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"Hubo gladiadores tan populares como Messi o Cristiano"

  • "Los combates no eran siempre a muerte y las mujeres también peleaban", asegura Sarasso

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09/05/2014 a las 06:00
  • Colpisa. Madrid
Nadie verá gladiadoras en una película de romanos. Pero haberlas, las hubo. "Peleaban entre ellas o contra enanos, que Roma no consideraba seres humanos, en combates tan exóticos como apreciados por el público, y se formaban en escuelas femeninas". Lo explica Simone Sarasso (Novara, 1978) escritor, profesor y guionista que ha encontrado una veta en las novelas de gladiadores. Triunfó con 'Invictus', su primera incursión en el género histórico, y un exitazo que quiere repetir con 'Colosseum. Sangre en la arena' (Planeta).

Es una recreación "con más emociones que datos pero mucho rigor" de la edad dorada de los gladiadores en los que rescata las figuras míticas de Vero y Prisco, obligados a enfrentarse en el año a ochenta de nuestra era en la apertura del imponente Coliseo romano alzado por Tito "como símbolo de su enorme poder y para explotar la política de pan y circo".

"Vero y Prisco fueron dos de los más famosos gladiadores y tenemos noticia suya gracia a Marcial, acaso el primer cronista deportivo de la historia, que en 'De Spectaculis' habla de ellos, y es quien nos ha legado mejores testimonios sobre los combates que movilizaban masas" explica Sarasso. "La fama de algunos grandes gladiadores de aquella época dorada sería pareja a las de astros del fútbol actual como Cristiano Ronaldo o Messi" agrega.

"El más popular fue Tigris, 'El tigre', un luchador invencible que levantaba pasiones entre las mujeres". Tan es así, que "en Roma ya existía lo que hoy conocemos como 'merchandising' en torno a estos luchadores". "Los vestigios nos demuestran que era posible adquirir tazas de terracota con el nombre de los mejores, que se imprimían papiros publicitarios equivalentes a los cromos y que eran patrocinados e imagen de marca, como hoy. Hay grafitis en los un panadero utiliza nombre de gladiadores para promocionar su negocio".

PATRAÑAS

Ha investigado Sarasso durante años y es muy consciente de las patrañas que ha consagrado el cine en torno a los combates de gladiadores. Para empezar "no todas la luchas eran a vida o muerte", de modo que ese lema de "triunfar o morir" no era tan literal. "Es una falsedad. La mayor parte de los combates no eran letales. Hubiera sido un pésimo negocio para los 'lanistas', los propietarios de los esclavos-gladiadores, y para los emperadores".

El cine ha consagrado "otra falsedad", ese estremecedor gesto del emperador con el pulgar apuntando hacia el cielo para perdonar la vida y hacia el suelo para condenar a muerte. "En verdad colocaban el pulgar en horizontal, paralelo al suelo, pero la pintura romántica y Delacroix, a quien no debió gustar ese gesto de autoestopista, consagraron ese gesto erróneo que tantas veces hemos visto en el cine, que ha hecho muchas tropelías con los gladiadores" dice Sarasso.

Sobre la arena del Coliseo "murieron muchos más reos que gladiadores". En los prolegómenos y los descansos para comer de cada torneo se celebraban ajusticiamientos masivos a manos de los propios gladiadores. "En las vísperas se hacían razias por Roma para detener a los ejecutables y ofrecer un gran espectáculo de muerte, de modo que la sangre de estos ajusticiados sí corrió a borboteos sobre la arena, más que la de los gladiadores" precisa el escritor.

En un tiempo en que la esperanza de vida apenas superaba los 25 años, lo normal es que un gladiador estuviera en plenitud antes de la veintena. "La media era de quince torneos en toda la vida del gladiador; el que los superaba era ya un viejo y podía acceder a la categoría de maestro de armas que en algunos alcanzaron los cuarenta años". Solo en Roma había un centenar de 'ludus', escuelas de gladiadores, e infinitud en la provincias. "Cada una tenía sesenta gladiadores y era raro que una escuela perdiera más de dos o tres luchadores al año. Eso da una idea, pero es imposible saber cuántos murieron en la arena Coliseo".

La lucha era una tradición ancestral en todos los confines del imperio "primero como homenaje y celebración de fastos o funerales de próceres desde el siglo IV antes de Cristo". Se vio que la gente acudía más por la lucha que el homenaje al difunto y la lucha se expandió convertida "primeo en un industria clandestina y luego reglada, como un arma política y de control cuando lo emperadores comprendieron el poder de ofrecer al pueblo pan y circo". "Tito logró reunir a más de 50.000 personas en el imponente Coliseo, en unos en espectáculos siempre gratuitos. El pagaba los sueldos de los profesores y los gladiadores pero sabían que era más que rentable". "Con el pueblo distraído es más fácil gobernar. Aún hoy en Italia las leyes más impopulares se aprueban en agosto o durante los mundiales de fútbol" asegura un risueño Sarasso.

La novela arranca en el año 80, en el apogeo de los gladiadores. Es el primer día de los juegos inaugurales del Anfiteatro Flavio, el primero de cien. La más exquisita aristocracia y el populacho enardecido abarrotan las gradas. Tito disfruta de su obra maestra "un gigante de mármol y piedra que desafía al cielo y un legado para la gloria de Roma".

En el umbral de la pista de lo que las futuras generaciones llamarán Coliseo, hay un gladiador roto y a punto para matar. "Le han preparado para su destino que tendrá que luchar para romper su pacto con la muerte, después de años de entrenamiento y tras superar el proceso para convertirse en gladiador; pero será un enfrentamiento a vida o muerte con su propio hermano".

Sarasso ha publicado cuentos, novela gráfica, y negra antes de consagrarse con la histórica situada en especial en el Imperio Romano. Es también guionista de cine y televisión y profesor de escritura creativa en Milán. Con 'Invictus' se colocó en la lista de libros más vendidos de Italia, con seis ediciones en un mes y 'Coloossem' se publica ahora en media docena de países.



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