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música

Cincuenta años reventando estadios

Los Beatles alteraron la industria musical con una actuación en el neoyorquino Shea Stadium

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14/08/2015 a las 06:00
  • colpisa. madrid
Mediaba la década de los cincuenta cuando Elvis Presley revolucionaba las ondas a ritmo de rock n'roll. Estados Unidos lidiaba con el 'mccarthysmo' y trataba de restañar las heridas de la guerra de Corea. De pronto irrumpía ese joven con aspecto de no haber roto un plato en su vida y flequillo que desafiaba las leyes de la gravedad para volver locas a las féminas a golpe de su pelvis. Aparecía un nuevo género musical destinado a reinar en las décadas venideras. Sus puntales se adueñarían inmediatamente de bares y clubes de todo el mundo. Pero aún quedaba una nueva frontera por conquistar.

Carismáticas y desafiantes, las nuevas estrellas estaban hechas para las masas. Como los leones, precisaban de vastos espacios para operar. Poco tardaron en hallarlos. Los pioneros, como en tantas otras cosas, serían los Beatles, quienes el 15 de agosto de 1965 desembarcaban en el Shea Stadium, cuna de los New York Mets, para alterar para siempre las reglas de la industria. Más de 55.000 espectadores abarrotaban el recinto beisbolero cuando los 'Fab Four' saltaron al escenario para desgranar doce temas de su célebre repertorio. 'Twist and shout' o 'Can't buy me love' habían sonado mucho mejor en otras plazas. De hecho, apenas si se escucharon sus acordes, apagados por el griterío ensordecedor de los fans. Poco importaba, había nacido el rock de estadio y nada volvería a ser lo mismo.

Cinco décadas después, mucho ha llovido. Baste citar el precio que pagaron los asistentes al concierto para darse cuenta de cómo han cambiado los tiempos. Apenas cinco dólares costaba el acceso a un campo que fue demolido en 2008 para dejar paso al moderno Citi Field. Hoy en día para escuchar en directo a los grandes se desembolsan cifras que rondan los tres dígitos. Y las pocas veces que se muestran solidarios, la respuesta es apoteósica, como pudo comprobar Bon Jovi hace un par de años en el Vicente Calderón, con tickets que iban de los 18 a los 39 euros. Los avances tecnológicos permiten ahora sortear casi cualquier dificultad y U2 o Muse pueden irrumpir en el escenario sin temor a que la histeria de los fans ahogue las voces de sus 'frontmen'. Pero lo que permanece inmutable es la magia desencadenada por el encuentro entre los popes y sus incondicionales. Un hechizo que ha deparado vivencias imborrables y que ha servido para engrandecer la leyenda de un puñado de grupos y artistas.

Led Zeppelin, Queen o los Rolling Stones se contarían entre los primeros en aprovechar con singular destreza los nuevos horizontes abiertos. La energía desplegada por sus componentes se combinaba con una cuidadosa puesta en escena para alcanzar el clímax cuando el público coreaba los estribillos de sus canciones más populares, temas como el 'Black dog' del cuarteto fundado por Jimmy Page, el 'Satisfaction' de Mick Jagger y compañía y, sobre todo, el 'We are the champions' entonado por Freddie Mercury y que hoy sigue resonando cada vez que un equipo se entroniza como rey del fútbol europeo. Kiss o Metallica también cimentarían buena parte de su prestigio al albur de las gradas, con noches frenéticas regadas con alcohol y bañadas a base de efectos especiales. Por no hablar de los Red Hot Chili Peppers, Guns n' Roses o AC/DC, que siguen arrasando campos al son de 'Give it away', 'Sweet child o'mine' o 'Highway to hell'.

Los ochenta testimoniarían la irrupción de otro puñado de revienta-estadios. Dos de ellos llegarían de Nueva Jersey, la ciudad vecina de esa Nueva York en la que había nacido el 'monstruo' de la mano de los Beatles. Por un lado estaban los componentes de Bon Jovi, con sus melenas leoninas y ajustadas ropas de cuero que no les impedían saltar al ritmo de 'Livin' on a prayer' o 'Let it rock', más idóneas para enfebrecer al respetable que las contenidas 'Never say goodbye' o 'I'll be there for you'. Por otro, Bruce Springsteen, que se ganó el título de 'Boss' rasgando la guitarra ante la estupefacta mirada de un público rendido a la maestría de 'Born in the USA', 'No surrender' o 'Dancing in the dark'. Y procedentes de las costas irlandesas arribarían los integrantes de U2 para desatar la locura con las melodías de 'Where the streets have no name' o 'Sunday Bloody Sunday', entre otras.

Viejos rockeros con alguna que otra vida aún por delante a los que se sumarían, ya con el cambio de siglo, bandas como Coldplay o Muse, cuyos 'Viva la vida' y 'Knights of Cydonia', respectivamente, siguen alimentando la adicción del público a los estadios cada vez que pisan uno de estos recintos. Una dependencia que resiste impertérrita las acometidas del mundo digital que han hecho tambalearse a la industria. Mientras las ventas físicas siguen en caída libre y la piratería diezma los ingresos por las escuchas 'on-line', los conciertos se han convertido en el paraíso de los músicos, demostrando que el romance entre el rock y los estadios sigue tan vivo como cuando Ed Sullivan dio paso a John, Paul, Ringo y George un día de agosto de hace ahora 50 años. Y por muchos años.



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