MIGUEL ESPIGADO ESCRITOR

"Pekín puede llegar a comerte y escupir tus huesos"

  • Su novia fue a trabajar a Pekín y él le acompañó. Fin de la historia... pero no sobre el papel. Miguel Espigado ha convertido en literatura sus impresiones en China.

MICHELLE UNZUÉ . PAMPLONA .

Publicado el 19/10/2011 a las 00:03

¿Pekín es una ciudad que fagocita a sus habitantes?

Es una ciudad bastante cruel y a la vez un lugar de muchas oportunidades y sueños. Como en todas las ciudades que emergen como zonas de creación de empleo, de centros de poder..., hay un gran incentivo para soportar las condiciones tan duras que hay. Creo que en un momento dado puede comerte y escupir tus huesos.


¿Le ha ocurrido?

De alguna manera a todos nos escupe una y otra vez. Por suerte no es algo literal, uno se levanta y sigue porque en el fondo la ciudad es muy interesante. Y algunos lo vemos desde un punto de vista muy privilegiado, siempre hay un aeropuerto y un vuelo de quince horas para volver a casa. Seguramente muchos se hayan quedado en el camino, al menos mentalmente.


¿Cómo se fraguó la novela?

Tiene que ver mucho con la forma en la que yo vivo, para mí la literatura es una forma de relacionarme con la realidad y vivirla a un nivel más profundo. La novela era una manera de comprenderme a mí mismo, al lugar en el que me encontraba y a las personas con las que me cruzaba.


¿En estas circunstancias, la literatura fluye más fácilmente?

Creo que sí, la tradición de la escritura que se hace saliendo de tu realidad es amplísima. Nuestra sed de observar y aprender se acentúa mucho más cuando salimos de nuestro entorno. Y cuando das con una realidad tan salvajemente diferente tu interés se acentúa muchísimo.


¿Qué le sorprende más del día a día?

En el tránsito urbano puedes observar diferencias muy grandes respecto a cómo se mueve la gente en Occidente. La forma en la que asumen la falta de espacio, las distancias que hay que guardar e incumplen... es síntoma de algo más profundo. Se agrupan más, hay una idea de vida colectiva mucho más profunda que en Occidente, donde el individuo se reivindica mucho más a sí mismo.


¿Hay algo que no termine de tolerar o aceptar?

Cuando estaba allí intentaba mantener un espíritu respetuoso y abierto y no quería aplicar ningún prejuicio. Intentaba sobre todo juzgar los errores de esa sociedad en función de su punto de partida, que no es el mismo que el nuestro, y te das cuenta de que las cosas intolerables de allá están aquí, pero planteadas de otra manera. Es como la censura, allá es muy férrea y aquí adquiere tonos más sutiles. Es un error viajar a un país para volcar prejuicios o juzgarlo con demasiada severidad porque te va a impedir conocerlo realmente.


¿Ese control férreo se nota en la rutina diaria?

Diría que sí. Yo trabajaba en la universidad y jamás tuve problema alguno. Pero notaba que mis alumnos habían interiorizado una serie de discursos bastante dudosos sobre la realidad china, muy propagandísticos, que de alguna manera habían sustituido un juicio más crítico de lo que les rodeaba.


¿Desde la perspectiva que da la distancia, Pekín se percibe de otra manera?

Yo lo veo con mucha nostalgia y con muchas ganas de volver. Pero mi visión no vale mucho porque está muy filtrada por mi deseo de convertir lo que veo en literatura.


El título se podría modificar por El cielo encapotado de Pekín, porque con la contaminación el sol ni se ve...

Sí, no es agradable. Es un poco apocalíptico, pero los hay que tenemos gustos raritos y estamos bien en los lugares un poco duros y densos. Y en ese espectáculo de una ciudad un poco distópica sí que encuentras cierta estética. Pero para la condición biológica no se lleva muy bien la ausencia del sol. La gente tiene problemas de piel, de caída de pelo... La salud se resiente en Pekín.


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