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Literatura

Richard Parra presenta 'Los niños muertos'

  • El escritor peruano, afincado en Nueva York publica su última novela, 'Los niños muertos'

Actualizada 13/02/2016 a las 21:40
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  • colpisa. madrid
Richard Parra (1997) tiene el don de recrear la palabra hablada y el coraje de asomarse sin miedo al abismo de la miseria y la violencia de Perú. En sus novelas y cuentos cuaja historias que exploran la realidad política e histórica de su país. Es un devoto del Inca Garcilaso y de escritores norteamericanos, sin abjurar del legado de su compatriota José María Arguedas. Ahora publica ‘Los niños muertos’ (Demipage), una novela en el que urde dos tramas: una en la que cuenta los avatares de un niño, Daniel, en una barrada asentada junto un vertedero en las afueras de Lima, y otra en la que aborda las andanzas de la madre del muchacho en un pueblo serrano del Perú. Antonio Muñoz Molina, uno de sus grandes valedores, asegura que Parra tiene esa destreza narrativa que conmocionó a los lectoress cuando eclosionó el ‘boom’ latinoamericano.

Parece tener una visión muy pesimista del ser humano.

El ser humano es pura contradicción. Ama, construye, piensa, es pacífico, generoso, crea comunidad, pero la violencia también actúa en la constitución social e individual, lo mismo la autodestrucción. En ‘Los niños muertos’ se manifiesta esta visión. Pero no todo es represión, alienación, esquizofrenia, esclavitud, individualismo burgués. La novela reflexiona sobre la libertad propia del acto de contar historias. Además creo que el diálogo es posible, la tolerancia, que podemos contrarrestar aquellos estados negativos con creatividad, solidaridad, erotismo y conciencia política como herramientas emancipadoras.

¿Es Perú tan tenebroso y violento como usted lo describe?

Basta con buscar en internet la palabra Perú junto a violaciones, racismo, desaparecidos, pobreza, hambre, tuberculosis, homofobia, Yanacocha [la mayor mina de oro de América Latina], comprensión lectora, delincuencia, alcoholismo, desigualdad, contaminación, feminicidio, anemia, concentración de medios, corrupción, narcotráfico, o dogmatismo cristiano para darse una idea. ‘Los niños muertos’ es una historia sintética, mítica, pero no deja de ser un documental que observa literariamente aquellos problemas.

Citando a Vargas Llosa, ¿cuándo cree que se jodió el Perú?

En varias ocasiones, pero hablemos de las más recientes. La guerra entre Sendero Luminoso y el Estado peruano, una guerra sucia con terrorismo y matanzas de ambos lados. La dictadura corrupta, ramplona, de Fujimori. Luego una transición fracasada, continuista, con muertos e impunidad. La felonía de Humala, olvidando sus promesas reformistas. Hoy, el Perú se sigue jodiendo con varios candidatos presidenciales, auténticos mamarrachos: corruptos, ladrones, plagiarios, torturadores, asesinos, falsificadores del pasado, explotadores, chaqueteros, marionetas de la oligarquía. Indignante.

Reside usted en Nueva York. ¿Se plantea que EE UU sea el escenario de sus ficciones?

He escrito algunos cuentos situados en USA. Trabajé con el realismo ‘hard boiled’ y con el western, pero tratando de criticarlos como géneros también imperiales. Para mi próximo libro tengo varias tarjetas con materiales vinculados a USA, no solo como territorio nacional, con antagonismos sociales internos, sino como poder militar global. La historia de América Latina también es la historia del imperialismo, no solo norteamericano. Durante el fujimorismo, en Perú, se esterilizó por la fuerza a miles de personas con ayuda de USAID [la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] y la Fundación Japón.

¿Hay en la novela recuerdos de su infancia?

Viví en Comas, en la barriada de El Montón. En el barrio de La Victoria. Mi familia es de Celendín, de Huánuco, los espacios históricos de la novela. Estudié en la misma escuela que Daniel. También la narración recoge innumerables viajes que llevé a cabo desde chico. Es en parte una memoria, pero una memoria social subjetiva, compartida, una investigación.

Su prosa tiene mucha fuerza expresiva, sin menoscabo de contención en el lenguaje.

No partí de una idea de estilo. La novela tenía el doble de extensión en su borrador. Luego comencé a presionar la historia, a dejar las secuencias abiertas respetando los materiales. Me propuse que el lector completara las cosas a su modo. Creo que necesitaba saber más de los personajes (130), y luego retiré, como en una obra arquitectónica, los soportes.

En el libro conviven la crueldad con la ternura.

El tono fue apareciendo con la escritura. Invoqué cierta picardía popular, juegos de palabras, ‘Otra vuelta de tuerca’, de Henry James. Y eso creaba una forma de ironía tensa, una constante negación argumental y poética.

¿Por qué decidió dar esos pasos adelante y atrás en la narración?

La historia está escrita en presente casi en su totalidad. Lo cual crea la ilusión de que no existe perspectiva, como en una película o el teatro. Se me ocurrió entonces crear el espesor histórico superponiendo pasado y presente sin establecer lazos rígidos. Escribí la novela desde adentro hacia afuera, siguiendo una fuerza tangencial y una intuición poética.

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