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MIGUEL URABAYEN

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Marineros del Prince of Wales abandonan el barco para ser rescatados desde un destructor inglés.

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Actualizada 20/12/2011 a las 01:01

E L ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 fue solo el comienzo. Lo que siguió durante el resto del mes y se prolongó hasta mayo de 1942 constituyó, por su extensión, la mayor ofensiva que ha visto la Historia de las guerras. Las fuerzas niponas de tierra, mar y aire invadieron zonas tan lejanas de la metrópoli como Filipinas, Indochina, Tailandia, Malasia, Sumatra, Java, Borneo y Nueva Guinea. El ejército y la marina de Japón conquistaron todas las productivas tierras anheladas durante años y no se detuvieron hasta que las batallas aeronavales del Mar del Coral y Midway pusieron un límite a su enorme y veloz expansión.

Pero en este artículo solo voy a tratar, como dice el título, de lo ocurrido en los días que siguieron a Pearl Harbor. Como podía esperarse, durante el lunes 8, Estados Unidos y Gran Bretaña declararon la guerra contra Japón que, siguiendo su plan, comenzó el ataque contra Hong Kong, colonia inglesa en la costa de China. También ordenó a sus transportes llenos de tropas que iniciaran los desembarcos en la peninsula de Malaya y en las islas Filipinas al norte de Luzon.

Inexplicable

Para facilitar esta última operación, aquel mismo día 8 fueron bombardeados los aeródromos militares cercanos a la capital Manila por aviones nipones con base en Formosa. Más de la mitad de los cincuenta cuatrimotores B-17 del general Brereton fueron destruidos, así como la mayor parte de los cazas Curtis P-40. Un desastre inexplicable puesto que el General MacArthur, jefe norteamericano al mando de todas las fuerzas en Filipinas, había sido advertido del ataque a Pearl Harbor en cuanto se produjo.

Más todavía. Antes del ataque nipón, el general Brereton había solicitado permiso para atacar los aeródromos japoneses en Formosa, pero a pesar de sus intentos ni siquiera consiguió ver a su jefe. La conducta de MacArthur el 8 de diciembre debía haberle costado su puesto, como ocurrió a los jefes militares de Pearl Harbor, pero no fue así. Su prestigio le salvó y el presidente Roosevelt, en vez de destituirle, prefirió mantenerle en su puesto y posteriormente hacer de él un héroe. Pero los historiadores de hoy (por ejemplo, Alan Schom y Dan van der Vat) son muy críticos con su figura y su enorme vanidad que le llevó, después de la guerra, a falsear los hechos en los que intervino o debió haber intervenido.

El miércoles 10 fue nefasto para la Royal Navy británica. En una decisión personal, Winston Churchill había enviado al moderno acorazado Prince of Wales y el crucero de batalla Repulse a Singapur para impresionar a los japoneses cuya marina había sido inspirada por la flota inglesa. Y los envió sin protección aérea debido a que el nuevo portaviones Indomitable destinado a acompañarles necesitaba ajustes de última hora.

El caso es que los grandes navíos británicos -45.000 toneladas y 32.000 respectivamente- habían llegado a Singapur el día 2 y podían entrar en combate inmediatamente. Avisados el día 9 de unos desembarcos nipones en la costa norte de la península malaya partieron hacia sus objetivos. No los encontraron pero la flotilla que formaban con sus cuatro destructores fue localizada por los bombarderos japoneses. Los hundieron en poco más de dos horas.

Según escribió Churchill en sus memorias, la noticia de esa inesperada pérdida fue una de las más amargas que tuvo durante toda la Segunda Guerra Mundial. Y podemos comprenderle. El había viajado en el Prince of Wales cuatro meses antes, en agosto de aquel, año para encontrarse por primera vez con el Presidente Roosevelt en la costa de Terranova. Conocía al capitan Leach y a varios oficiales y marineros con los que había tratado en el viaje. Y los había enviado a la muerte.

Acorazados y aviones

Hay algo más que Churchill no mencionó en sus memorias. Él creía firmemente en la superioridad del acorazado desde sus años como Primer Lord del Almirantazgo (de 1911 a 1916). Seguía así las ideas de gran parte de los altos jefes navales de la época, incapaces de reconocer que los portaviones y su artillería aérea (los aviones) habían sustituido a los antiguos campeones de acero y grandes cañones como arma marítima principal. Mantenía esa creencia a pesar de que un año antes los 21 aviones torpederos partidos del portaviones británico Illustrious habían hundido a tres acorazados italianos en su propia base protegida de Taranto (11-noviembre-1940).

Ante aquel éxito, los partidarios del acorazado alegaron que los barcos italianos fueron sorprendidos y estaban inmoviles. Lo mismo pensaron ante el ataque de Pearl Harbor, inspirado precisamente en la incursión de Taranto. Pero solo pudieron mantener esa idea durante tres días. porque el 10 los dos grandes barcos ingleses estaban avisados, dispuestos al combate. Y los aviones enemigos los habían destruido.Ya no había duda. En los meses que siguieron los portaaviones serían los nuevos pesos pesados de las flotas enfrentadas. Ganaría el bando que tuviera mayor número.

El ataque a Hong Kong iniciado el día 8 no tuvo éxito hasta el 15 y la tenaz resistencia mostrada por los británicos enfureció a las tropas niponas. Una vez conquistada, la ciudad sufrió una oleada de pillaje, matanzas y destrucción comparable, a distinta escala, con el terrible saqueo de la capital china Nankin a partir de su toma por los japoneses el 13 de diciembre de 1937. En Hong Kong no hubo tan gran número de victimas (unas 200.000 en la ciudad china) pero sí el mismo tipo de furia asesina.

Por cierto, este es un tema que todavía enfrenta a Japón con las naciones que padecieron sus ataques, en especial, China, las dos Coreas, Gran Bretaña y Estados Unidos. Los nipones no han reconocido que sus ejércitos realizaran matanzas y terribles malos tratos durante la guerra del Pacífico (por ejemplo, la marcha de la muerte de los prisioneros norteamericanos tomados en la invasión de Filipinas).

Y algunos primeros ministros japoneses, al tomar posesión de su cargo han hecho una peregrinación al santuario Yasukuni, de Tokio, donde se rinde culto shintoista a los soldados nipones caídos en las guerras de su país. Entre esos soldados, desde 1978 se han incluidos 14 criminales de guerra juzgados y condenados por tribunales aliados después de la contienda. Así pues, todavía quedan hoy día recuerdos vivos y sensibles de la violencia que se desató hace 70 años en Pearl Harbor y se extendió inmediatamente a otros muchos y lejanos lugares de Asia.




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