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A PUNTA SECA FERNANDO PÉREZ OLLO

Ambrosio Huici, víctima de Las Navas

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La batalla de Las Navas de Tolosa, en el despacho presidencial de Navarra ARCHIVO

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25/03/2011 a las 01:02

L A batalla de Las Navas de Tolosa (Jaén) tuvo lugar el 16 de julio de 1212, lunes. Fue un hecho de armas triunfal para los reinos hispánicos, por razones diversas. Aquella jornada inició el fin del imperio almohade. Las Navas de Tolosa funden desde hace siglos historia y leyenda, no sólo en Navarra. Quizá la mejor conmemoración sea cribarlas.

Incontestable, pero incómodo

En julio de 1910, la Diputación Foral convocó, a iniciativa de la Comisión de Monumentos de Navarra, un certamen científico y literario sobre Las Navas, para celebrar el séptimo centenario de la batalla campal. La convocatoria establecía cinco temas o apartados y los trabajos debían investigar la historia de aquella fecha, "preludio certero de nuestro renacimiento, el inicio de nuestra libertad, el vigoroso latido de la fe, el amanecer espléndido de nuestro señorío", según definió el jurado del concurso en su informe final.

El tercer tema, dotado con 2.500 pesetas, era el "Estudio histórico militar de Las Navas". Ambrosio Huici Miranda (1879-1973), catedrático, experto arabista, presentó su trabajo bajo el lema "In laude veritas". Huici declaraba que el texto era parte de un amplio trabajo sobre los almohades. El jurado la consideró "hermosísima obra" y encontró en ella "suma erudición. Erudición superior a la que hemos hallado en todos los demás sometidos a nuestro examen y calificación, pero derrochada en un volumen no ajustado a los términos del tema. El libro en cuestión, de 165 páginas (apéndices inclusive) de nutrida lectura, más una abundante colección de documentos al mismo anejos, habría encajado mejor en una revista de historia, en vez de optar a este certamen, de cuyas cláusulas ha hecho caso el autor. Ello no obsta para que el jurado reconozca en este concursante un mérito excepcional y aptitudes en el más alto grado relevantes para el cultivo de la difícil ciencia (...) El jurado ha de hacer pública declaración (y la hace con el placer de ser justo y verídico) de que ningún otro de los concursantes se ha aproximado a éste al discutir, razonar y justificar sus afirmaciones relativas al lugar de la batalla, desvaneciendo errores, ahuyentando preocupaciones y sentando premisas incontrovertibles que, con sus inmediatas resultantes, constituyen la nota más saliente de la hermosísima obra"". Tras la investigación "se oculta un sabio", parcial en su aprecio por las fuentes arábigas, "esperanza de la ciencia, si es un joven, venerable obrero de la inteligencia, si es un anciano, y cuyo nombre el jurado desea vivamente conocer" para recomendar que la Diputación le envíe a Francia e Inglaterra a estudiar el viaje de D. Sancho a África y los amores del soberano pirenaico con una mora, o a Roma, para esclarecer las relaciones del Rey Fuerte con otros soberanos de la Cristiandad.

Cuesta creer que el jurado no supiera quién era el arabista autor del trabajo. Y el problema de Huici no era que violase las bases del certamen, sino que su interpretación se oponía frontalmente a la historia oficial navarra. Huici aplicaba "un silencio glacial para el héroe legendario" -Sancho VII, de 58 años en 1212-, limitaba a 200 caballeros la participación navarra -número irrisorio, dada la "verdad" de su intervención decisiva- y sobre todo, ponía "en duda la autenticidad de las cadenas traídas a Navarra por D. Sancho y ni aun para la tradición tiene otro apelativo que el de afortunada (...) Estos toscos pedazos de hierro, de valor material alguno, constituyen una tradición oral y escrita, acatada por la lógica más estrecha: son un trofeo de valor inmenso para los descendientes de D. Sancho, sus nobles y sus soldados; son un símbolo del ardimiento desarrollado en la épica jornada y hasta una prueba material de las hercúleas cualidades de la raza".

La osadía de Huici les pareció imperdonable, porque "tradición tan gloriosa, sostenida incólume durante seis centurias, no puede arrancarse de manos del actual y genuino representante, que tan valientemente ha decidido la conmemoración solemne del magno acontecimiento de las Navas de Tolosa."

Huici resultó un sabio auténtico, sin ahormar, ajeno al sanedrín local y a la corrección de los duendes palaciegos. Cuanto más lejos estuviera, mejor. Al jurado le pareció insufrible que "al acudir a esta convocatoria talento tan preclaro como el autor del estudio que comentamos, haya prescindido con un rigorismo de oportunidad dudosa, de fuentes de verdad y criterio de certeza muy atendibles con un vigor de siete siglos, jamás discutido, pregones infalibles de creencias jamás combatidas con saña".

Huici había preparado un estudio incontestable, pero se había comportado como un aguafiestas. Le premiaron con el silencio y el vacío. Aquel desaire condicionó toda su vida.

