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Atentado del 11-M

Diez años, diez historias. Así fue el 11M

  • Diez ciudadanos anónimos, testigos de la tragedia, reviven aquellos momentos resumidos en dos palabras: silencio y generosidad

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Actualizada 09/03/2014 a las 12:32
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  • EFE. MADRID
Cada 11 de marzo Eduardo, exinspector de Policía, se sienta un buen rato en la estación de Atocha en su particular homenaje a las víctimas del mayor atentado terrorista de España.

Como él, otros nueve ciudadanos anónimos se convirtieron en testigos excepcionales de una tragedia que hoy reviven y que resumen en dos palabras: silencio y generosidad.

UNA ESTACIÓN EN BLANCO Y NEGRO

El color corporativo de Renfe es el rojo, pero cada vez que Eduardo piensa en la estación de Atocha la recuerda en blanco y negro. Este policía de los antidisturbios fue de los primeros en llegar a Atocha, testigo directo de un escenario "dantesco" del que le llamó la atención el silencio, solo interrumpido por las llamadas a los móviles que nadie descolgaba.

"Parecía una película de zombis", recuerda Eduardo, al mando de un grupo de agentes que tuvieron que realizar labores de policía científica, recoger cadáveres y transportarlos en cadena, "sobrepasados" por unos acontecimientos de los que "no fuimos conscientes" hasta el mediodía.

La adrenalina tiró de su grupo, que aguantó una experiencia que les unió aún más, pero que en cierta forma les marcó durante un tiempo. Cuenta Eduardo que los días posteriores se despertaba y tocaba a su hija, de dos años, para comprobar que "estaba entera".



TRANQUILIDAD DENTRO DEL CAOS



A una distancia de apenas unos metros el sanitario del Samur Juanjo Carricoba, a punto de volver a su casa tras una guardia de 16 horas, fue uno de los pocos efectivos de emergencias que atendió a los heridos del vagón que explosionó en la calle Téllez.

Fue consciente de que no había manos para atender a tantos heridos. Sus compañeros y él eran el único recurso sanitario en el escenario de esa cuarta explosión de los trenes. Pero contaron con la "generosidad" de los vecinos, que desde las ventanas arrojaban mantas y ofrecieron sus botiquines caseros.

Todo servía. Cinturones de gabardinas y correas para hacer torniquetes, puertas para improvisar camillas... A Carricoba, acostumbrado a los atentados de ETA, no le impresionó la gravedad de la situación -"te derrumbas al final", dice-, pero sintió "rabia e impotencia" por la sinrazón de un atentado contra personas totalmente inocentes.



LA NOTICIA QUE NUNCA HUBIERA QUERIDO DAR



Precisamente uno de esos vecinos fue Francisco José Delgado, más conocido como Pacojó. Como le contaron después, este periodista deportivo, que creyó que informando también ayudaba, fue el primero en contar que había muertos. No se siente orgulloso por ello.

Poco después, el periodista que lleva dentro dejó paso al ciudadano solidario. Prestó su teléfono a víctimas para que pudieran llamar a sus familiares, tranquilizó a otras, colaboró con los sanitarios...

Pacojó recuerda el hormigueo de vecinos que querían ayudar y la tristeza de su barrio, pero sobre todo el silencio, el tráfico lento, las velas encendidas esa noche... Un pacto de silencio que se mantuvo mucho tiempo. Solo un año después Pacojó fue capaz de comentar con un camarero de un bar de su barrio la tragedia.



"ALGO O ALGUIEN NO ME DEJÓ MORIR ESE DÍA. DEBÍA VIVIR PARA HACER ALGO"



Juan Antonio Ortega acababa de sentarse en el tren en la estación de Santa Eugenia cuando una bomba explosionó en el vagón donde viajaba. Ir sentado le salvó la vida. Muchas veces ha pensado que volvió a nacer y que algo o alguien no le dejó morir porque tenía que continuar "para hacer algo".

Muchos de sus compañeros de vagón murieron. Él tuvo más suerte: cuatro días de hospital y 23 de baja laboral. Pero se sintió morir, le costaba respirar y agradece a un albañil sudamericano -enfermero en su país- que le sacara de allí. Pudo ver cadáveres sin cabeza, mutilados... Escenas que no olvidará.

Acompañado de su mujer, Margarita, tuvo la valentía de volver a ese tren antes de reincorporarse al trabajo para explicar a su esposa todo lo que pasó ese día. No sufre secuelas psicológicas. Mañana será condecorado, pero cree que con el paso del tiempo las instituciones se han olvidado un poco de las víctimas.



