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HISTORIA

España no entró en la I Guerra Mundial porque los aliados no la necesitaban

  • El presidente Eduardo Dato ofreció a Francia la posibilidad de proporcionarle todo lo que necesite en agosto de 1914

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Actualizada 22/03/2014 a las 10:25
  • EFE. BARCELONA
El historiador del CSIC Fernando García Sanz, que acaba de publicar el primer gran estudio sobre el papel de España en la I Guerra Mundial, dijo que España no entró en el conflicto porque "los aliados no la necesitaban", pero "tampoco nos dejaron ser neutrales".

Cuando estalla la guerra, España se declara oficialmente neutral porque, como dice García Sanz, "tenía que hacerse así, era obligatorio, y no podía ser beligerante".

El historiador señala que "en la práctica, los aliados no nos dejaron ser neutrales, ni tampoco le interesó a España serlo".

De hecho, recuerda, en los primeros días de agosto de 1914 el Gobierno español, presidido por Eduardo Dato, ofrece a Francia la posibilidad de proporcionarle todo lo que necesite.

En el momento en que la guerra se hace muy larga y dura más de los pocos meses que se preveía, "los beligerantes necesitaron cada vez más abastecimiento y garantizar las vías de suministro, por lo que la posibilidad de que España escapara a ese control era mínima".

En este marco, los países europeos crearon los servicios de información y España, especialmente Madrid y Barcelona, se convirtieron en escenario de intrigas, espías y diplomáticos de ambos bandos.

La declaración de neutralidad, sostiene García Sanz en "España en la Gran Guerra" (Galaxia Gutenberg), no eximió a España de los peligros de la guerra.

"Por un lado, los aliados buscaban la estabilidad y la continuidad de gobiernos favorables, mientras que por parte de los alemanes las amenazas eran constantes contra lo que consideraban una ruptura de la neutralidad, y el resultado fue que se hundieron más de 80 barcos en las costas españolas, especialmente a partir de 1916, y aún con más crudeza desde febrero de 1917, cuando los alemanes declaran la guerra submarina a ultranza".

García Sanz desmiente el mito que alguna historiografía difundió de que España vio aumentado su prestigio internacional con esta guerra: "Alfonso XIII había pretendido erigirse como el general mediador de la paz y que España hubiera acogido la firma del tratado de paz, pero los aliados utilizaron al rey, que tampoco vio cumplido su deseo de incorporar Tánger a la corona española".

Cuando se inicia la guerra, España, precisa el autor, no es llamada a entrar en beligerancia contra Alemania, "en buena medida porque los aliados no necesitaban a España, que además ya les proporciona lo que necesitaban: materias primas y abastecimiento".

Por si fuera poco, España no tenía "razones para entrar en la guerra porque no había sido atacada, no tiene una reivindicación territorial, ni un ejército y una marina a la altura de los ejércitos que están entrando en el conflicto: unos 140.000 soldados, sin industria militar ni cañones de grueso calibre, de ametralladoras, no construye submarinos ni aviones de guerra", añade.

En ese contexto, surge la figura del acaparador, que "espera la oportunidad de que el Gobierno abra la mano para la exportación o dar salida a decenas de miles de toneladas de productos a través del contrabando, una situación que llegó a producir desabastecimiento en algunas zonas de España a las que llegó el hambre".

Sin que fuera una consecuencia directa de la Gran Guerra, el conflicto bélico hizo que resurgiera en España el problema político del régimen de la Restauración, las reivindicaciones sindicales y las regionalistas, frente a un Estado débil y en precario porque los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, estaban divididos en facciones, apunta García Sanz.

En cuanto al papel de Alfonso XIII, su mayor logro fue la creación de la Oficina Pro Cautivos, que además sufragó el propio monarca de su bolsillo con un millón de pesetas, en beneficio de los combatientes.

"Alfonso XIII está permanentemente informado desde las embajadas y habla con los distintos representantes diplomáticos y militares, a los que contenta con el discurso que quieren oír, sin darse cuenta de que entre ellos también se comunicaban, pero fracasa en su intento de devolver a España al concierto de las potencias europeas: con la guerra se va a diseñar una nueva Europa y España está fuera".

El espionaje extranjero, asegura el autor, llegó a ejercer el control de España en el ámbito económico sobre fábricas, empresas, redes comerciales, navegación mercante y utilizó instrumentos coercitivos poderosos como "listas negras" -inglesas y francesas- de empresas que tuvieron contactos con Alemania o alemanes en sus consejos de administración".

Este cerco comercial hizo, según datos recopilados por García Sanz, que "dos tercios de todo el consumo de plomo de los aliados saliera de España, que también proporcionó wolframio o seis millones de tonelada de pirita de Huelva".

Este ensayo abre, a decir del investigador del CSIC, un abanico de nuevas áreas de estudio sobre la I Guerra Mundial, entre ellos "el papel de los países neutrales en la guerra, que no ha sido tratado suficientemente".

En España, subraya García Sanz, sería necesario investigar la actuación de la policía española con relación a los movimientos de los distintos servicios de información.



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