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Arte

La presente edición de la Bienal, con mucha protesta

  • La gran exposición de arte de Venecia tiene este año un carácter marcadamente político

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15/05/2015 a las 06:00
  • Colpisa. Venecia
En la Bienal de Venecia siempre es misión imposible aglutinar cientos de obras bajo una idea o visión común, pero esa es precisamente la tarea suicida del director de cada año, y para eso le pagan. Generalmente, se opta por lemas tan vagos y grandilocuentes que cabe de todo. El de la 56 edición, inaugurada esta semana y que durará hasta el 22 de noviembre, es una cosa tan etérea como 'Todos los futuros del mundo', pero su responsable, el nigeriano Okwui Enwezor, primer africano elegido para este puesto en 120 años de historia, explicó claramente lo que quiere y lo ha seleccionado cuidadosamente. Y lo que quería era una Bienal muy política. Todas lo son, a su manera, pero esta es políticamente muy explícita y de izquierdas, contestataria con el poder y antisistema. Lo que se dice neoliberal no es. Como declaración de principios, el centro del pabellón principal de los Jardines es un auditorio donde se va a leer durante seis meses 'El capital', de Marx, y obras alusivas. Y la gran muestra del Arsenal es otro paseo comprometido.

En el edificio de los Jardines la entrada está jalonada por unos grandes jirones negros del colombiano Murillo, y recibe al visitante el muro de maletas de Fabio Mauri, una obra de 1993, porque en busca del mensaje Enzewor se ha ido a pescar también en los archivos, no solo en la actualidad. Por ejemplo, hay una sala de fotos de Walker Evans, con los rostros famélicos de la América de la Gran Depresión, en contraste con gélidas maquetas de edificios de vanguardia de Isa Genzken. Hay otros autores consagrados colocados aquí y allá por Enzewor, como referencias personales: Bruce Nauman, el cineasta alemán Alexander Kluge o la pintora sudafricana Marlene Dumas, y Boltanski, Baselitz o Robert Smithson.

DENUNCIAS 

La denuncia del drama de la inmigración se mueve por la laguna con un barco gigante de papel de periódico del brasileño Vik Muniz, en el que se ven los titulares del gran naufragio de Lampedusa de 2013. Igual de explícita es la instalación de la rusa Gluklya, un vestuario de ropas para manifestarse contra Putin, o los cuadros de colores de la vietnamita Tiffany Chung que en realidad son mapas sobre la guerra de Siria. O Barthélémy Toguo, que reproduce lemas de movilizaciones de todo el mundo, de 'Ferguson is everywhere' a 'No hay pan para tanto chorizo'. O los cien dibujos a lápiz del argentino Rirkrit Tiravanija que representan protestas de decenas de países. El visitante es invitado incluso a expresarse políticamente en una de las encuestas de Hans Haacke, otro veterano, que lo hace desde los setenta en los museos: en un ordenador se contestan preguntas sobre la política de Estados Unidos, de Rusia, de Israel o sobre el medio ambiente y se van viendo los resultados en pantallas. Por ejemplo, solo el nueve por ciento de los visitantes de la Biennale, hasta ahora, está a favor de la austeridad en la UE.

Es una muestra realmente global. Artistas de Argelia, Túnez, Malawi, Sierra Leona, Irak, Turquía, Pakistán o Bahamas. Es sintomático que hay pocos chinos, frente a las oleadas de las últimas ediciones, cuando China parecía que se iba a comer el mundo. Es muy significativo el contraste entre los autores chinos en la muestra, muy críticos y sombríos, y el país de campesinos sonrientes que propone el pabellón oficial. A años luz de las maquetas macabras y las películas apocalípticas de Cao Fei o los dos enormes dragones de materiales de basura de Xu Bing.

PREDOMINA EL CABREO

¿Todo esto es bello? No mucho, la verdad, y tampoco conmovedor, salvo excepciones. Algunas obras pueden ser potentes o desasosegantes, pero predomina el cabreo y la seriedad, con bastante poca ironía, un detalle interesante. Y, en contra del lema de esta edición, no se ve mucho futuro. Una de las salas más logradas y sugestivas, en su sencillez y por ser un destello de humanidad, es la de Chris Marker, que tampoco es nuevo con su obra 'Passengers', de 2011: 134 fotos de pasajeros de metro, de muchas razas distintas, pero todos cansados, abatidos o tristes.

La dureza del mundo laboral está retratada por Antje Ehmann y Harun Farocki en 450 cortometrajes de trabajadores de todo el mundo, desde una línea caliente latinoamericana a un estudio de televisión europeo. El nipón Tettsuya Ishida pinta de forma angustiosa la alienación del trabajo y el sistema en el Japón de los noventa. El keniata Wangechi Mutu se preocupa especialmente de la explotación de la mujer. Deller reproduce en un 'juke box' ruidos de fábricas que acompañan la visión de fotos de obreras de Gales de 1865. Y sobre lo que pasa ahora mismo e incluso dentro del mundo del arte un colectivo de artistas llamado Gulf Labor Coalition denuncia las condiciones de los trabajadores que están construyendo el nuevo museo Guggenheim de Abu Dhabi.

Entre los 89 pabellones nacionales se ha llevado el León de Oro el de Armenia, que está alejado, en el convento armenio de la isla de San Lázaro, y dedicado al aniversario del genocidio en Turquía. Entre los demás tiene su punto el de Canadá, una reproducción exacta de un pequeño supermercado de barrio donde según se avanza se entra en un estado de confusión porque los productos se ven cada vez más borrosos.

Luego está el pabellón de España. Como casi siempre, entras, sales y a ver si hay más suerte el año que viene. En general, pintura muy poquita. Una notable presencia de dibujos y fotos. Muchísimos vídeos y proyecciones en salas oscuras, peligrosísimas para la modorra. Esto, unido a declamaciones, conciertos y performances -bastantes en comparación con anteriores ediciones-, además de mucha lectura, obliga a una visita muy parsimoniosa. Sin contar los cientos de muestras repartidas por la ciudad. Y lo malo es que en Venecia el tiempo es dinero, porque hay que dormir y comer allí. En este sentido la Bienal podría quedarse en unos canapés de rebeldía para ricos.



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