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POBREZA EN MARRUECOS

Infancia entre escombros en Casablanca

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22/06/2013 a las 06:01
  • EFE. CASABLANCA (MARRUECOS)
Ocupan las villas abandonadas de los barrios elegantes de Casablanca; son niños y adolescentes que mendigan y roban durante el día, y por la noche se reúnen en "familia" e inhalan pegamento.

A las 12 de la noche un equipo del Samu Social (servicio de asistencia social), compuesto por cuatro personas, entra en la Villa Alhofra (el agujero), situada en el barrio Bourgogne de la capital económica de Marruecos.

Las dimensiones de la casa -una de las tantas ocupadas en Casablanca por los niños de la calle- deja entrever el lujo que tuvo hace unos años, pero hoy el mar de basura que cubre el suelo hace difícil dar un paso hacia la estancia donde se encuentra un grupo de chicos y chicas de entre 10 y 20 años de edad.

"Las enfermedades más comunes que presentan estos niños son las pulmonares, como consecuencia de la cola, y las dermatológicas provocadas por la suciedad", explica Aziz, trabajador social del Samu.

Atika está embarazada de siete meses, Hamid acaba de salir de la cárcel donde estuvo seis meses por robo y Jadiya, con un cuerpo todavía sin desarrollar, se ve obligada, como el resto de sus amigas, a ejercer de vez en cuando como prostituta.

"Estoy protegida por mis amigas y el resto de chicos", destaca Jadiya que dice tener 18 años, pero que no aparenta más de 14, y que además de prostituirse ocasionalmente, se gana la vida vendiendo chicles en los semáforos y en la medina.

Lleva cinco años viviendo en la calle y asegura que "aquí somos como hermanos y nos respetamos. Me gustaría volver a la escuela porque en la calle no hay nada, pero ahora no puedo".

Algunas asociaciones calculan que son 25.000 los niños que viven en la calle en todo Marruecos, pero no hay cifras exactas. Son hijos de madres solteras o prostitutas, explotados sexualmente o económicamente, abandonados o huérfanos, y con frecuencia víctimas de violencia en el seno de sus familias, aunque las causas por las que terminan en la calle son muy diversas.

Historias como la de Atika, Jadiya y Hamid, jóvenes que han construido una vida en la calle y que han hecho de sus amigos su "colchón familiar", son las que suponen un mayor problema a la hora de lograr su reinserción. Aquellos que están dentro de una red son por lo general casos perdidos.

A pocas manzanas de "Villa Alhofra", un joven que se dedica a vender pegamento a los chicos del barrio relata cómo acaba de salir de un centro de acogida (los antiguos reformatorios) en Casablanca.

"Los niños se esconden de la Policía porque no quieren que les lleven a estos centros donde viven hacinados en un clima insalubre y de inseguridad", comenta Aziz, el trabajador social del Samu.

El mes pasado el Consejo Nacional de Derechos Humanos publicó un informe sobre estos centros de acogida en el que subrayó que "un gran número de menores sufre castigos corporales y deficiencias en las condiciones de alojamiento, higiene y alimentación".

Cuando cae la noche y comienzan las redadas policiales, muchos son los que se reúnen en casas como "Villa Alhofra".

Un chico, con los ojos vidriosos por el efecto de las drogas, saca de una mochila varias telas de flores con las que al día siguiente pretenden cubrir los tres colchones que comparten 24 personas.

Con una esponja bañada en cola en una mano, y en la otra una brocha para pintar, mañana decorarán la habitación derruida.

Acercarse a ellos, ganar su confianza, alejarles del mundo de las drogas, lograr su reinserción familiar, escolar, social o profesional es difícil, pero no imposible.

En un pabellón de exposiciones de los años 30 situado en el centro de Casablanca, una veintena de niños, que intentan reorientar su vida, participan en el taller que durante una semana les imparte un coreógrafo francés.

Se trata de una iniciativa para los niños de la Asociación Bayti (Mi Casa), un centro que lucha por los derechos fundamentales de los niños, que acoge a 600 al año, y donde en teoría pueden quedarse hasta los 18 años, pero muchos (alrededor de un 5%) permanecen más tiempo tras fracasar en la búsqueda de trabajo, mientras que otros vuelven a lanzarse a la calle.

A ritmo de una canción de Michael Jackson, los chicos que participan en el taller mantienen entre risas y con la mirada atenta las indicaciones del coreógrafo. Se acurrucan en el suelo, corren de un lado a otro y saltan al unísono.

Aquí no se drogan, no se preocupan en cómo conseguir unos dirhams y tampoco hablan de su pasado. Solo bailan, cantan y cuentan historias, historias de niños.



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