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Reino Unido

David Cameron y la espinosa cuestión europea

  • La división de los conservadores británicos en torno a la relación con Bruselas altera los planes de referéndum

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10/05/2015 a las 06:00
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  • Colpisa. Londres
Reino Unido se encamina hacia la celebración de un referéndum sobre la permanencia o abandono de la Unión Europea tras la victoria del Partido Conservador en las elecciones del pasado jueves. Es una consulta cuyo resultado nadie puede predecir con seguridad, que ocupará la agenda pública de Londres y de Bruselas en los próximos meses y con consecuencias imprevisibles si los británicos optan por la marcha.

David Cameron prometió el referéndum en enero de 2013. Además de las persistentes quejas y divisiones británicas sobre la Comunidad Económica Europa y posteriormente sobre la UE, se imponía entonces una necesidad práctica: el grupo parlamentario conservador alojaba a una minoría sustancial de rebeldes contra la coalición de conservadores y liberal-demócratas, con el euroescepticismo como bandera visible, y ascendía en el país la popularidad del UKIP, un partido que desea la marcha de la Unión.

Los resultados de las elecciones, que han dado una mayoría parlamentaria a Cameron, han reflejado la popularidad del UKIP, que, a pesar de conseguir un solo escaño de 650 -por las distorsiones en las proporcionalidad que causa el sistema electoral- obtuvo el 12,6 por ciento de los votos. Y la mayoría exigua del Gobierno lo hará más dependiente de la lealtad de su grupo parlamentario, dividido sobre la cuestión europea y con un sector recalcitrante.

Esas circunstancias llevan a pensar que el primer ministro, que prometió su celebración antes del final de 2017, adelantará el referéndum a 2016 para evitar la absorción de toda su agenda o el envenenamiento de su relación con su grupo parlamentario. El prestigio que tiene ante sus correligionarios por la obtención de una mayoría en las elecciones le ayudará a gestionar uno de sus compromisos más espinosos.

La cuestión europea ha estado siempre en la agenda política británica. Contribuyó sustancialmente a la caída de tres primeros ministros conservadores. Ese 'cáliz envenenado', según expresión del historiador Vernon Bogdanor, acabó con las carreras de Harold Macmillan, que quería entrar en la CEE y recibió el veto de Charles De Gaulle en 1963; de Margaret Thatcher, cuyas tensiones con los líderes de otros países europeos impulsó a los conservadores moderados a conspirar para su decapitación; y a John Major, que, tras negociar exenciones británicas en el Tratado de Maastricht, perdió su mayoría y lideró a la derrota a un partido desquiciado, en 1997.

Reino Unido accedió a la entonces CEE en 1973, junto a Dinamarca e Irlanda. El tratado de ingreso fue negociado por el conservador Edward Heath, pero su sucesor al frente del Gobierno, el laborista Harold Wilson, puso como condición de su apoyo la renegociación de los términos de pertenencia, tal como hace ahora Cameron. Los dilemas tenían que ver entonces con los precios de los alimentos o la soberanía para decidir en Londres la política industrial y las leyes laborales.

Tras afirmar que los términos de la renegociación se habían logrado, Wilson convocó un referéndum, que se saldó con la victoria de la permanencia en la CEE por el 67,2 por ciento de los votos contra el 32,8 por ciento. Margaret Thatcher, líder de la oposición, apoyó el 'sí' en una consulta sobre si Reino Unido "debe permanecer en la Comunidad Europea (Mercado Común)". Llamaron a votar 'no' la izquierda laborista, el Partido Nacional Escocés, el Partido de Gales y el Democrático Unionista, entre los que están presentes en el Parlamento elegido el jueves.

Las divisiones laboristas eran entonces más agudas y se agravaron tras la victoria de Thatcher en las elecciones de 1979. El partido de la izquierda se radicalizó tras la derrota y, bajo el liderazgo de Michael Foot, defendió la reversión de lo decidido en el referéndum. El joven Tony Blair hizo su campaña como candidato en las elecciones de 1983 con un programa en el que se defendía la retirada británica de la CEE.

SONDEOS BAJO SOSPECHA

El estado de la opinión pública es incierto y los sondeos han de tomarse con cautela tras su fracaso en el pronóstico de las recientes elecciones. Pero, en una consulta que se basaría en dos opciones, muestras de dos mil personas detectan con bastante fiabilidad qué piensan los británicos. El promedio de los cuatro sondeos con más de dos mil encuestados en este año da un 42 por ciento favorable a la permanencia y un 36,5 por ciento favorable a la marcha.

Cameron prometió que renegociaría para obtener un nuevo Tratado que ofreciese a todos los países miembros una UE más competitiva (que culmine el mercado común en sectores tan importantes como los servicios y la energía), más flexible (que abandone la idea de una creciente integración de todos los miembros de la misma manera), más democrática (devolviendo poderes a los parlamentos nacionales) y que trate con equidad a todos sus miembros en el mercado común.

La gran pregunta de los próximos meses es qué puede obtener el Gobierno británico en su diálogo con los demás países miembros y con la Comisión que permita a Cameron decir a la población lo mismo que Wilson en 1975, que casi todos sus objetivos se han cumplido. La agenda británica ha variado. Cameron no mencionó la inmigración en su discurso de 2013 y ahora la combinación de Europa e inmigración es un asunto tóxico.

Angela Merkel y Jean-Claude Juncker han emitido mensajes de entendimiento, pero no desean un nuevo Tratado y su ratificación por 28 miembros.



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