Huarte, Beirut, Valencia

Ambrosio Huici Miranda, nacido el 20.IV.1880 en la calle Nueva de Huarte cabe Pamplona, fue jesuita (1897-1908), sin llegar a ordenarse sacerdote. Cursó por libre (1900-1905) en las universidades de Salamanca y Zaragoza y se licenció en la de Granada. Alumno de Francisco Codera Zaidín, residió en Beirut (1905-1907), donde perfeccionó su dominio de la lengua árabe, que leía y traducía a primera vista, incluso los manuscritos medievales, dominio que más tarde aprovechó el ilustre E. Levi-Provençal (1894-1956), que en verano se instalaba en casa del navarro, según contaba Antonio Ubieto Arteta, medievalista y catedrático en Valencia . Recibió el doctorado en la Central de Madrid con premio extraordinario (1908). En 1910 Huici obtuvo la cátedra de latín en el Instituto de Baeza y luego, como número 1 en la oposición, en el General y Técnico de Valencia (Diario de Navarra, 5.VII. 1912), ahora Luis Vives. En Valencia proyectaba una estancia corta, porque quería afincarse en Pamplona. El fallo del certamen le hizo cambiar de planes: venía de vacaciones, pero nunca más publicó en su tierra.

El Diario insertó al menos cinco artículos de Ambrosio Huici en 1909 -tres, sobre Marruecos, sin firma- y le siguió los pasos con atención, sin duda porque era primo de Serapio Huici Lazcano (1868-1953), ingeniero, empresario y fundador en 1903 del periódico, de cuyo consejo de administración fue el primer secretario.

"Diario de Navarra", el 20.VII. 1910, a la vez que informaba de la convocatoria del certamen sobre Las Navas de Tolosa, daba noticia de que el joven arabista iba pensionado a Marruecos para proseguir sus trabajos. "Al despedirse de nosotros el señor Huici nos ha prometido contribuir desde Tetuán al estudio de la campaña de las Navas de Tolosa, publicando las versiones de los historiadores musulmanes que contienen datos interesantísimos sobre aquella batalla que con tanto amor va a conmemorar Navarra. No dudamos que nuestros abonados leerán con agrado lo que el señor Huici nos ofrece." Envió dos artículos, "La batalla de las Navas de Tolosa según los autores árabes", fechados en Tetuán y publicados en primera página (16.VIII.1910 y 2.IX.1910).

Al jurado no le pilló, pues, de nuevas la novedosa aportación de Huici. Lo que resultó inadmisible a los eruditos orgánicos no fue la sólida novedad del estudio, sino que antepusiera la historia al mito. Hoy diríamos que los romos intelectócratas provincianos sacrificaron la historia a la ideología. Quizá sea ésa la lección moral viva de aquel triste lance.

Huici publicó su trabajo, "Estudio sobre la campaña de Las Navas de Tolosa", (Valencia, 1916), investigación que inició de visu sobre el terreno, no sólo en los textos, durante su estancia docente en Baeza y había rematado en diciembre de 1911. El "Estudio..." originó libros posteriores: "Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas" (Madrid, 1956) y sobre todo "Historia política del imperio almohade" (dos tomos, Madrid, 1956 y 1957). De ambos libros, imprescindibles, pese al tiempo transcurrido desde que vieron la luz y los nuevos estudios, hay edición facsímil (Granada, 2000).

No se movió de la capital levantina, en la que casó (1917) con Clara Carmen Behn Ehlers y donde falleció (9.XI.1973).

Republicano y prosocialista, se afilió a Izquierda Republicana, pero el Gobierno de la República le incautó la Librería Maraguat. Estallada la guerra civil, aunque pudo pasar a Méjico, se quedó en Valencia. En septiembre de 1939 le condenaron por izquierdista y masón y estuvo en prisión. La sentencia fue anulada cuando se demostró que no perteneció a logia alguna y en su librería "vendía ejemplares de todas clase". Recuperó la libertad, pero no la cátedra... por masón.

Los almohades y la batalla

L OS almohades (al-Muwahhidun, "los que reconocen la unicidad de Dios"), de origen beréber, reaccionaron con rigor coránico contra los relajados almorávides y dominaron entre 1147 y 1269 el norte de África y Al-Ándalus, hasta las puertas de Toledo. Su imperio tuvo la capital en Marrakech. El emir de Las Navas, para los cristianos Miramamolín (An-Nasir Li-Din Allah, "Comendador de los creyentes nombre", nombre que adoptó Abu "Abd Allah Muhammad, 1181-1213, hijo de madre cristiana), había sucedido a su padre Al-Mansur en 1199. La caída de Salvatierra (1211), de la Orden de Calatrava, facilitó que Inocencio III declarara Cruzada la expedición que el castellano Alfonso VIII -derrotado en Alarcos (1195)- preparaba para el verano siguiente y que atrajo a muchos caballeros europeos. De éstos, en julio de 1212 quedaban muy pocos, unos 150 de Languedoc, con el obispo de Narbona. En Las Navas vencieron los combatientes castellanos (2.300 caballeros de linaje y 11.700 peones concejiles, según diversas fuentes, abanderados por López de Haro, señor de Vizcaya), los aragoneses de Pedro III (1.700 caballeros, que otras crónicas dejan en 1.300) y los navarros (200 caballeros, según la carta de Alfonso VIII al Papa), llegados a última hora, cuando Sancho VII venció -gracias al mitrado de Narbona- su enemistad con el castellano. Cristianos y almohades, por intereses distintos, hincharon a posteriori el número de combatientes. La Guardia Negra del emir, senegaleses trabados con cadenas y sujetos al suelo (Imesebelen), defendía la empalizada y la tienda roja del Miramamolín que, vestido de verde, vio la batalla cimitarra y Corán en mano, adornado el Libro con una gran esmeralda. Miramamolín huyó a Jaén y murió envenenado el año siguiente. El lugar de la batalla no es el de Las Navas de Tolosa actuales, núcleo anejo a La Carolina, fundada por Carlos III en 1767, cabeza de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.




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