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Literatura

Gabriela Ybarra: "No necesito que nadie me pida perdón"

  • La escritora publica 'El comensal', una emotiva crónica de ausencias sobre el asesinato de su abuelo, Javier de Ybarra, a manos de ETA y la muerte de su madre

Gabriela Ybarra:

Gabriela Ybarra: "No necesito que nadie me pida perdón"

Imagen de archivo del empresario Javier de Ybarra.

DN (ARCHIVO)
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06/09/2015 a las 06:00
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  • COLPISA. MADRID
"Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí". Así comienza 'El comensal' (Caballo de Troya), primera novela de Gabriela Ybarra (Bilbao,1983). Es una conmovedora y emotiva crónica de dos ausencias que son dos poderosas presencias. Tras la muerte de su madre, Ernestina Pasch, víctima de un agresivo cáncer en septiembre de 2011, evoca el brutal asesinato de su abuelo, el empresario Javier de Ybarra, a manos de ETA en 1977. Presidente de 'El Correo Español-El Pueblo Vasco' de la Diputación de Vizcaya y alcalde Bilbao, ETA lo consideraba "el referente intelectual de Neguri".

La muerte de su madre ¿la llevó a profundizar en la de su abuelo?

Cuando su enfermedad entró en fase crítica, el engranaje familiar empezó a fallar. Los roles ya no servían y mi padre, mis hermanas y yo improvisamos nuevas fórmulas de relación. Reflexioné sobre mi identidad. Mi padre buscó recursos en el pasado, habló de la muerte de mi abuelo y despertó mi interés. Hasta entonces yo había vivido de espaldas a su asesinato.

Sin disfrazar lo autobiográfico, no esconde que la memoria tiene mucho de ficción.

Trato sentimientos y conflictos reales, pero los hechos que describo no lo son. La primera parte pertenece a una época que no viví, y mezclo noticias de prensa con escenas imaginadas con plena libertad. En la segunda la memoria está deformada, seleccionada. La vida real a menudo es inverosímil, con partes tediosas o que no apetece contar.

Imaginar, dice, es a veces la única opción para intentar comprender. ¿Por qué?

Para comprender hay que ponerse en el lugar del otro, y exige imaginación. Aplico a conflictos de mi vida las técnicas de la novela. Imagino situaciones e intento crear personajes creíbles.

Nos educan como si la muerte no existiera. ¿Es necesario hacerla visible para asumirla?

Hablé mucho sobre la muerte con mi madre. No ocultar el desenlace nos ayudó a afrontarlo con menos dramatismo. Sin vivir la muerte de mi abuelo, saber cómo fue asesinado me ayudó a comprender mejor quién soy, cuál es mi herencia y qué quiero hacer con ella.

¿Por qué necesitó volver al alto de Barazar, donde apareció el cadáver de su abuelo?

Para comprobar que era real lo que leí en los periódicos. Los ritos son importantes para asimilar las pérdidas.

¿Somos retazos de los seres que quisimos? ¿Eso es lo que explica 'El comensal'?

Sí. Y la importancia de acomodar esa herencia emocional para construir tu identidad.

¿Ha sido balsámico reconstruir el secuestro y asesinato de su abuelo? ¿Escribir cura?

He encontrado un sentido personal a mi historia familiar. Escribir ha sido reparador pero poco placentero. Exigía analizar mi pasado con mucha crudeza, asumir como reales episodios muy duros y cuestionar mis creencias.

Supo del asesinato de su abuelo por una vecina y tras muchas versiones 'fantaseadas'. ¿Entiende que sus padres querían protegerla al no decírselo?

Sí. Ninguna de las alternativas que tenían era buena. Gracias a su decisión tuve una infancia feliz. Sabía que ETA existía y que era algo malo, pero pensaba poco en ello. No había nacido cuando lo mataron y su terrible muerte era casi una ficción para mí, una historia más entre las muchas que me contaban.

ETA lo mató tres días antes de las primeras elecciones y mes y medio después de que muriera su madre la banda cesó la actividad armada. ¿Esas circunstancias hacen sus muertes más dolorosas?

El asesinato de mi abuelo es igual de injustificable y doloroso con independencia de la fecha. La segunda es una buena noticia, pero no mermó un ápice mi pena por la muerte de mi madre. Que coincidiera con el final de la actividad armada de ETA fue importante para que mi padre hallara su nuevo lugar con mayor libertad.

Cuando matan a su abuelo nadie se moviliza. "Algo habría hecho", se llega a decir.

Con mi abuelo secuestrado, mi padre se vio atrapado con el coche en un paso a nivel en Algorta, ante una manifestación con pancartas a favor de que asesinaran a mi abuelo.

El odio es un sentimiento muy destructivo, ¿cómo gestionarlo?

Me encantaría tener una respuesta. Me lo pregunto muchas veces y siempre acabo en vía muerta. La literatura es una buena herramienta para comprender a los demás y profundizar en lo que nos pasa. Ojalá más novelas analicen lo que se ha vivido en el País Vasco desde otros ángulos, aunque no sea un camino muy eficaz contra el odio. Cada lector interpreta las historias según su visión y es difícil que una novela cambie radicalmente la forma de pensar de alguien.

¿El pudor es más difícil de vencer que el rencor?

No soy rencorosa. Odiar me da muchísima pereza y hasta ahora ha sido un sentimiento poco problemático. Vencí al pudor al sentir que lo que contaba era importante. "Mi conciencia estaba más tranquila cuando imaginaba que eran locos o que no eran personas. Marcianos. Ficción. Asumir su humanidad significa reconocer que yo también podría hacer algo así", escribe.

¿Pedir perdón a sus víctimas humanizaría a los asesinos?

No necesito que nadie me pida perdón, pero es algo muy personal. Durante mucho tiempo viví las amenazas de ETA como una ficción. En el barrio de mi infancia, el acoso terrorista adoptaba formas misteriosas: pintadas que aparecían en una pared, hombres que nos espiaban en la noche. Pero mi padre estuvo años amenazado. Recibió un paquete bomba que por suerte no estalló.

Convence a Kepa, un compañero de clase con amigos y familia encarcelados, de que debían seguir hablando, que no hacerlo es una tontería. ¿Aún piensa lo mismo?

Kepa -nombre ficticio- quisiera hablar conmigo, aceptaría la charla. Lo recordé mientras escribía. Imagino que tendrá una herencia familiar complicada. Encontré fotos suyas abrazado a dos chicos del 'comando Vizcaya'. Uno tenía un hermano importante en ETA que puso bombas. Confirmar lo que intuía fue un shock. Pensar que los etarras que quisieron matar a mi padre eran chicos con los que podría llegar a compartir amistad me rompió los esquemas.




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