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Literatura

Vuelve el Hemingway de los 'hippies' y de la contracultura

  • Richard Brautigan, escritor de culto que parodió los géneros populares, goza de una nueva edad de oro
  • Sus obras se están recuperando, como es el caso de 'Un detective en Babilonia', en la que el escritor se burla del género negro

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10/01/2016 a las 06:00
  • COLPISA. MADRID
Regresa el Hemingway de los 'hippies'. El escritor Richard Brautigan, mito de la contracultura y autor de libros tan disparatados como divertidos, que parecen alumbrados por una mente lisérgica, está otra vez de moda. La editorial Blackie Books, que ha recuperado las obras de este autor de culto, publica ahora 'Un detective en Babilona', novela dotada de ese humor feroz que ha cautivado a los seguidores de este hombre que en vida no tuvo mucha suerte. Su cadáver apareció en 1984 debajo de una manta de gusanos después de que se hubiera descerrado la tapa de los sesos con una Magnum 44, que yacía en el suelo al lado de una botella de licor.

A Brautigan nadie le tomaba muy en serio. En España han tenido que pasar tres décadas tras su muerte para que los lectores aprecien que el escritor era alguien más que un tipo tocado con un sombrero ridículo. Los miembros de la secta que adoran a este hijo de la psicodelia de la Costa Oeste americana reivindican su imaginación asilvestrada e irreverente. Esta cualidad queda acreditada por su rara habilidad de parodiar los géneros populares. De hecho en 'Un detective en Babilonia' se burla del género negro. El libro cuenta la historia de C. Card, un pobre desgraciado que sobrevive a base de sablazos y que decide hacerse detective para dejar de andar por la vida trampeando. El sabueso, por llamarlo de alguna manera, cree que la vida le sonríe cuando una rubia de perturbadora belleza, pero de incorregible afición por la cerveza, le encarga un trabajo. Card ya se imagina con mil quinientos dólares en su cartera como retribución a sus servicios. Jamás se pagó tan generosamente un trabajo tan sencillo. Al fin y al cabo solo tiene que birlar un fiambre de la morgue y trasladarlo al cementerio a la una de la madrugada. Las desventuras del investigador privado son parecidas a la vida destemplada que llevó el escritor. Cuando colegas de generación beat como Kerouac y Ginsberg estaban en la cumbre de su éxito, el bueno de Brautigan escribía poemas. Era un pobre diablo sin oficio ni beneficio, que había sido encerrado en el psiquiátrico, donde, como él decía, recibió electroshocks suficientes para iluminar una ciudad. Curiosamente, a Brautigan le abrasaron el cerebro en el mismo psiquiátrico donde luego se rodó 'Alguien voló sobre el nido del cuco'.

El joven Brautigan había aprendido pronto que la vida está repleta de perrerías. Su padre nunca llegó a reconocerle y su madre intentó abandonarle junto a su hermana en un motel. Pero el escritor supo sobreponerse a los reveses. Siguió dándole a la máquina de escribir hasta que en 1967 se publicó 'La pesca de la trucha en América', que obtuvo un rápido aplauso de crítica y público. De pronto el perdedor se convirtió una estrella de las letras. El muerto de hambre tenía dinero en el bolsillo, podía comprar propiedades y posar con admiradoras para las cubiertas de sus libros. Se jactaba de ello llegaba incluso a incluir el número de teléfono de sus conquistas en algunas ediciones.

POESÍA DEL ABSURDO

Casi sin haberlo pretendido Brautigan se convertía en un referente, en el intelectual que conectaba con la estética 'underground' y la poesía del absurdo, con los cómics desvergonzados de la época y la música pop. Frente al malditismo y la lengua bífida de sus correligionarios 'beatniks', hoy Richard Brautigan brilla por la inocencia infantil de su escritura.

En los días previos a su muerte Richard Brautigan era un ser desmadejado. Le acuciaba la idea angustiosa de sufrir una enfermedad venérea. Ya no era la sombra de esa 'pop star' de los campus universitarios que había vendido dos millones de ejemplares con su iconoclasta novela 'La pesca de la trucha en América', un título que un admirador algo enajenado empleo para bautizar a su criatura recién nacida. Del deterioro de Brautigan puede hablar el editor de Anagrama, Jorge Herralde, que contactó con él por teléfono y solo pudo escuchar el balbuceo de un hombre alcoholizado por completo.

Pasados los años los lectores que lo descubren ahora son legión. Brautigan era admirado por escritores tan dispares como Murakami y Kurt Vonnegut, quien se lamentaba de que ese "desequilibrio químico que llamamos depresión" hubiera acabado con el escritor. Una biblioteca que lleva su nombre en Burlington (Vermont) honra su memoria y se dedica a alojar todo aquellos manuscritos que sufren el rechazo de las editoriales. Como le sucedió al principio al propio Brautigan.



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