F.P.O.

INÉS ARTAJO.PAMPLONA

Publicado el 19/10/2011 a las 10:25

T ODOS los periodistas de Diario de Navarra y todos los que hacemos periódico, desde el consejo de administración al encargado de la rotativa o al comercial, habrían querido coger hoy la pluma para escribir de Fernando Pérez Ollo. En nombre de todos ellos, su familia periodística, hilvano unas palabras para despedirle con recuerdos, con cariño y con respeto.


Pérez Ollo fue el profesor más temido y recordado para varias generaciones de alumnos que abrimos los ojos al mundo de la noticia en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra. Sus clases, compartidas con Julio Martínez Torres, fueron las primeras y verdaderas prácticas en un mundo todavía académico y teórico. Sus lecciones entremezclaban las raíces del periodismo con una ironía tan mordaz y fulminante que convirtió casi en leyenda al profesor al que le faltaba un brazo pero que era más rápido que nadie en habilidades merced a su ingenio.


Hoy todavía no hay reunión de periodistas del amplísimo mapa nacional del mundo de la comunicación en que no se recuerde a FPO. Siempre con admiración, algunos con el pánico de haber sufrido el revulsivo de sus frases lapidarias pero todos con el respeto al maestro del rigor.


Porque la obsesión por el dato ha marcado el trabajo periodístico y de investigador de Pérez Ollo. Fernando ha pasado miles de horas buceando en todos los archivos de Navarra a la búsqueda de la fecha, la cifra o el apellido preciso para construir luego sus trabajos desde el rigor más exigente. Por eso era para todos sus compañeros una auténtica enciclopedia andante -mucho más exhaustiva y precisa que la wikipedia- y una referencia de consulta habitual y obligada si se quería redondear una historia.


Lucía una cultura ancha en inquietudes y profunda en contenidos. Viajaba con la misma facilidad por la literatura del siglo XX que por la geografía cotidiana, por los rincones de la historia menuda que por la música más rotunda, por la filosofía de la vida que por la tauromaquia del arte. No había área en la que no supiera más que el resto. Y si no, sabía dónde encontrar las respuestas de inmediato. Y lo mejor es que era generoso a la hora de compartir el conocimiento.


Ese oceánico saber se convertía en el primer imán para quien se iniciaba en la redacción. Pero sólo era la puerta de entrada a FPO. Porque tras un gesto serio, surgía bien pronto un lazo de relaciones personales. A su mesa se han acercado cada día desde los becarios, que se asían a su seguridad, a los veteranos con los que compartía charlas, confidencias y café. Y entre jornada y jornada de trabajo, partidos de pelota, salidas al monte y cenas de la escalera sanferminera con su cuadrilla, en esas complicidades cultivadas mucho más allá de los años compartidos en el Diario.

Musicólogo, y biógrafo de Sarasate y Gayarre, los grandes símbolos de la música navarra, sus críticas periodísticas le convirtieron en una referencia indispensable para miles de melómanos que acudían a conciertos, antes en el Gayarre y ahora en Baluarte, y que paladeaban sus adjetivos tanto para ver qué opinaba como para entender qué habían escuchado. Su independencia de criterio era la garantía del periódico en parcelas que en otros medios se han prestado a crónicas complacientes.


FPO era implacable se tratara de críticas o de elogios, una cualidad que extendió a sus piezas literarias.

Fernando, el decano de los periodistas del Diario, era también una de sus referencias. Una memoria viva que atesoran los periódicos en su largo recorrido por la historia, la grande y la de las pequeñas cosas.


La enfermedad le sobrevino poco antes de Semana Santa. Pese a una fuerte intervención quirúrgica, compaginó tratamiento médico con citas habituales con los colegas de trabajo. Tenía previsto incorporarse a finales del otoño al periódico y adelantaba artículos en casa para mantener su vinculación con la vida profesional. Creía, y todos con él, que su regreso a la redacción estaba pronto. Murió sereno. Con su familia.


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