TRIBUNA

Leó Szilárd y el proyecto Manhattan

  • Roosevelt ordenó desarrollar la bomba al advertirle Einstein y Szilard del peligro de que la fabricaran los nazis

MIGUEL URABAYEN

Publicado el 22/03/2011 a las 01:01

L A reciente catástrofe en la central atómica de Fukushima vuelve a poner en primer plano de la actualidad esa inmensa y terrible energía utilizada por primera vez contra, precisamente, dos ciudades japonesas. La bomba atómica se desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial en una carrera entre científicos aliados y alemanes por disponer del arma definitiva. Quien la obtuviera primero ganaría la guerra. Voy a tratar de resumir en dos artículos los esfuerzos de cada bando por conseguirla.

Albert Einstein fue en vida el más famoso físico del siglo XX y siguió siéndolo tras su muerte en abril de 1955. Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 causaron la rendición del Japón y entonces se supo que Einstein había tenido una parte importante en la decisión del Presidente Roosevelt de iniciar el proyecto de fabricar la bomba atómica. En cambio, muchos menos supieron entonces o recuerdan hoy día el papel desempeñado por el físico Leó Szilárd (1898-1964) en aquel proyecto..

La primera vez que apareció públicamente la frase "bomba atómica" fue, según creo, en la novela del inglés H.G. Wells El mundo libertado (The World Set Free) publicada en 1914 y escrita un año antes. En ella, el gran autor de la ciencia-ficción utilizaba los últimos descubrimientos y teorías de los físicos, en concreto de su amigo Frederick Soddy, premio Nobel de Química en 1921 por sus investigaciones sobre la radioactividad y los isótopos. Tanto el científico como el escritor recordarían en 1945 sus previsiones de treinta y tantos años atrás.

Leó Szilárd, de origen judío como Einstein -lo digo porque en ambos casos ese origen cambió sus vidas- había leído el libro de Wells en su Budapest natal y no lo olvidó. Como otros destacados científicos de su tiempo estudió ingeniería y física en Hungría primero y en Alemania después. Probablemente habría pasado su vida en Berlin de no haber sido porque a finales de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado Canciller del Gobierno germano.

Una de las cualidades de Szilárd era la exactitud de sus previsiones. Ante la llegada al poder de los nazis se trasladó a Viena en la entonces todavía independiente Austria. Pero eso fue solo una escala temporal. Anticipando la forzada unión con el Reich alemán marchó a Londres, donde estuvo hasta 1938. En ese año emigró a Estados Unidos y allí vivió hasta su muerte a los 66 años. Aquellos decisivos traslados produjeron una de las manías de Szilárd: vivir en hoteles con dos maletas dispuestas para una marcha inmediata.

Su gran idea se le ocurrió en la mañana del 12 de septiembre de 1933, en Londres, mientras esperaba a que la luz roja de un semáforo pasara a verde. En el Times de aquel día había leído la afirmación de Ernst Rutherford, el más destacado físico británico de ese tiempo, sobre la imposibilidad de obtener energía de las manipulaciones con los átomos que él mismo estaba haciendo. Szilárd recordó el libro de Wells y allí mismo, ante el semáforo, encontró la respuesta a Rutherford.

Acciones en serie

La llamó reacción en cadena y consistía en que si algún elemento radioactivo era bombardeado con núcleo atómicos -como empezaba a hacerse en los laboratorios- cada átomo del elemento podría romperse (fisionarse fue la palabra utilizada más tarde) y emitir dos neutrones. A su vez, estos dos neutrones libres podrían romper otros átomos y así sucesivamente hasta que se terminara el material bombardeado. La energía obtenida según la fórmula deducida por Einstein en 1905 sería E=mc2, es decir, la masa multiplicada por la velocidad de la luz elevada al cuadrado. Al transformarse, algunos gramos de materia podrían producir una cantidad fabulosa de energía que si se concentraba en una explosión instantánea destruiría una ciudad entera.

Szilárd patentó una máquina capaz, en teoría, de realizar ese proceso pero traspasó la patente al Almirantazo Británico a fin de asegurar que se mantendría secreta. Y escribió a otros físicos investigadores del átomo pidiéndoles no publicar sus hallazgos en ninguna revista técnica o periódico destinado al público general. Tenía pavor a que los físicos germanos -Szilárd anticipaba su total sujeción a los nazis- consiguieran fabricar bombas atómicas.

