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Poesía

Jesús Munárriz, poeta: "La infancia es la principal fuente de inspiración"

‘Materia del asombro’ es el regalo más original que ha recibido Munárriz por sus 75 años. Francisco Javier Irazoki ha seleccionado en esta antología 75 poemas de su amigo, uno por cada año

Jesús Munárriz.

Jesús Munárriz, poeta: "La infancia es la principal fuente de inspiración"

Munárriz se acaba de hacer esta foto en un fotomatón con “barba de invierno” y un sombrero de los chinos.

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Actualizada 18/01/2016 a las 13:09
  • Ion Stegmeier
En el cumpleaños de Jesús Munárriz las 75 velas están escritas. Son poemas, y las ha seleccionado otro poeta amigo, Francisco Javier Irazoki. Materia del asombro recoge un poema por cada año que ha cumplido Munárriz, extraídos de 19 obras y 45 años de creación. Y sin orden cronológico. Así que la antología sobre el poeta-editor, nacido en San Sebastián de padres navarros que volvieron a Pamplona cuando él tenía un año, lo mismo recoge el pulso de una Navarra de posguerra -en la que la leche sí era de verdad, según relata, pero las reses no tenían solomillos-, que la compasión por los mendigos madrileños o la admiración por la literatura germana que sintió en las calles de Jena y Weimar, donde vivió mientras estudiaba Filología Germánica. Fundador y editor de la editorial de poesía Hiperión, Munárriz se trasladó a Madrid en 1957. Es padre de tres hijos, de dos mujeres distintas, y tiene dos nietos.


Esa Materia del asombro ¿no se agota nunca?
Es condición indispensable para la poesía. Si todo te parece evidente no hay nada que decir.

El libro es un “regalo” de su amigo Irazoki. Él cuenta que cuando sale de casa no vuelve sin un poema. ¿A usted también le pasa?
Sí, voy siempre con una libretica y un lapiz en el bolsillo. Que salte la liebre donde quiera. Lo fundamental para un poeta es la mirada, fijarse en las cosas.

Usted escribe algunos poemas que son historias de la calle...
...He escrito muchas cosas de ciudad, porque es donde vivo, pero donde más a gusto me siento es en el campo. He escrito muchos haikus que ahí no aparecen, pero me gusta cualquier cosa de árboles, de flores, de pájaros, de insectos, esa naturaleza de la que no disfruto a diario.

En un poema dice “Contigo es imposible no ser joven”, ¿ha dado con la clave para cumplir años?
Hay muchas cosas que te hacen ser joven. El número de años que llevas te añade muchas cosas, te da mucha experiencia, pero también se puede mantener viva la ilusión, las ganas de hacer cosas, la vitalidad que a veces en gente muy joven ves que no la tienen.

Hay poemas sobre temas que incluso se suelen atribuir a la infancia, como la fascinación por la nieve, o el impacto por la muerte de un animal.
En todo poeta la infancia es la fuente principal de inspiración, porque además la guardamos en la memoria muy viva. La memoria reciente para una persona mayor muchas veces se borra. A lo mejor te preguntan qué comiste el domingo y ni te acuerdas. Pero te acuerdas que a los siete años aquella vez te dieron una tarta. Todos los poetas tiramos de vez en cuando del hilo de la infancia y ahí renace algo que llevamos muy adentro.

En su caso esa infancia tuvo lugar aquí y en ese siglo “con dos X por resolver”, como dice usted. ¿Ese escenario sombrío de la posguerra lo asocia a Pamplona?
Yo tuve suerte porque pertenecía a una clase media, además era hijo único, lo que pasa es que el ambiente lo veías. A dos manzanas de casa había un comedor de Auxilio Social. Esas cosas están ahí y aunque procuraban ahorrárnoslas a los niños, acababan apareciendo. Toda España vivió esa posguerra que fue durísima, porque mientras tanto estaban en la guerra mundial matándose, con lo cual aun era más difícil arreglar lo de aquí.

