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SOLIDARIDAD

El maravilloso viaje de un kilo de arroz

  • El kilo pasó por las manos de un comprador, una voluntaria de Cáritas y las de una madre

El maravilloso viaje de un kilo de arroz

El maravilloso viaje de un kilo de arroz.

El maravilloso viaje de un kilo de arroz

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Actualizada 22/12/2013 a las 13:42
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  • EFE. MADRID
El espíritu solidario de estas Navidades ha hecho posible el extraordinario viaje de un kilo de arroz que pasó por tres manos: la de un ser solidario que lo compró, una voluntaria de Cáritas que lo recogió y la de una madre que lo coció a fuego lento para dos bocas que lo devoraron con gusto.

Todo viaje empieza con un punto de partida, y el de este kilo de arroz fue la estantería de un supermercado de barrio del que fue rescatado por Paloma, una vecina del distrito madrileño de Aravaca con el que quiso contribuir a la campaña de recogida de alimentos que Cáritas organiza cada Navidad en esta localidad.

A las puertas del supermercado le esperarían a este kilo de arroz el resto de sus compañeros de viaje: botellas de aceite, legumbres y un montón de pastas, que aguardaban en una modesta mesa de donaciones custodiada por Carmen, veterana voluntaria de Cáritas que a sus más de 70 años dedica la mitad de su día a los demás, especialmente en Navidad.

Su labor consiste en que este y otros tantos paquetes de alimentos que se recojan durante la llamada 'Operación Kilo' se organicen en bolsas para repartirlas lo antes posible a cientos de familias de la comunidad, entre los que, asegura, hay tanto personas inmigrantes como vecinos de toda la vida.

"Si yo te contara...", lamenta Carmen mientras coloca los paquetes de comida por montones, "aquí tenemos a jubilados que viven con sus hijos y hasta con sus nietos y todos viven de una mísera pensión", afirma al recordar lo importante que resultan alimentos como este kilo de arroz en la despensa de los más necesitados.

Concluida la jornada, llega la fase del transporte, en la que los voluntarios llevan la recolecta diaria al salón parroquial y la distribuyen cuidadosamente en robustos armarios que llegan hasta el techo y que a este paquete le recuerdan a las estanterías del supermercado de donde salió.

"¿Cuánto tenemos de cada?", pregunta al aire la hija de Carmen, seguidora de las acciones de su madre y con la que colabora para rellenar las bolsas con alimentos, entre ellos este kilo de arroz, que pasa de la amplitud del armario a la estrechez de una pesada bolsa cargada hasta los topes de pasta, judías, litros de leche y algún polvorón.

Así, pasan las horas y la cadena de montaje de bolsas solidarias hacen que se acumulen más de un centenar de paquetes blancos, que al caer la tarde dormitan a la espera de que llegue mañana, cuando pasarán a la despensa de un ciudadano desconocido.

Antes de que salga el sol ya hay quienes esperan en la puerta de la parroquia en la que se repartirán los alimentos, y este kilo de arroz cuenta con impaciencia los minutos para averiguar cuál será la mano afortunada que se lance sobre su bolsa y que lo lleve consigo a casa para la hora de comer.

No fue hasta las 12 de la mañana cuando Ana, que llegó con su carrito de la compra al salón parroquial, lo rescató de esta piscina de bolsas y se lo llevó consigo a casa, previo agradecimiento cordial a los voluntarios que han hecho posible un respiro en su despensa de los próximos días.

En el traqueteo del camino a casa, nuestro kilo de arroz se pregunta quién será el comensal que lo deguste, o cómo lo cocinarán; lo que aún no sabe es que una de las especialidades de Ana es el arroz cocido "con pescadito", el plato favorito de su hija de 14 años, que lo espera como agua de mayo cansada de la aburrida comida del comedor.

Para Ana estos puñados de arroz no podían ser más valiosos. Desde que tuvo que dejar su trabajo por su discapacidad de vista le quedó una pensión de 600 euros de la que tienen comen ella, su marido en paro y su hija adolescente, que almuerza a diario gracias a las ayudas del colegio.

"Entre eso y las cosas que te presta la familia vamos tirando", comenta optimista, y nada más llegar a casa lo coloca en la encimera para hacer de este kilo de arroz ese prometido cocido, el destino final de un maravilloso viaje que empieza y termina gracias a la solidaridad que, en tiempos como este, despierta la Navidad en los corazones de esta comunidad.



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