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Elecciones autonómicas 2015

La (in)cultura del pacto de los partidos políticos españoles

  • Después de las elecciones del próximo domingo se abrirá una etapa de acuerdos a la que no están acostumbrados los líderes políticos por tres décadas de bipartidismo y mayorías absolutas
  • La fórmula probable será la de gobiernos en minoría con apoyo parlamentario de otras fuerzas porque las coaliciones no entran en los planes de los partidos emergentes

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17/05/2015 a las 06:00
  • colpisa. madrid
Pactar, acordar, dialogar, entenderse. Cuatro verbos que a partir del 25 de mayo no se van a caer de la boca de los líderes políticos. Nadie, o casi nadie, va a poder gobernar en solitario en las comunidades ni en los ayuntamientos de las grandes ciudades. La política tendrá que entrar en un territorio poco transitado hasta ahora en España, el del pacto.

Los partidos, y también los ciudadanos, no tienen cultura pactista porque el acuerdo es visto, en cierta medida, como un desdoro. Una visión negativa que es fruto del deterioro de la imagen de los políticos y del desprestigio de la actividad pública por, sobre todo, los casos de corrupción. El pacto se asocia a pasteleo, cambalache, cambio de cromos, componenda o mercadeo.

El entendimiento pasa por hacer concesiones recíprocas, una práctica muy poco habitual entre unos actores políticos más acostumbrados al trágala y a la imposición de sus postulados. "Hasta ahora pactar ha significado repartir el pastel (del poder)", apunta Pablo Echenique, el candidato de Podemos al Gobierno de Aragón. En el futuro, prosigue, deberán ser acuerdos sobre programas y objetivos, no para el reparto de cargos.

A partir del próximo domingo, por tanto, las fuerzas políticas tendrán que hacer un cursillo acelerado de entendimiento, aunque no será sencillo ni pacífico porque el punto de partida es "un modelo de relaciones interpartidistas marcado por la crispación y la descalificación global del adversario", afirma el politólogo y catedrático Fernando Vallespín. Es improbable que los acuerdos que se alcancen cristalicen en gobiernos de coalición. En la reciente historia de la democracia no hay precedentes a escala nacional de ejecutivos de dos o más partidos, aunque sí en el ámbito autonómico y municipal.

El único gran acuerdo nacional que se ha fraguado en la reciente historia democrática fue el de los pactos de la Moncloa en 1977, y la única gran alianza gubernamental fue la de Unión de Centro Democrático, una amalgama de minúsculos partidos y personajes liberales, democristianos, socialdemócratas y franquistas con afanes de blanqueo personal, pero sin un ideario común y apenas cimentados por sus intereses. Aquel partido liderado por Adolfo Suárez logró gobernar cinco años antes de saltar hecho añicos. Después, todo han sido gobiernos en solitario con mayoría absoluta ya fuera del PSOE o del PP, con ocasionales mandatos en minoría parlamentaria con el respaldo de los nacionalistas catalanes y vascos. Pero esa es otra historia.

El domingo que viene están en juego el gobierno de 13 comunidades y de más de 8.000 consistorios, unos ámbitos en los que la cultura pactista está más desarrollada. En casi todas las autonomías y ayuntamientos se han alcanzado en algún momento acuerdos para gobernar. Pero en esta ocasión la proximidad de las elecciones generales de noviembre, o a lo sumo diciembre, va a dificultar el entendimiento, al menos así lo admiten en las direcciones de todos los partidos. No va a ser fácil porque, como recuerda el catedrático de Filosofía Daniel Innerarity, los dos partidos mayoritarios "llevan mucho tiempo viviendo en la comodidad de la hegemonía o el simple acuerdo con el antagonista principal, en aquello que se llamó bipartidismo". La irrupción de las fuerzas emergentes tampoco va a facilitar las cosas porque van a tratar de preservar su virginidad política, y la flexibilidad no parece que vaya a ser una de sus características negociadoras.

El mejor ejemplo de las dificultades es Andalucía, un territorio en el que la socialista Susana Díaz no logra la investidura pese a haber ganado con comodidad las elecciones debido a que ningún partido quiere darle su apoyo, y eso que solo se requiere la abstención en la votación del Parlamento autonómico. Todos se miran de reojo y se ponen de perfil hasta que pasen las elecciones del próximo domingo. Hasta entonces nadie quiere moverse. Después de esa fecha el acuerdo se barrunta más accesible. Esta actitud evidencia que los partidos, en términos electorales, tienen interiorizado que el pacto es mal negocio. No acordar, en cambio, es una muestra, dentro de esa lógica electoral, de firmeza y de convicciones aunque lleve a la ingobernabilidad del territorio.

Un planteamiento que no se produce en los países de nuestro entorno, donde los entendimientos y las coaliciones son moneda corriente. España es la excepción porque a la juventud del sistema democrático hay que sumar la aplastante hegemonía de dos partidos antagónicos que ha hecho en muchos casos innecesarios los pactos.


Promesas de campaña


Es un ejercicio inútil pronosticar qué tipo de acuerdos pueden fraguarse tras las votaciones del 24 de mayo, pero es una certeza que los habrá y las fuerzas políticas tendrán que renunciar a algunos principios que en campaña electoral se exhiben como irrenunciables. Este suele ser uno de los escollos más habituales para el entendimiento. En el fragor de la batalla electoral, las campañas suelen ser una subasta de compromisos y promesas trufadas de fraseología grandilocuente, pero que una vez celebradas las votaciones se convierten en una rémora para el acercamiento.

Bien lo sabe Artur Mas, que en la campaña de las autonómicas catalanas de 2006 se comprometió ante notario a que CiU no pactaría con el PP si necesitaba apoyos para gobernar. Perdió aquellos comicios, pero ganó los de 2010 y tuvo que buscar, con una espectacular pirueta política entre medias, el apoyo de los populares para gobernar hasta 2012.

Tanto en el PP como en el PSOE, pero también Podemos y Ciudadanos, dan por casi seguro que la fórmula más habitual en el futuro será la de gobiernos en minoría con apoyos parlamentarios de las fuerzas aliadas. La coalición gubernamental ha demostrado ser una trampa para el socio minoritario y un plus para el mayoritario. Si no que se lo pregunten a Izquierda Unida, que en en las recientes elecciones del 22 de marzo en Andalucía estuvo cerca de caer en la irrelevancia política después de haber gobernado dos años con los socialistas.

Los pactos venideros, además, deberán gozar de cierta solidez y contar con la fidelidad de sus promotores porque de no ser así el reguero de mociones de censura y adelantos electorales será inevitable con la consiguiente inestabilidad.

Los acuerdos, pese a todos los condicionantes con que tropiezan, se abrirán paso, so pena de condenar a la ingobernabilidad a comunidades y municipios. En las ciudades existe una salida en la ley electoral y si no se llega a un acuerdo al cabo de dos meses sobre el alcalde, el cargo corresponderá al candidato de la lista más votada. Pero en las autonomías, la única alternativa que se recoge, y no en todos los estatutos, es la repetición de las elecciones, una opción que sería el paradigma del fracaso de la política.



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