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La máquina de hacer sonetos

  • Queneau, con otros autores, creó el grupo Oulipo que entendía la literatura como juego

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El escritor francés Raymond Queneau. DN

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Actualizada 26/12/2011 a las 01:04
  • ANTONIO PANIAGUA . COLPISA. MADRID.

PARA leer este libro se necesitarían muchas vidas. Consta de diez páginas, pero contiene cien billones de poemas. ¿Cómo es posible que en un opúsculo quepan un número tan ingente de versos? No hay ninguna trampa. Su inventor, Raymond Queneau, compuso un artefacto en 1961 que ahora la editorial Demipage recupera para conmemorar el 50 aniversario de su primera edición.

Demipage ha recreado el experimento de Queneau, que aunaba las facetas de matemático y hombre de letras, y ha sacado a la luz Cien mil millones de poemas. David Villanueva, que dirige la editorial, eligió a diez escritores, les encargó un soneto a cada uno y puso a trabajar la máquina de Queneau. Sin el ingenio del francés, el libro constaría de diez sonetos, pero al estar cada verso recortado en una tira, es posible lograr tantas combinaciones como la que se extraen de calcular 10 sonetos elevado a 14, los versos de que consta esta composción poética.

Con los versos troquelados, el lector puede juntar el primer verso de un soneto con el tercero del segundo y así sucesivamente, de lo que surge un libro casi inconmensurable. Los escritores que firman los diez sonetos son Jordi Doce, Rafael Reig, Fernando Aramburu, Francisco Javier Irazoki, Santiago Auserón, Pilar Adón, Javier Azpeitia, Marta Agudo, Julieta Valero y Vicente Molina Foix. Todos ellos se confiesan admiradores de Queneau, creador del grupo Oulipo, acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle (Taller de Literatura Potencial).

Oulipo, al que pertenecieron Ítalo Calvino y Georges Perec, entre otros muchos, concebía la literatura como un juego. Y para jugar hay que imponerse limitaciones. George Perec, por ejemplo, escribió en 1969 La Disparition, una novela de la que está ausente la letra "e", la más frecuente en francés. Al traducirla al español, se optó por prescindir de la letra "a", que es la más habitual en castellano. Anagrama publicó este libro con el título de El secuestroy para ello tuvo que recurrir nada menos que a la ayuda de cinco traductores: Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega. ¡Lo que cuesta prescindir de la "a"!

Para que la máquina de hacer poemas funcione han sido necesarias ciertas normas. En primer lugar los autores han escrito versos alejandrinos (de 14 sílabas), divididos en dos hemistiquios (mitad de un verso) de siete. Jordi Doce es el que abre el libro y por lo tanto marca la rima.

De esta forma, "el accidente, el juego y el azar" irrumpen en el acto poético. Para este escritor, responsable también de la edición, los versos se articulan como los trozos de un "mecano poético". Así, es posible encontrar un extraño cóctel, un soneto en el que se adivinan los temas de las canciones de Juan Perro, la procacidad de Rafael Reig y la sutileza de Pilar Adón.

Bella factura

El esfuerzo de Demipage se ha traducido en un libro-objeto de bella factura, divertido y algo inmanejable (toda hay que decirlo) que tentará a coleccionistas y bibliófilos. Con este volumen, Demipage homenajea la obra de Queneau y de paso reivindica lo lúdico como motor literario. También detrás de esta obra se esconde el afán de los editores para ofrecer una alternativa al libro electrónico.

Con el espíritu burlón que le caracterizaba y su facilidad para el cálculo, Queneau estimó que si se invertían 45 segundos en la lectura de cada soneto, para leerlos todos serían necesarios 190.258.751 años, todo un desafío para el lector impenitente.

Al final del libro figuran los diez poemas originales de los nuevos oulistas, sin entreveros. El volumen ofrece la posibilidad de que el lector se convierta en poeta, pues reserva un espacio para que configure su soneto preferido tras efectuar las combinaciones que le plazcan.

Raymond Queneau, que en sus comienzos coqueteó con el surrealismo, se apartó del movimiento abanderado por André Breton. No solo por discrepacias con el padre del Manifiesto surrealista, sino porque, frente la escritura libérrima y nacida del subconsciente que preconizaban los acólitos de Breton, Queneau defendía un método de creación que aplicara de manera consciente dificultades a la escritura, lo que le distancia de Dadá y su amor al azar. Queneau es autor además de uno de los libros más divertidos e ingeniosos de la literatura, Ejercicios de estilo, en el que describe de 99 formas distintas un suceso irrelevante acontecido en un autobús.




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