Un joven de hoy quizá no se crea que se arrojase pintura sobre los carteles de Gilda.
Es una anécdota, pero real, en el cartel de Gilda en la Gran Vía de Madrid. Fueron los jóvenes falangistas a tirar tinteros a la cartelera, indignados porque era una cosa inmoral. No voy a decir quiénes eran, pero luego fueron gente que se ha hecho muy famosa y además más bien gente de izquierdas.

¿Se puede tener nostalgia de un tiempo así?
Sí, se tiene nostalgia porque es la infancia de uno. En mi caso había muchas cosas buenas. Yo podía quejarme muy poco.

Algunas de las evocaciones las hace a través del olor. ¿Es un poco sinestésico este libro?
Hay un poema sobre el mercado viejo de Pamplona así. Ahora cuando voy a Pamplona suelo asomarme y ha cambiado muchísimo, hay un club de baile y ¡yo qué sé lo que hay ahí! En ese poema evoco la víspera de Navidad.

¿Qué ocurría?
Los tres pisos del mercado se llenaban de aldeanos que traían de todo para vender. Recuerdo perfectamente los bichos que traían vivos, los capones, los conejos... uno se acuerdo hasta del olor. La última vez que estuve vi que aún hay una tripicallería, que es una palabra de Pamplona, en Madrid se dice casquería. En el mercado sigue habiendo una, pero curiosamente hablé con la señora que atendía el puesto y resulta que era una mujer colombiana.

¿El salto a Madrid fue un respiro?
Pamplona era una ciudad en que nos conocíamos todos y yo era un poco escandalera. Me ponía un sombrero tirolés con 17 años. Mis padres me compraron un coche con 18, un Citröen del año 27 descapotable... todo el mundo me conocía y cualquier cosa que hacía se comentaba. Yo era socio del Tenis y solo había una piscina. Nos repartíamos: unos días los hombres y otros las mujeres. En esa época me dejé por primera vez la barba. El presidente del Tenis dijo que si había que ponerse un gorro para bañarse, yo no podía bañarme con barba. ¿Qué hice? Al día siguiente fui con un pasamontañas [risas]. Era ese tipo de chaval follonero. Madrid era el anonimato. Eso sí era un aliciente. Y en realidad vine a Madrid a estudiar arquitectura, aunque luego lo dejé.

Igual tenía que haber nacido en Alemania, por la admiración que desprende el libro.
En realidad empecé a estudiar alemán en Pamplona. Después de aprender francés mi madre me puso a darlo con un viejo alemán que se había casado con una navarra y vivía en Pamplona dando clases particulares. Cuando me pasé a Filosofía y Letras, a la hora de especializarme, me fui por alemán. Al final ha sido determinante en mi vida porque he traducido alemán, he publicado alemán, he ido a Alemania...

E inspiró el nombre de la editorial que fundó, Hiperión.
Efectivamente. Justamente estando en Jena el primer año me regalaron el libro Hiperión, de Friedrich Hölderlin, en alemán, lo estuve leyendo y dije: “¡Qué cosa tan buena y en España no se conoce! Cuando volví me puse a traducirlo. Fue el primer libro que publiqué y le dio nombre a la editorial.

¿Hay que ser quijotesco para seguir con una editorial de poesía?
Ya a estas alturas no vamos a cambiar de oficio. Llevamos cuarenta años y hemos hecho muchas cosas que están muy bien y otras que no tanto, pero hay que quedarse con lo bueno.

¿La poesía tiene buena salud?
Se mantiene en un ámbito de minoría. Ahora, a la gente que le interesa la poesía le interesa toda su vida, hasta el final.

“Yo con los libros gozo, pensándolos, haciéndolos, leyéndolos, enamorándome de lo que sueñan las palabras”, dice usted. Amenazaron con su extinción pero no parece que se vaya a cumplir.
Sí, aunque ahora hay un montón de medios creo que no va a afectar demasiado al libro porque ¡es un invento tan bueno! No necesita pilas, no necesita enchufarse, lo puedes llevar contigo a cualquier sitio, lo abres y lo cierras cuando quieres... hay un montón de ventajas. Y la poesía es una cosa a la que se vuelve. Yo en la mesilla tengo libros de poesía a los que vuelvo siempre. Machado, César Vallejo, García Lorca... nunca te aburres de leer un buen poema.



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