LO MÁS CRUEL, PERO TAMBIÉN LA GRANDEZA DEL SER HUMANO



Juan Redondo es uno de los 136 bomberos de Madrid que actuaron tras las explosiones. Vio lo más "cruel" del ser humano, pero también su grandeza, traducida en solidaridad, ayuda y buenos sentimientos.

Con una amplia experiencia en atentados terroristas, Redondo todavía conserva la fotografía, algo más diluida, del tren que explosionó en El Pozo, de dos pisos. Solo puede definirlo como "brutal y sanguinario".

Asegura que solo al final de la jornada tomó conciencia de lo sucedido, cuando se pone nombres y cifras a la tragedia.

Y pese a esa magnitud, los servicios de emergencia funcionaron "muy bien". Madrid "fue un ejemplo".



"ESTATUAS" EN ESTADO DE SHOCK



José Luis Partida apenas llevaba 4 meses trabajando como conductor de autobús de la EMT. Aquel día le tocó la línea 85. En su autobús trasladó a heridos menos graves, afectados por cortes y por el ruido de las explosiones, al hospital Clínico.

"Imponía su silencio", rememora Partida. Nadie decía nada. Parecían "estatuas". Estaban en estado de shock. "Nada les interrumpía de ese estado", prosigue este conductor al que apremiaba la Policía para que acelerara lo que pudiera para llegar cuanto antes al hospital.

Escoltado por agentes en moto, condujo a los heridos aparentemente tranquilo. Después se desmoronó.



LA GENEROSIDAD DE MÉDICOS Y PACIENTES



Carlos Resines es jefe de Traumatología del hospital 12 de Octubre. Recuerda que nada más conocer la tragedia, una "avalancha de bienintencionados profesionales" se ofrecieron para atender a los heridos.

Una generosidad que mostraron también muchos pacientes, que se daban de alta a sí mismos porque creían que era mejor dejar libres sus camas ante lo que se avecinaba.

La buena coordinación de todos los estamentos del centro permitieron que a las 14.30 horas estuvieran resueltos todos los casos urgentes, explica Resines, quien resume en una palabra ese día en su hospital: generosidad.



LAS OTRAS HERIDAS



Los atentados del 11M dejaron otras heridas, a veces más difíciles de curar. Las heridas psicológicas en los afectados y en sus familiares que atendió, entre otros psicólogos de Emergencias, Mónica Pereira.

En el IFEMA, desde el teléfono 112 o en los domicilios particulares, Pereira se centró en esa labor y hasta diez días después no se paró a pensar en la magnitud lo que había pasado. Cuando lo hizo se dio cuenta de que su trabajo había merecido la pena.

Y si algo recuerda especialmente es el agradecimiento de todos aquellos a los que atendió. "Me quedo con ese agradecimiento, con la capacidad de la gente para reconocer la ayuda pese a la situación que estaba viviendo", resalta emocionada.



QUE NO SE OLVIDE LO QUE SE PASÓ



Este es el titular que el periodista de Sucesos de El País Francisco Javier Barroso daría hoy, diez años después de la masacre. El 11M es el peor suceso al que se ha enfrentado en su vida profesional. Nunca olvidará ese "carrusel sobrecogedor" de imágenes que pasaron por su retina en la estación de El Pozo.

Tampoco la sensación de impotencia, de no poder ayudar lo suficiente. Y el "silencio sepulcral" de la redacción de su periódico, que recorrió con una gran tristeza.

Aún así, la "maquinaría bien engrasada" del diario logró sacar una edición especial para informar de la tragedia.

Un año después, Barroso volvió a El Pozo. No pudo evitar llorar. Hoy solo se le ocurre un titular para este décimo aniversario: "no olvidemos lo que pasó" para que no vuelva a repetirse.



LA HORRIBLE ESPERA DE LO INEVITABLE



A Marcos Moreno el 11M le arrebató a su padre. Todos los días su progenitor, Francisco Moreno, se desplazaba en tren desde Coslada a su trabajo en una pescadería de Embajadores.

Marcos recuerda esa búsqueda de su padre por los lugares de las explosiones y por los hospitales, en unas horas de "auténtica locura" hasta que le localizaron, en coma, en el 12 de Octubre.

Dos eternos días en el hospital, "sin podernos despedir de él, sin saber si sufría o no. Fue una horrible espera de lo inevitable".

El tiempo no cura, pero diluye el dolor, dice Marcos, que todos los días se acuerda de su padre. Francisco no pudo conocer a sus tres nietos. Una faena del destino lo impidió. El día anterior a los atentados Francisco no cogió el tren.




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