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CULTURA

"¡Viva la música clásicaaaaaaa!"

  • "El conciertazo" de Fernando Argenta consiguió ayer en el Auditorio Barañáin que abuelos, padres y niños disfrutaran de la música clásica casi tanto como de las propias ocurrencias del músico y presentador durante más de noventa minutos

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Fernando Argenta, con Fito y Martín, padre e hijo, que se ofrecieron voluntarios para salir al escenario y terminaron disfrazados de Guillermo Tell y su hijo. EDUARDO BUXENS

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Fernando Argenta, de espaldas a los músicos de la OSN, gesticula. EDUARDO BUXENS

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Actualizada 05/01/2012 a las 01:04
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  • AINHOA PIUDO . BARAÑÁIN

ESO de que la música clásica es aburrida no es verdad. Al menos, no si anda Fernando Argenta de por medio. Si no, que se lo pregunten a los niños que estuvieron ayer en El conciertazo que se celebró en el Auditorio Barañáin. Lo de los niños es un decir, por no señalar directamente con el dedo a los padres y a los abuelos. Qué carcajadas. Bendita excusa la de acompañar a los pequeños. Y también podríamos hablar de los propios músicos de la Orquesta Sinfónica de Navarra, que no tenían cara de estar pasando un mal rato. A más de uno se le ensanchaba la sonrisa cuando se le iban los ojos desde la partitura hacia el escenario.

Normal. Argenta es un showman. Un espectáculo en sí mismo. Dice que es un director de orquesta frustrado, y tal vez por eso, parecía que se le iba la vida en cada movimiento. Derrochó energía y no se ahorró ni uno de los ademanes de su particular colección. Camisa blanca, pantalón negro y batuta en mano, se metió a todos en el bolsillo nada más aparecer. "¿Y tú ya vienes afinado de casa?", preguntó después de dar las gracias a todos por asistir al espectáculo. "Sí, sí, tú, ven aquí", le insistió. Así que el primer niño de la tarde subió las escaleras que separan el patio de butacas del escenario y vivió su minuto de gloria. Se llamaba Marcos y le tocó cantar un la para demostrar que sí, que venía afinado. Luego le tomó el relevo la orquesta, que también venía afinada, y que se arrancó con Las bodas de Fígaro, de Mozart. "Ay, Mozart. Mozart era un misterio. ¿Queréis saber por qué?", preguntó Argenta. "Pues os compráis el libro de un servidor sobre los pecados de los compositores".

Después de Las bodas de Fígaro, llegó La guerra de las galaxias, de John Williams, con un robot C3PO paseándose por la sala. "¡Es una persona disfrazada!", gritó un pequeño desde el público. Criaturas. Ya empezaban a perder la timidez (los que la habían traído de casa).

Al escenario, de la oreja

Argenta siguió pidiendo voluntarios para dar vida a los números que acompañaban a cada tema. "Necesito un padre y un hijo", pidió. Martín, un niño de la Chantrea, consiguió convencer a su padre, Fito, para salir. Como no se fiaba mucho, lo llevó de la oreja hasta que no tuvo escapatoria. "Ánimo, Fito, lo vas a necesitar", deseó Argenta mientras los chantreanos desaparecían entre bambalinas. Seguro que nunca pensaron que iban a aparecer a los pocos minutos, disfrazados de Guillermo Tell (el padre en pantalón corto, eso no se hace), para acompañar la obra de Rossini. La carcajada fue general.

Y así se fueron sucediendo las obras. Los músicos tocando, Argenta dirigiendo con toda su pasión, y un reguero de niños desfilando por el escenario. Para el vals de La Bella Durmiente, pidió a dos voluntarios que estuvieran enamorados (no necesariamente entre ellos). Ni cortos ni perezosos, Juanjo y Alicia, dos retacoscuya edad solo alcanza una cifra, salieron y contaron sus intimidades. Él, que estaba enamorado de una niña de su clase, Cristina; ella, que estaba enamorada de un niño de su clase, Iván. Con toda naturalidad. Argenta no podía contener la risa. "¿Y cómo es él?", preguntaba, como en la canción. "¿Pero y qué te gusta?", insistía. "Pues no sé", confesó Alicia. "Pero, ¿sientes un hormigueo?". Ella se lo pensó: "Bueno, sí".

Virtuosismo palmero

Siguieron después el preludio de Carmen, de Bizet. Con la polca Truenos y Relámpagos, de Strauss, unos cuantos niños pudieron dirigir por unos instantes a la orquesta. El can can de Orfeo en los Infiernos, de Offenbach, puso a bailar hasta al consejero de Cultura y Turismo, Juan Luis Sánchez de Muniáin. "Vamos a despedirnos, pero antes, ¡viva la Orquesta Sinfónica de Navarra! ¡Viva Pamplona! ¡Viva San Fermín! ¡Viva la música clásicaaaaaaa!", se entusiasmó Argenta. La propina tuvo forma de Marcha Radetzky. "Pero no como en Viena, que los japoneses son muy sosos", pidió. "Aquí vamos a hacer virtuosismo palmero", animó. La sorpresa pusieron unos fuegos artificiales de serpentina (que a punto estuvieron de magullar a una violinista).




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