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Literatura

"Sigo con un campo de concentración en mi cabeza"

  • La escritora y cineasta francesa Marceline Loridan-Ivens ha publicado 'Y tú no regresaste'

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Actualizada 20/10/2015 a las 11:31
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  • EFE. MADRID.
"Sigo con un campo de concentración en mi cabeza", dice 70 años después de la liberación de Auschwitz la escritora y cineasta francesa Marceline Loridan-Ivens, quien relata en el libro 'Y tú no regresaste' aquella "inhumanidad" que la hirió para siempre y que ahora ve revivir en el Estado Islámico (EI).

"Hay un paralelismo increíble... Se negocia para ver quien va a destruir esa organización Daesh (acrónimo árabe de EI) que decapita a la gente, que corta cabezas como en la Edad Media más retrógrada. Es lamentable", deplora en una entrevista con Efe Loridan-Ivens, que ve extenderse sobre el mundo y sobre Europa nubarrones de peligro.

Su libro salió en enero pasado en Francia, coincidiendo con las siete décadas de la liberación de Auschwitz-Birkenau, y ya ha sido traducido y editado en dieciocho idiomas, incluidos el inglés, el chino, el alemán, y ahora el español por la editorial Salamandra.

Diez meses después, el mundo se le antoja a Loridan-Ivens "muy, muy inquietante", pues a las atrocidades de Estado Islámico hay que sumar la masacre en enero del semanario Charlie Hedbo y del supermercado judío de París y el drama de los refugiados sirios.

Sus travesías por Europa, donde se les instala en campos de refugiados, hace revivir en Loridan-Ivens (los apellidos de sus dos maridos), amargos recuerdos de su pasado, cuando todavía se llamaba Rozenberg (montaña de rosas) y fue deportada junto a su padre por su doble condición de judíos y de resistentes en la Francia de Vichy.

Salomón tenía poco más de 40 años y Marceline, apenas 15. Antes de ser separados su padre le dijo: "Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré". Una profecía grabada en su mente, al igual que el número 78750 que lleva tatuado en su brazo izquierdo.

Él fue internado en Auschwitz, ella en Birkenau. "Los historiadores -escribe en su libro- los unen con un simple guion, el mayor campo de exterminio del Tercer Reich. Separados por terrenos, barracones, torretas de vigilancia, alambradas, crematorios y, por encima de todo ello, la insoportable incertidumbre sobre lo que le ocurría al otro. Parecían miles de kilómetros, solo eran tres".

Solo tuvieron dos contactos: en una ocasión se cruzaron en un camino, ella se abalanzó a sus brazos y los guardias los separaron a golpes. Perdió el conocimiento y al despertar tenía un tomate y una cebolla que le había dejado su padre "protector".

Y en otra ocasión le hizo llegar un trozo de papel con un mensaje, supone que era de ánimo, solo recuerda el principio ("Mi querida niña") y el final (su firma: Shloïme, en hebreo).

Por eso, ahora, a sus 86 años, escribe este "Y tú no regresaste" como una carta a corazón abierto, por momentos desgarradora.

Desgarradora es, por ejemplo, la imagen que nunca olvidará de una niña pequeña a la que acababan de separar de sus padres, caminando con la mirada perdida, hacia la cámara de gas aferrada a su muñeca.

La primera vez que se desnudó ante un hombre fue ante el sádico doctor nazi Josef Mengele, conocido como "El ángel de la muerte". Él era el que seleccionaba a los que iban a morir.

Cuando fue deportada medía 1,46 metros y calzaba un 33. Poco creció desde entonces y su figura menuda, y derecha como una vela, está coronada por una cabellera pelirroja como el azafrán.

De la cámara de gas le salvó su determinación de estar delgada, de "aguantar un poco más" y que mintió sobre su edad cuando llegó al campo, donde los menores de edad eran sistemáticamente asesinados.

Por eso nunca quiso tener hijos, "para que no sufrieran las consecuencias de todo aquello".

"Intentaba -rememora- resistir por todos los medios para no ir a la cámara de gas. Muy rápido me di cuenta de lo que pasaba allí: lo sabíamos, lo veíamos, lo olíamos, se olía a kilómetros a la redonda" el olor de los cadáveres quemados.

"Vi llegar a 480.000 judíos húngaros en varias semanas, de los que quedaron apenas 20.000 para trabajar. Los otros fueron enviados al gas. Yo misma cabe zanjas para quemarlos", continúa.

Y es que "en el infierno uno se ensucia las manos", reflexiona Loridan-Ivens, pero matiza que incluso allí, aunque pocos, había también destellos de "humanidad", de "solidaridad".

Su libro "no cura las horrorosas heridas". Es, además de una carta de amor a su padre, una llamada de atención de una de las últimas supervivientes de "lo impensable" que deplora que "no se han secado todas las lecciones de aquello".

Está preocupada por el "antisemitismo presente aún en Europa" y por el auge del islamismo en el viejo continente, donde en línea con las novelas de Michel Houellebecq ('Sumisión') y Boualem Sansal ('2084'), piensa que es "muy inquietante" y que está "en el orden de lo posible sino estamos vigilantes" que llegue al poder.



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