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CULTURA

Gilles Legardinier, el triunfo de la sencillez

  • Sus novelas son inyecciones de vitalidad que reconcilian al lector con el género humano y anclan la sonrisa en su rostro

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05/10/2015 a las 06:00
  • COLPISA
A las tres de la mañana Gilles Legardinier (París, 1965) comienza su jornada de escritor. Cuatro horas después desayuna con su mujer y sus hijos y el resto del día es el hombre del cine que siempre ha sido: pirotécnico, director de documentales y anuncios, guionista, músico, responsable comunicación… Un oficio «al que no pienso renunciar». De esas madrugadas han surgido novelas como ‘Días de perros’ (Planeta), que llega ahora al lector español. Es un canto a la esperanza, al derecho a cambiar de vida y ser feliz del que han disfrutado 800.000 franceses. Aferrado a la sencillez, al humor y a las emociones primordiales, Legardinier es un triunfador que, a codazos con rivales como Marc Levy o Katherine Pancol, ha vendido casi tres millones de libros de títulos como ‘Mañana lo dejo’.

Traducida a una veintena de idiomas, la narrativa del autor mas leído en Francia el año pasado está en las antípodas de la severidad y la pompa de algunas de las novelas que ganan el Goncourt, el gran premio literario francés. «Ni me interesa, ni lo necesito. Vendo mucho más que sus ganadores y mi mundo emocional es otro» dice sin un ápice de soberbia en el parisino café Les Éditeurs, epicentro del mundillo editorial. «Prefiero a la gente sencilla con corazón que a los intelectualoides que no tienen nada salvo su ego desmesurado», aclara.

Sus novelas son inyecciones de vitalidad que reconcilian al lector con el género humano y anclan la sonrisa en su rostro. En ‘Días de perros’ el millonario británico Andrew Blake, viudo, triste y harto de su vida, decide cambiar de horizontes e identidad. Se convertirá en mayordomo de una aislada y noble casa francesa venida a menos y compartirá afanes y desventuras y con un desconcertante zoo humano, siempre bajo la atenta mirada de un intrigante gato llamado Méphisto.

Unos personajes de un extravagante encanto «todos con la brújula averiada, todos perdidos» según su creador. «A menudo la respuesta a problemas que creemos insolubles está en el sitio más inesperado. Se solucionan mediante el cambio y cuando otra persona te abre los ojos», plantea. Es lo que le pasa al millonario mayordomo «que respira de nuevo y hace que los demás vean lo que no querían ver».

No cree Legardinier una temeridad ser optimista con la que está cayendo. «En los momentos más difíciles de mi vida y siempre hubo alguien que me aportó esperanza. La vida es dura para todos, pero hay que tener ganas de salir adelante. Sé que soy un tipo con suerte, pero también sé que hay que abrir la puerta a la felicidad y estar muy atento para que no pase de largo». «Voltaire constató que ser feliz es bueno para la salud y yo agrego que la felicidad es una cuestión de actitud. Habrá quien esté siempre deprimido pase lo que pase, pro si tu entorno es feliz esa felicidad se contagia», plantea.

HUMOR HUMANO

Encantado de que sus ficciones hagan carcajearse a un coreano, a un francés o un español admite Legardnier que «el humor es lo que nos diferencia de los animales y nos hace verdaderamente humanos». «Nos permite sobrevivir y es mucho más universal de lo que sospechamos», asegura. Como su protagonista «busca ese lado divertido que siempre hay detrás de las cosas más terribles». «Enseño a mis hijos a no fiarse de la gente sin sentido del humor. Les digo que quienes carecen de él suelen ser unos imbéciles y que tenerlo denota siempre cierta inteligencia».

Para Legardinier «escribir es como enamorarte; sólo sale bien si te dejas llevar, cuando algo te supera y te arrastra». «Si te metes en esto para ser rico y célebre no tiene sentido. La sinceridad, lo auténtico, es lo único que puede dotar de dimensión universal a la pintura, a la música y literatura», sostiene.

«No me gusta lo amargo ni en la vida ni en la mesa. La comedia va con mi naturaleza con mi jovial forma de ser y es la mejor manera de transmitir reflexiones profundas» dice explicando como pasó del thriller a la comedia sin traumas. Describe como «fábulas» unas novelas que factura «sin recetas» y que «surgen siempre de una emoción». En este caso «de la esperanza en devolver a la gente las ganas de vivir».

«Del montaje de cine aprendí a discernir lo importante a quitar lo superfluo y a mantener lo esencial, a ir al grano», explica. De ahí que prime el diálogo, no pierda una línea en descripciones y huya de la pompa como de la peste. «En Francia se nos educa bajo el peso de una literatura muy poderosa ¿Quién se atreve luego a ser escritor bajo la sombra de Racine o de de Proust?» se pregunta este autor de prosa limpia, directa y sencilla a quien será difícil ver en el palmarés del Goncourt.

«Escribo historias de amor porque es lo más fuerte que nos pasa en la vida» dice aclarando que seguirá con el thriller, el teatro o la narración juvenil, y que tiene una novela de ciencia ficción. «No todos los días comemos lo mismo ni nos vestimos igual» se justifica. «Prefiero las curvas a las esquinas, y si cambio lo hago poco a poco. Escucho mucho y tengo cierta capacidad de ver venir las cosas», aclara.

Joseph L. Mankiewicz es el «dios cinematográfico» de Le Gardinier, que confiesa leer únicamente lo que le aconseja su señora. «Ella lee dos o tres libros por semana. Me recomienda lo indispensable y le hago caso con un par de títulos al año». «Sí leo para documentarme sobre películas, cosas históricas y a veces me he saltado el libro del año recomendado por mi mujer», dice risueño. Antes que en la critica cree en prescripción afectiva, «cuando alguien te tiende un libro y te dice léelo con el brillo en los ojos». Su abuela le descubrió ‘El Conde de Montecristo’, su padre a Juilio Verne y los maestros a Racine o Molière.

Una jocosa obsesión por los gatos le ha llevado a poner felinos en las portadas de todos sus libros. El editor de ‘Mañana lo dejo’ me propuso una cubierta con una chica guapa y me negué. Poner cara la protagonista le corresponde al lector. Opté por un gato con un gorro peruano sobre un fondo chillón y fluorescente y dimos en la diana. La gente no sabia quién era el autor, pero pedía la novela del gato con el color flúor, así que convertí al gato en marca de la casa», concluye.



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