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RICARDO FERNÁNDEZ GRACIA

La Asunción y su octava en la Catedral

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La Asunción y su octava en la Catedral

Fotografía de la titular de la catedral en el altar mayor con los bustos de plata. Foto Julio Cía c. 1930.

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Actualizada 20/08/2011 a las 01:01
  • RICARDO FERNÁNDEZ GRACIA, DEL DEPARTAMENTO DE ARTE DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

E L dogma de la Asunción de la Virgen María, en cuerpo y alma a los cielos, es muy reciente, de tiempos de Pío XII (1950), aunque la fiesta se celebraba en Oriente desde el siglo VI y en Roma desde el siglo VII, y con mayor desarrollo a partir del siglo XII.

En principio, la expresión Asunción es harto significativa: se opone a Ascensión, como lo pasivo a lo activo. Es decir, la Virgen no asciende al cielo por sus propios medios como Cristo, sino que es elevada al Paraíso por los ángeles. En esa disposición la encontramos en pinturas y esculturas de los retablos mayores de las parroquias a ella dedicadas. En Navarra, la advocación de la Asunción es junto a la de San Martín la más abundante, seguida de las de San Pedro, San Esteban y San Miguel.

Como es sabido, toda fiesta, también la religiosa, es un fenómeno dinámico: sus tradiciones se mantienen, se pierden, reaparecen o se crean con el paso de los años. En su seno, se producen continuos cambios, tiene conexión con el pasado y con el futuro. En general, y aparentemente, las fiestas se han secularizado y se han vuelto más lúdicas, espectaculares y menos rituales.

La festividad de la Asunción en la catedral tal y como ha llegado a nuestros días con la solemne misa de la mañana y la procesión claustral por la tarde, no es sino expresión de su culto en nuestra época, ya que en siglos pasados los modos de expresión fueron otros de los que daremos algunas notas. Como toda fiesta de culto, el día de la Asunción en la catedral llevaba implícita una actitud interna, pero también se revestía una manifestación externa, que podemos reconstruir a través del ceremonial y la liturgia que constituían un vehículo catequético y propagandístico de primer orden, con exaltación de lo lúdico, y el complemento de la música, los adornos y el cortejo, destinados a conmover.

Hasta fines del siglo XVI

En todo lo referente al culto y celebraciones litúrgicas en la seo pamplonesa existen tres grandes periodos, el primero que abarca hasta fines del siglo XVI, el segundo que, con sus más y sus menos, finaliza a mediados del siglo XX y el tercero desde esos momentos y el post-concilio a nuestros días. Respecto al primero, hay que recordar que fue el obispo don Antonio Zapata quien sustituyó las viejas prácticas de raíces medievales por otras nuevas (1598), siguiendo el reglamento de coro de la catedral de Toledo, en donde él mismo había sido canónigo, en un contexto favorable para reformas, tras el Concilio de Trento, en que se habían abandonado los antiguos breviarios en beneficio del Ritual romano de San Pío V.

Con aquellos cambios, no sólo mutaron fórmulas de oraciones, músicas y ritos, sino que se perdieron las procesiones generales o públicas que, desde los siglos de la Edad Media, se venían celebrando por las calles la ciudad. Con el pretexto de que "el frecuente uso de ellas [las procesiones] disminuía la devoción", se convirtieron en claustrales tres grandes procesiones de origen medieval que tenían lugar en las fiestas de San Pedro, la Corona de Cristo y la Exaltación de la Santa Cruz. La primera, quizás la más solemne, tenía como protagonista la escultura de la Virgen titular del templo, junto a las arcas relicarios; la de la Corona del Señor se celebraba en la dominica tras la fiesta de los apóstoles y paseaba por las calles con el relicario gótico de la Santa Espina. La de la Exaltación de la Cruz fue la última de las instituidas, a raíz de la donación del Lignum Crucis por parte de Manuel II Paleólogo a Carlos III, en 1400 y de éste último a la catedral, el día de Reyes de 1401.

Fiesta "excelentísima"

La fiesta de la Asunción desde el siglo XIV al XVI ya se destacaba entre las más importantes dentro de la catedral y la diócesis. En el Breviario de 1332, de la época del obispo Barbazán, considerado como la guía litúrgica más antigua de la diócesis y de la catedral de Pamplona, encontramos la fiesta de la Asunción de la Virgen como parte de las fiestas Excelentísimas o Insignes, junto a las Pascuas de Navidad, Resurrección y Pentecostés. Estas fiestas equivalían a lo que en siglos posteriores serían las festividades dobles de primera clase, con ceremonial de seis capas. Por debajo de las cuatro festividades mencionadas figuraban las Principales, con rito de solemnidad, entre las que se incluían la Epifanía, Ascensión, Trinidad, Corpus, San Juan Bautista, Purificación, Anunciación, Dedicación de la catedral, Santos Pedro y Pablo, la Corona de Cristo, Santiago, San Agustín, Natividad de la Virgen, San Miguel, San Fermín, Todos los Santos y San Martín. Finalmente, figuraban en aquel escalafón de celebraciones las denominadas Magnas: Transfiguración, Inmaculada Concepción, Magdalena y Reliquias.

