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CULTURA

Allende: "Hoy los jóvenes llegan a los 30 años y son unos adolescentes"

  • La escritora, que ha vendido 65 millones de ejemplares de sus libros, se encuentra en España para promocionar su última novela, ‘El amante japonés’

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14/10/2015 a las 06:00
  • COLPISA
Deplora que los jóvenes lleguen a los treinta años siendo todavía unos adolescentes que arriesgan poco en las relaciones de pareja

A sus 73 años, Isabel Allende cree que en su vida hay todavía espacio para el amor. Separada hará medio año de su segundo marido, el abogado William Gordon, la escritora sufrió de forma traumática la ruptura, acontecida después de 27 años de vida en común. Pero este contratiempo no ha hecho de ella una amargada y está abierta a una relación. De hecho cree que la vejez es un tiempo estupendo para «hacer lo que uno le place».

En Estados Unidos -ella vive en San Francisco-, la generación del ‘baby boom’, que ahora supera como ella los setenta años, ha ensanchado los límites de la juventud reivindicando que se puede disfrutar y mucho en la senectud. Eso sí, la novelista no comprende esa manía por querer vivir una especie de minoría de edad perpetua. «Vivimos en una sociedad orientada a la juventud, la belleza y el éxito y, quien no entra ahí, está desplazado. La adoración de la juventud es desproporcionada. Hoy los jóvenes llegan a los 30 años siendo unos adolescentes».

La escritora, que ha vendido 65 millones de ejemplares de sus libros, se encuentra en España para promocionar su última novela, ‘El amante japonés’ (Plaza y Janés), una obra que habla del amor-pasión, del dolor y la eutanasia. «No sé si la pasión es más fuerte cuando una está más cerca de la muerte, pero creo que la necesidad de intimidad y de compartir la vida con otro es muy grande en cualquier edad, y en la vejez es mayor incluso porque se cuenta con menos apoyos».

No deja de ser sorprendente, piensa, que sea precisamente la gente joven la que más prudente se muestra a la hora de encarar las relaciones de pareja. «Ahora los más cautelosos son los jóvenes; no están dispuestos como nosotros a asumir riesgos». De hacer caso a Allende las arrugas no atemperan las pasiones. Ella lo sabe mejor que nadie, porque desde su divorcio el deseo de vivir una pasión no se ha extinguido. «Ahora que estoy sola, sin marido, estoy abierta a los candidatos que pueda haber, porque tengo necesidad de pasión y de amor como cualquier otra persona. Los años no me pesan». «El gran tabú, del que no se habla, es que, a partir de cierta edad, el 60% de los hombres son impotentes».

La creadora de ‘La casa de los espíritus’ vive ahora en un lugar mucho más modesto y tiene como vecina a una mujer de 87 años que se ha echado un novio 14 años menor que ella. La anciana vive ese noviazgo con todas las consecuencias que entraña la palabra, ya que el sexo no falta. Algo parecido ocurre en su novela, que cuenta la historia de una mujer que recupera un amor de juventud, un jardinero japonés. La espoleta que activó su imaginación surgió cuando, paseando con una amiga por Nueva York, le contó que su madre, de edad provecta, estaba otra vez enamorada.

Advierte que el libro no tiene nada que ver ‘Hiroshima mon amour’, la historia que escribió Margarite Duras y que llevó al cine Alain Resnais, una película que conmocionó el cine de la segunda mitad del siglo XX y que cuenta la historia de amor entre una francesa y un japonés en la ciudad arrasada por la bomba atómica. «El título de ‘El jardinero japonés’ procede de esa conversación con mi amiga, pero yo nunca he tenido un amante japonés. Ignoro cómo son los amantes japoneses, quizás pésimos. Pero si mi amiga me hubiera hablado de alguien de Nairobi, pues seguramente habría sido de allí, no tengo fijación», dijo riéndose.

Desde ‘La casa de las espíritus’, novela con la que debutó Isabel Allende, un relato hijo del realismo mágico, ha pasado muchos años. La escritora ha abandonado la exuberancia verbal de sus comienzos, entre otras porque cada libro exige su estilo. Ahora su prosa se ha despojado de hojarasca y evita la frase rebuscada. «La tecnología también ha influido, dado que los lectores modernos han cambiado y son más impacientes».

La escritora es partidaria de la eutanasia, un asunto que aborda en la novela. Ya ha suscrito un testamento vital en que da instrucciones sobre cómo quiere morir. No cree que la práctica sea una ayuda al suicidio. «Espero que cuando me toque a mí la eutanasia sea legal», sostiene la novelista, para quien el procedimiento no tiene nada de eugenésico. «La eutanasia no es fomentar el suicidio ni matar a la gente porque sea vieja», apostilla.



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