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kenia | resumen 2013

El asalto al Westgate: la matanza internacional de Al Shabab

  • La milicia islámica, filial de Al Qaeda, asesinó a 67 personas en el centro comercial de Nairobi

Un grupo de hombres armados entraron en la superficie comercial y dispararon contra todo aquel que no sabía hablar árabe.

Atentado en un centro comercial de Nairobi_2

Atentado en un centro comercial de Nairobi

AGENCIAS
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Actualizada 18/12/2013 a las 14:45
  • efe. nairobi
El 21 de septiembre de 2013, la milicia radical islámica somalí Al Shabab, filial de Al Qaeda, cobró fama internacional atacando el centro comercial más popular de Nairobi y matando a 67 personas durante cuatro días de terror y asedio.

El atentado adquirió una dimensión global no solo por su duración, brutalidad y número de muertos, sino porque fue conscientemente dirigido al lugar más frecuentado por los ciudadanos expatriados en Nairobi, lo que provocó víctimas de hasta diez nacionalidades distintas.

Comenzó el sábado a la una del mediodía: hora común del almuerzo, tiempo de restaurantes y cafeterías repletas, jornada que las familias aprovechan para hacer sus compras y disfrutar de uno de los escasos lugares de ocio que hay en la capital keniana.

Un comando de la milicia fundamentalista irrumpió en la puerta principal del centro comercial lanzando granadas y disparando contra miles de clientes.

La mayoría de los guardias de seguridad privada optó por ponerse a salvo, y la Policía Keniana tardó un tiempo considerable en responder, por lo que las víctimas se contaron muy pronto por docenas.

Después de recorrer y buscar en cada rincón del complejo para matar a cuantos pudieran, los terroristas se atrincheraron con numerosos rehenes en el interior de un supermercado, y el Ejército keniano, tutelado en las primeras horas del asalto por los servicios secretos de Israel, Estados Unidos y Reino Unido, transformó el edificio y sus alrededores en un escenario de guerra.

El asedio se prolongó durante cuatro días, en los que las explosiones y los disparos, incluso fuera del perímetro de seguridad, se convirtieron en un sonido cotidiano.

Cuatro días más tarde, el presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, declaró el fin de una operación que se caracterizó desde su inicio por la opacidad y la contradicción de las fuentes oficiales.

El recuento oficial es de 72 fallecidos: 61 civiles, seis efectivos de las fuerzas de seguridad y cinco terroristas. Y eso es todo lo que se sabe de un acto terrorista silenciado oficialmente hasta el extremo.

Se desconoce el número de asaltantes, si murieron todos en la operación militar, si se inmolaron (como aseguró un soldado para explicar la explosión que hundió tres plantas del edificio), o si algunos escaparon durante la evacuación haciéndose pasar por clientes, como se sospecha.

Tampoco se tiene por cierta la cifra oficial de víctimas. La Cruz Roja de Kenia, una de las instituciones más fiables del país, contabilizó durante días muchos más muertos y desaparecidos de los que comunicaba el Gobierno, hasta que sus trabajadores fueron amenazados para que callaran.

La única certeza es que el atentado fue cometido por Al Shabab, movimiento que pretende convertir a Somalia en un estado fundamentalista islámico.

Al Shabab, que anunció en 2012 su unión formal a la red terrorista Al Qaeda, controla parte del centro y del sur del país, donde una coalición internacional de ejércitos trata de hacerle frente.

Entre ellos está el de Kenia, argumento que bastó a la milicia para asesinar a decenas de personas en el Westgate de Nairobi y cambiar la vida de muchas más.

"No hay forma de olvidar lo que pasó porque fue un horror, la cuestión está en cómo quieres recordarlo, con tristeza o de una forma positiva, como es mi caso. Ahora acepto cualquier plan que me proponen porque soy consciente de que la vida puede acabar en cualquier momento", recuerda una víctima que aún no se ha recuperado físicamente del balazo que sufrió en una pierna.

Esta mujer, que prefiere no ser nombrada, estaba en una cafetería cuando comenzó la masacre, y ha optado por quedarse con las muestras de solidaridad que recibió tras el atentado, llegadas desde todo el mundo, de gente que incluso no conocía.

El sufrimiento de las víctimas es el peor recuerdo del suceso, aunque también resultó macabro el comportamiento de los soldados, a quienes las cámaras de seguridad del Westgate grabaron desvalijando las tiendas en pleno asedio, cuando aún había gente muriendo.

"Solo tomaron botellas de agua del supermercado para calmar su sed", aseguró el jefe de las Fuerzas Armadas de Kenia, Julius Karangi, antes de anunciar que perseguiría a los medios que difundieran las imágenes del saqueo, en otra muestra de opacidad y censura.

A diferencia de otras ciudades que también sufrieron grandes atentados, las autoridades kenianas no han reforzado de forma notable la seguridad en la capital ni en los accesos al país a pesar de la persistencia de la amenaza terrorista, al menos aparentemente.

La única pregunta que siguen escuchando la mayoría de los visitantes extranjeros en el control de pasaportes del aeropuerto internacional es "¿en dólares o en euros?", referida al pago del visado.

Los responsables de seguridad de otros importantes centros comerciales han pedido al Gobierno que les envíe policías de paisano para vigilar el interior, ofreciéndose incluso a pagar su coste, pero las autoridades ni siquiera les han contestado, según han confirmado fuentes del sector.

La consecuencia más tangible ha sido un plan de repatriación masiva de refugiados somalíes asentados en el campamento oriental de Dadaab, como parte de una estrategia para eliminar la amenaza terrorista en Kenia.

El propietario del Westgate anunció recientemente que el complejo se reabrirá dentro de dos años. Puede que entonces se conozca lo que ocurrió realmente durante aquellos cuatro días que paralizaron a una ciudad y estremecieron al resto del mundo.



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