Pero el nuevo rey de los belgas se colocó la corona con todas las bendiciones. Sustituye a Alberto II, un príncipe que no estaba predestinado a reinar. Es más, a la muerte de su hermano, a más de uno sorprendió que no abdicara a favor de su hijo. No lo hizo, dicen, por la difícil situación política que entonces atravesaba su país. No quería dejarle un caramelo envenenado, y más después de una muerte tan repentina como la de Balduino. Tras veinte años en el trono, dijo hasta aquí, aunque mantiene el título de rey. Como dato curioso, cabe añadir que Bélgica cuenta hoy en día con dos reyes (Felipe y Alberto) y tres reinas (Matilde, Paola y Fabiola).



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