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REFUGIADOS

La canciller se gana el apoyo ciudadano con su decisión de abrir el país a los refugiados

  • Alemania no solo es admirada por ser potencia económica, se está convirtiendo también en potencia moral

Merkel:

Merkel: "Habrá tolerancia cero frente a los ataques contra refugiados"

Merkel, en la rueda de prensa posterior a la visita al centro de refugiados de Heidenau.

REUTERS
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13/09/2015 a las 06:00
  • COLPISA
Antes del verano su imagen con bigotito en plan Adolf y uniforme de las SS nazis era habitual no solo en las publicaciones griegas. La canciller alemana, Angela Merkel, convertida poco menos que en la dómina de Europa, la severa mujer prusiana que mete en cintura a sus socios comunitarios para resolver la crisis de Grecia como antes había hecho con la de la Eurozona. Solo le falta lucir un aura de santa y su fotografía la llevan brazos en alto los refugiados que camino de Alemania sufren incontables penurias para cruzar el Mediterráneo, tomar la ruta de los Balcanes y sortear la Hungría xenófoba de Viktor Orban para llegar agradecidos a la tierra prometida por esa pequeña mujer tan decidida. Merkel dejó a todos con la boca abierta el pasado 4 de setiembre cuando, tras consultar con su homólogo austriaco, Werner Faymann, y el polémico Orban, decidió abrir de par en par las puertas de su país a los refugiados atrapados en Hungría y provocar con ello la entrada masiva de peticionarios de asilo más impresionante que se recuerda en este país. Solo ese fin de semana entraron 20.000 refugiados en Alemania.

Europa registra el mayor movimiento migratorio desde la II Guerra Mundial y la presidenta de los conservadores alemanes no duda en liderar esa crisis. La canciller insistió este sábado de nuevo en que "tomamos la decisión la pasada semana en una situación de emergencia. Estoy convencida de que fue lo correcto". Desde entonces Europa contempla a la nueva Alemania y su jefa de Gobierno con una mezcla de admiración, estupor e incluso indignación. El país no solo es la siempre admirada potencia económica, de reconocida eficiencia y disciplina, sino que se está convirtiendo en la potencia moral de Europa.

Los hay que piensan que Berlín no solo ha asumido un papel ejemplar en esta crisis, sino que avergüenza con su actuación a muchos de sus socios, unos por indecisos, otros por incapaces y algunos por motivos que rayan con el racismo o cuando menos la intolerancia, pero en todo caso por puro egoísmo nacionalista.
No es la primera vez que a Merkel, esa mujer tan reflexiva, calculadora y de reacciones lentas, le da un pronto. Hace cuatro años y medio sorprendió a sus propios ciudadanos, pero también a sus colegas europeos, cuando anunció que Alemania renunciaba de la noche a la mañana a la energía nuclear y cerraría sus centrales atómicas en un plazo de diez años. Tomó la decisión tan solo tres días después de la catástrofe de la central atómica japonesa de Fukushima y a pesar de que meses antes había decidido personalmente prolongar la vida de las plantas nucleares germanas.

Impresionada por las consecuencias del accidente en Japón tras el devastador tsunami, Merkel dijo entonces que "nos encontramos ante una nueva situación" para justificar el cierre paulatino de las centrales atómicas y poner en marcha el llamado "cambio energético" que apuesta por las fuentes renovables y la renuncia en la medida de lo posible a los combustibles fósiles para producir electricidad.

Como en aquella ocasión, Merkel ha escuchado la voz de su pueblo. Antes de que la canciller reaccionara ante la crisis de los refugiados, miles de voluntarios se habían movilizado en Alemania para acoger a los integrantes de la avalancha que se avecinaba. Y hasta el tabloide conservador 'Bild', el órgano central del sentido común germano, movilizaba a sus más de diez millones de lectores para dar la bienvenida a quienes huyen de guerras y dictaduras. Las encuestas confirman que la reacción de Merkel ha sido la adecuada. El Politbarometer, el barómetro político de la cadena alemana de televisión ZDF, destacaba el viernes pasado que el 66% de los alemanes consideran correcta la decisión de la canciller de abrir la frontera a los refugiados procedentes de Hungría.