Tal y como hemos indicado, la gran procesión por las calles con la titular del templo no tenía lugar como cabría pensar el 15 de agosto, sino el día de San Pedro en que salía junto a las arcas-relicarios por las calles pamplonesas. Un cronista posterior conjetura la razón de ello con estas palabras: "no es fácil dar puntual razón o causa cierta, sino hacer más plausible la festividad. Pudo serlo para la Imagen de Nuestra Señora, el que dentro del cóncavo de ella están con otras muchas aquellas Sagradas Reliquias de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, que en el Reinado del rey don Sancho García, era 962, se veneraban en el antiguo monasterio de San Pedro de Usún..".

La fiesta de la titular del templo -conocida desde las primeras décadas del siglo XVII hasta 1946 como Virgen del Sagrario- así como su octava, se celebraba con especial pompa y magnificencia. Toda la catedral se vestía especialmente con ricas colgaduras el día 14, coincidiendo con la víspera, y por la noche de aquel día se colocaban muchas luminarias en la torre, y se tocaban las campanas y las chirimías, mientras se lanzaban unos fuegos artificiales.

Durante todo aquel periodo la catedral estuvo presidida por el magnífico retablo mayor, costeado por el obispo Zapata y hoy en la parroquia de San Miguel, en el que se colocó la imagen de la Asunción en lugar preferente, precisamente en la calle central, sobre el armario argénteo en que se custodiaba la antigua titular del templo, enriquecido con relieves llegados de Perú, dádiva del marqués de Castelfuerte, y espejos traídos de Holanda (1737). El objetivo de tal armario con sus puertas no era otro que el de tener la imagen oculta y velada durante la mayor parte del tiempo, desvelándose en las grandes fiestas. Al respecto hemos de recordar que en el arte religioso de la época medieval, el "velum" formaba parte de la escenificación de la imagen de altar. La acción de velar / desvelar concretaba la dialéctica de la presentación de las imágenes, de acuerdo con la función litúrgica. La costumbre de tener oculta la imagen permaneció en la catedral de Pamplona hasta fines del siglo XIX, pese a que en gran parte de Europa desde el siglo XVII, el uso religioso de los "vela" desapareció coincidiendo con la irrupción de la cortina en la presentación de las obras de carácter privado, concretamente en destacados lienzos.

Villancicos

Junto al repertorio gregoriano y polifónico de las melodías de la misa y las horas canónicas cobraron gran importancia los denominados villancicos, con letra vulgar, que sustituían a los responsorios litúrgicos, primero en Navidad y luego en otras fiestas. El maestro de capilla de Pamplona estaba obligado a componer diversos villancicos al cabo del año, destinados a otras tantas festividades. En un anuncio impreso para proveer el magisterio de capilla de 1780, se especifican entre las obligaciones del futuro maestro la composición de treinta y seis villancicos, distribuidos del siguiente modo: diecisiete para el Corpus, siete para la Asunción, otros siete para la calenda y maitines de la Navidad, tres para Pascua de Resurrección, uno para San Francisco Javier, otro para la Inmaculada y otro para la fiesta del Nombre de Jesús.

Como cabría esperar en esos días de pompa, la Virgen lucía sus mejores joyas y mantos, algunos de las cuales aún se conservan y hablan de donantes y devotos de Pamplona y de fuera de la ciudad, figurando distintos obispos, el cabildo y varios particulares, con especial mención de algunos indianos. El altar se adornaba en aquellos días con los bustos de plata y las gradas del mismo material y la Virgen se colocaba en las andas de plata o en el templete del Corpus, según el tipo de procesión.

La procesión se celebraba el 15 por la mañana antes de la misa solemne por las naves del templo con gigantes incluidos, y un cuidado protocolo que incluía varios villancicos y música con un órgano portátil. Por la tarde se colocaba a la imagen en el trono de plata del Corpus y así permanecía durante toda la octava. En el día de esta última, 22 de agosto, es cuando la Virgen procesionaba por las naves y el claustro por la tarde, después de Vísperas y Completas que se solían celebrar a las cuatro. Tras escuchar arrodillados un villancico, cabildo y pueblo acompañaban a la Virgen por la nave del Evangelio, y la capilla de música cantaba un villancico junto al trascoro. Seguían por las crujías del claustro en donde se interpretaban tres villancicos, para concluir en el altar mayor con el canto de la Salve y la bendición episcopal.

Gigantes del cabildo

Por último, un componente importante tanto en la fiesta como en la octava fue la presencia de los gigantes, propiedad del cabildo, en las procesiones -matutina el 15 y vespertina el 22-, advirtiendo siempre que desfilaban los tales gigantes, pero en ningún modo "la gigantilla ni el caballico o zaldiko". Su presencia era obligada ya durante las vísperas, en un momento muy especial, con repique de todas las campanas al proceder al canto del Magnificat, cuando se abrían las puertas del claustro y saludaban.

Al igual que en otras fiestas como las del Corpus, los gigantes -representantes de los grandes de la tierra- que se sumaban en su alabanza a la fiesta que se celebraba. Obviamente lo hicieron hasta que su uso fue excluido, en 1780, por una Real Cédula de Carlos III, en que se prohibían las danzas y gigantones por poco convenientes a la "dignidad y decoro" del culto divino, pasando por alto su significación y el gusto de las gentes.




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