Desde su llegada a Estados Unidos la alarma de Szilárd fue aumentando por las noticias que le llegaban de Alemania. No eran nada buenas. Poco antes de la Navidad de 1938, Otto Hahn y Fritz Strassmann habían realizado un experimento de bombardeo atómico del uranio cuyo resultado no comprendían. Sí lo entendió su antigua directora Lise Meitner, refugiada en Suecia por ser judía. Consultada por correo, ella y su sobrino Otto Frisch, también físico, se dieron cuenta de que el experimento era en realidad una ruptura del átomo, la fisión anticipada por Szilárd en 1934.

La noticia fue divulgada más tarde en Estados Unidos por Niels Bohr, inspirador desde su laboratorio en Copenhague de toda una generación de alumnos que llegarían a ser famosos por sus trabajos en Física Atómica. Los científicos alemanes habían conseguido lo que tanto temía Szilárd y su preocupación le hizo prever cómo, en un próximo futuro, Hitler podría disponer de la extraordinaria energía encerrada en los átomos de algunos elementos. Decidió que debía hacer algo para evitarlo.

Por ese motivo, el 30 de julio de 1939 Szilárd y Eugene Winger (ambos físicos y húngaros) fueron a ver a Albert Einstein en un coche conducido por otro físico húngaro, un joven llamado Edward Teller que veinte años más tarde sería el impulsor de la bomba de hidrógeno norteamericana. "Yo entré en la Historia -dijo Teller tiempo después- como el chofer de Szilárd en aquella ocasión". En la entrevista entre Einstein, Szilárd y Winger se llegó a un acuerdo sobre el texto de una carta que, firmada por Einstein, avisaba al Presidente Roosevelt del peligro mortal que podía estar surgiendo en la Alemania de Hitler.

Entrega y consecuencias

El texto de la carta, fechada el 2 de agosto de 1939, había sido redactado por Szilárd que siempre previsor buscó a alguien cercano al Presidente para entregársela en mano. Y lo encontró en un amigo -tenía muchos y en distintos niveles- llamado Alexander Sachs a quien Roosevelt solía consultar en temas financieros. Antes de dársela, Sachs le recordó cómo Napoleón había rechazado la oferta del joven norteamericano Robert Fulton para construir barcos de vapor. Fue uno de los grandes errores de Bonaparte porque una flota impulsada por la entonces nueva energía habría vencido a los veleros británicos.

Roosevelt entendió el paralelismo de las situaciones y leyó con atención la carta firmada por Einstein. Ante el propio Sachs llamó a su secretario y dio las órdenes que iniciarían el proceso de investigación y construcción de la bomba atómica, el proyecto Manhattan.

Szilárd participó personalmente en ese proyecto pero cuando la Alemania de Hitler se hubo rendido en mayo de 1945 consideró que la bomba atómica no se utilizaría contra Japón, prácticamente ya vencido. A su juicio, bastaba con exhibir su poder ante ellos, previamente convocados para contemplar una demostración en alguna isla desierta. Entonces comprenderían la inutilidad de seguir la guerra del Pacífico. Así pensaron también varios destacados físicos que habían colaborado en la construcción de las dos bombas, destinadas a ser lanzadas contra los nazis.

Las peticiones de ese grupo no fueron atendidas por la Casa Blanca (ocupada por Harry Truman tras la muerte de Roosevelt en abril de 1945) e Hiroshima y Nagasaki quedaron destruidas. Ante aquella decisión presidencial, Einstein y Szilárd expresaron su protesta por el empleo, para ellos evitable, del arma mortal que habían ayudado a crear. En el caso de Szilárd el disgusto fue tan grande que le hizo abandonar la Física y dedicarse a la Biología molecular en el Instituto Salk de San Diego.

Al terminar este artículo debo repetir que se trata de un resumen muy condensado porque no he mencionado los trabajos de otros importantes físicos aliados, contemporáneos de Szilárd, entre ellos el italiano Enrico Fermi (refugiado en USA) y el matrimonio francés Joliot-Curie, en Paris.. Si el lector está interesado en el tema le recomiendo tres libros: The Making of the Atomic Bomb de Richard Rhodes (1988), E=mc2 de David Bodanis (2000) y Los científicos de Hitler de John Cornwell (2005).

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