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Un reguero de sangre hacia los hospitales

  • Los heridos rebeldes ingresados en los hospitales miran con recelo a los leales a Gadafi, heridos también, alguno de ellos atados a la cama

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Un reguero de sangre hacia los hospitales

Al hospital, sin soltar las armas. La imagen más repetida en Trípoli. REUTERS

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Actualizada 26/08/2011 a las 01:00
  • ANNE-BEATRICE CLASMANN . DPA. AL ZAWIYA (LIBIA)

LA sirena de la ambulancia suena de forma penetrante. El vehículo, que viene del frente en Trípoli, entra poco después llevando a un rebelde herido, que es sacado del coche inconsciente, sobre un colchón empapado de sangre.

El médico Nureddin Abu Chdeir recibe desde el sábado a decenas y decenas de heridos y muertos en su clínica. La mayoría de ellos provienen de las filas rebeldes, pero muchos son también miembros de las tropas leales a Gadafi.

Uno de ellos está esposado a la cama de metal. "Intentó huir pese a sus heridas", explica alguien a su lado. Para muchos rebeldes es difícil de asumir que sus enemigos estén ahora tendidos a su costado. Sobre todo un hombre pequeño, portador del VIH según el director de la clínica, provoca rencor entre los rebeldes.

Los insurgentes sostienen que el herido, cubierto sólo por una sábana blanca, es un mercenario de Mauritania o Sudán que se unió a las fuerzas de Gadafi por codicia. El paciente lo niega: "No soy soldado, soy un libio de la ciudad de Sebha", asegura.

"Lucho sin armas"

En otra cama, Tawfik Bashir. Este joven rebelde resultó herido cuando los insurgentes asaltaron la residencia de Gadafi y los bloques del complejo militar de Al Aziziya, en Trípoli.

Recibió dos balazos, uno en el cuello y otro en la pierna. "Había francotiradores por todas partes", recuerda el joven, con un hilo de voz y los rizos pegados a su cara pálida. "Pero lo volvería a hacer porque no hay nada más importante que la libertad", agrega.

"Eres un gran hombre", responde un habitante de Al Zawiya, que ha llegado a ver a los heridos. "También lucho, pero sin armas", aclara el hombre, vestido con una camisa de lino blanco.

En los últimos cinco meses, cuando los hombres de Gadafi controlaban su ciudad, dejó su coche estacionado y salía sólo en bicicleta para evitar a las tropas del régimen. "Tuvimos mucha paciencia: no hay ninguna familia en Al Zawiya que no tenga un mártir, un familiar desaparecido o en cautiverio", cuenta.

Cuando anochece, el muecín llama a los fieles al rezo y a comer tras el ayuno. La calma reina durante una media hora.

La gente ora y se sirve agua, dátiles, couscous y fideos, alimentos donados para los combatientes por comités vecinales. Pero cuando oscurece un poco más se vuelven a oír disparos.




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