Un 62% se muestra convencido de que el país puede asumir el reto de acoger hasta 800.000 refugiados este año; un 90% se "avergüenza" de las protestas de la ultraderecha y los neonazis contra los refugiados y al 95% le parece bien que los "buenos ciudadanos", como llama Merkel a los voluntarios, se preocupen de atender a los refugiados. Hay otra cifra que hace una década habría resultado impensable en una nación en la que los políticos no han reconocido hasta hace poco que Alemania es un país de inmigración como Estados Unidos, Canadá o Australia. El 85% reclama "posibilidades legales para emigrar a Alemania", algo que en estos momentos solo está permitido a los ciudadanos del espacio Schengen a falta de una ley de inmigración que reclaman los partidos de la oposición, pero también los socialdemócratas, socios de coalición de Merkel, mientras los conservadores son partidarios de aplazar ese debate. Apoyo de los ciudadanos Pero no todo marcha según los deseos de la canciller. Críticas a la política de la jefa del Gobierno germano parten de sus propias filas.

El líder de la Unión Socialcristiana y gobernador de Baviera, Horst Seehofer, calificó de "error que nos ocupará largo tiempo" la decisión de abrir la frontera a los refugiados procedentes de Hungría. "No veo la manera de poner de nuevo el tapón a la botella", dijo Seehofer este viernes ante la avalancha de refugiados, que acceden mayoritariamente a Alemania a través de Múnich, la capital bávara.

Y para hacer un feo a la canciller, anunció además haber invitado a Viktor Orban, para "buscar juntos una solución" a la crisis. También se han sumado a las críticas los jefes de gobierno de los Estados federados, que son los que deben apechugar con el reparto de los refugiados en sus municipios y consideran que el país está llegando a sus límites de capacidad de acogida, más que nada porque la oleada parece no haber hecho sino empezar. El ministro germano de Exteriores, Frank Walter Steinmeier, advirtió de que este fin de semana podrían llegar otros 40.000 peticionarios de asilo a Alemania.

Angela Merkel cuenta pese a todo con más defensores que detractores en esta aventura de final incierto que supone un reto para su Gobierno, pero también para su pueblo. Le respaldan, no solo las encuestas, sino la gran mayoría de los medios de comunicación, las iglesias católica y evangélica, el Consejo Central de los Musulmanes en Alemania y, lo que es mas importante, la patronal y la industria. Los máximos representantes del sector económico germano consideran la llegada de refugiados una bendición, toda vez que el país sufre una ya crónica falta de mano de obra especializada que podría verse compensada por peticionarios de asilo cualificados y por los jóvenes que llegan y son candidatos a asumir una de las muchas plazas de aprendices vacantes en la formación profesional dual.

Los estudios demográficos son determinantes para políticos y empresarios. En Alemania viven actualmente 45 millones de personas en edad laboral de las que más de 42 millones trabajan y cotizan. En 2050 esa cifra se verá reducida a 29 millones debido a la baja natalidad. Los movimientos migratorios en el seno de la Unión Europea no son suficientes para alimentar el 'hambre' demográfica del país. Los expertos calculan que este país necesita desde ahora mismo no menos de 500.000 inmigrantes anuales de países ajenos a la UE para garantizar su bienestar, teniendo en cuenta, además, que no todos los que llegan se quedan. Quizás por eso la cifra de 800.000 refugiados que se baraja para este año asuste a pocos.

La canciller, entre tanto, ha dejado un par de cosas claras. En su habitual conferencia de prensa tras la pausa estival, Merkel lanzó un mensaje de optimismo ante el problema al asegurar a sus ciudadanos, pero también a los europeos, que "vamos a conseguir" afrontarlo. La líder conservadora se ha mostrado sumamente decidida a atajar la crisis y para ello está dispuesta a utilizar vías nada alemanas. "La minuciosidad alemana es estupenda, pero ahora hace falta flexibilidad", dijo, para reclamar de los alemanes una virtud más propia de los pueblos mediterráneos: la improvisación. A quienes quieren restringir la llegada de refugiados ha advertido de que "el derecho de asilo no tiene límites" de acogida y a los que protestan violentamente de manera racista ha dejado claro que "no habrá tolerancia alguna".
 



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