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"No soy el héroe de las descargas"

  • Pablo Soto, absuelto de una demanda millonaria por ser el creador de programas P2P, reprocha a las discográficas que opten por el litigio en vez de innovar y lamenta que el sector de la cultura tradicional frene el crecimiento del software libre

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Pablo Soto, en 2009, durante el juicio contra él. ARCHIVO

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Mark Schrems, con el informe clave de su reclamación. DOMINIK STEINMAIR/EFE

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Actualizada 26/12/2011 a las 01:04
  • MICHAEL MCLOUGHLIN . COLPISA.MADRID.

TRECE millones. La brevedad con la que se pronuncia no se corresponde con lo astronómico de una cifra vetada para la gran mayoría de los mortales. Pablo Soto, uno de los padres del P2P, resopla al recordar el día de 2008 en que recibió una demanda de la patronal y las cuatro principales discográficas. Su nombre aparecía al lado de palabras como «competencia desleal» o «infracción de la propiedad intelectual». Tres años después el juez ha decidido dar carpetazo a la ofensiva judicial de Sony, EMI, Universal, Warner y Promusicae contra el ideólogo de Blubster, Piolet o Manolito P2P, antiguos rivales de clásicos como el eMule. «Ahora quiero descansar. Pasar las fiestas antes de decidir si tomo alguna medida legal contra ellos, aunque sé que debería hacerlo», comenta combinando la felicidad del triunfo en los tribunales con el cansancio mental de quien ha tenido que soportar un largo litigio.

Desde el principio del proceso, ha rehuido los reconocimientos desmedidos. «No soy un héroe de las descargas», comentaba en 2009 cuando se dirigía a la primera de las vistas. Tampoco se considera un cabeza de turco. «Es una estrategia que han seguido en otros países». Pablo Soto explica que al principio «se intentó descargar la mano sobre los usuarios», pero los operadores se negaron a facilitar los datos personales de sus clientes. El siguiente paso fue atacar las páginas de enlaces, algo que, por el momento, la Justicia no ha considerado que suponga ningún delito. «Es como si se condenase a un periódico por anunciar un partido de fútbol cuando la cadena que lo emite tiene un conflicto con la Liga Profesional», argumenta. El tercer estadio de esta estrategia es atacar la tecnología: «En España, el único que se dedica a programar esta tecnología soy yo. Por eso me demandaron a mí».

Pablo Soto habla cargado de convicción, del mismo modo que la informática habla cargada de ceros y unos. Para él, la industria musical está intentando evitar una reconversión que le demanda la sociedad de la información. «Se han olvidado del marketing, de la promoción y de intentar innovar. Su reacción ha sido el litigio como modelo de negocio en Internet». Los grandes afectados de esta metamorfosis son «los tropecientos mil tíos» que hay entre el creador y el cliente. «Con los avances tecnológicos la necesidad de intermediarios es cada vez menor».

«Creo que se pueden hacer las cosas de otra forma», afirma con rotundidad mayúscula. Esa convicción le llevó hace unos años a montar una pequeña discográfica de música independiente en el año 2004-2005. «Soy medio músico vocacional», bromea al recordar esa aventura en la que llegó a grabar los trabajos de algunos grupos. «En ese momento me convencí de que lo que no puede ser es que a los autores solo se les pague el 10%. Hay formas de pagarles dos tercios de los ingresos y tener beneficios. ¿El problema? Que eso no te permite pagar el jet del jefe y a cincuenta intermediarios».

La propiedad intelectual

Una reacción parecida le provoca la conocida como ley Sinde. «Han intentado sacar del ámbito judicial la decisión de cerrar las páginas de enlaces, algo que recaerá en una comisión creada por ellos mismos y que solo cuenta con los jueces en un papel secundario», denuncia. «Es como si alguien que va perdiendo el partido le quita el silbato al árbitro y le dice "ahora pito yo". La ley Sinde es una auténtica burrada».

Sin embargo, se muestra partidario de una regulación de los derechos de propiedad intelectual en Internet, como han hecho en algunos países como Islandia. Recuerda que España es uno de los líderes mundiales en cultura libre y código abierto. «Se debería legislar para potenciarlo, pero realmente se toman medidas que estrangulan este desarrollo. El mundo del software libre no tiene un lobby tan potente como el de la cultura tradicional», afirma mientras rescata de la memoria los cables de Wikileaks, en los que se reflejaban las presiones de la industria a los Gobiernos.

Debates sesudos aparte, ahora lo que quiere es centrarse en su empresa, una de las grandes afectadas por la situación que ha vivido. «Tuvimos que recortar plantilla y sueldos, el primero el mío». Aunque sus planteamintos seguían gustando a los inversores, la amenaza de tener que hacer frente a una condena millonaria parecía ser el mayor argumento. «El grifo de la financiación prácticamente se nos cortó. Entrábamos al banco y saltaban las alarmas», bromea. Sin embargo, las buenas noticias no cesaron tras el rechazo a las peticiones en su contra. 48 horas después, supo que el Ministerio de Industria le concedía 1,5 millones de euros en créditos blandos y una subvención de 138.000 euros del programa Avanza Contenidos para que haga frente a su nuevo proyecto, Foofind, un buscador de código abierto para localizar en Internet o en redes P2P todo tipo de archivos.

Un estudiante obliga a Facebook a mejorar su privacidad

¿Qué sabe Facebook sobre mí?. La batalla de un universitario austríaco que empezó con esta pregunta ha terminado obligando a la mayor red social del planeta a mejorar los términos de privacidad de cientos de millones de sus usuarios. En el caso del estudiante de derecho Max Schrems, de 24 años, fueron 1.222 páginas en un CD, con datos personales divididos en 57 categorías, como aficiones, gustos, opiniones religiosas, y un largo etcétera, que lo dejó helado. Entre los datos» acumulados durante sus tres años en la red social, le alarmó que aparecieran informaciones y conversaciones que había borrado, pero que Facebook no eliminó definitivamente.

"Cuando se elimina algo de Facebook, todo lo que sucede es que te lo esconden para que no lo veas", explica Schrems . La red social analizó de forma sistemática todos sus datos sin pedirle su consentimiento, incluido su parecer cuando apretaba el botón "me gusta" no sólo en la red social sino en cualquier página con ese "plug-in".

Schrems sostiene que lo que la empresa ofrece a sus usuarios como su "archivo personal" no es toda la información que atesora sobre ellos, sino la que se ajusta a las leyes locales. Sin embargo, su insistencia a través de correos hizo que a le diesen toda la información. "Un error" que expuso a la empresa, sostiene. El archivo fue la clave para iniciar un pulso con el gigante de Internet que se prolongó en 22 reclamaciones ante el organismo irlandés para la protección de datos que acabó dándole la razón. La red social se comprometió el miércoles a mejorar la privacidad de los 500 millones de usuarios que dependen de las oficinas de la empresa en Dublín (todos salvo los de EE UU y Canadá). Las mejoras incluyen mayor transparencia en la gestión de las informaciones personales, como impedir utilizar una imagen del usuario para fines comerciales sin consentimiento y eliminar la información que la red obtiene a través del botón "me gusta",. También se limita el tiempo que Facebook puede conservar informaciones sobre la navegación del usuario.




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