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La pasión y los crímenes en la Viena de Gustav Klimt

  • Carla Montero desentraña en 'La piel dorada' el oscuro mundo de las modelos

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12/04/2014 a las 06:00
  • colpisa. viena
El fulgor intelectual y el oprobio criminal convivían hace poco más de un siglo en Viena. En la elegante capital austriaca en la que Freud articulaba el psicoanálisis, Schönberg la música dodecafónica, Otto Wagner racionalizaba la arquitectura y el modernismo y Klimt y la Secession daban la vuelta al guante de la pintura, se daba la mayor concentración de burdeles y asesinos de Europa. Se sucedían crímenes horrísonos que dejaban en nada los de Jack el Destripador. Entre la sensualidad y el boato de la ópera yla filarmónica, los valses, polkas y lejanos ecos de Sissi y su decadente impero, y la sordidez de los más brutales asesinatos y las salas de autopsias se mueve 'La piel dorada' (Plaza & Janés). Es la tercera novela de Carla Montero (Madrid, 1973), que tras la 'Tabla esmeralda' vuelve a tirar del hilo del arte para desentraña un mudo desconocido y fascinante, el de las modelos de los grandes pintores sin las que el arte de Klimt, Egon Schiele y tantos otros genios - "que las usaron y despreciaron"- no hubiera alcanzado escala universal.

"Fueron mucho más que maltratadas. Eran despreciadas y utilizadas como meros objetos para su inspiración, como una herramienta más, y hasta como juguetes sexuales" explica Montero ante el edificio de la Mariahilfer Strasse donde estuvo el taller de Emilie Flöge, la diseñadora y amante 'oficial' de Gustav Klimt, un genio de la pintura "pero un ser abominable en el trato con las infinitud de mujeres a la que pintó". "Se acostaba con todas y las embarazaba para abandonarlas a su suerte con unos hijos que no reconocía" explica la escritora en un recorrido por los escenarios vieneses donde transcurre esta novela cuyos pilares son "la intriga criminal y la pasión".

"No es una novela negra. Eso no es lo mío" aclara Montero ante deliciosas porciones de tarta Sacher y Apfelstrudel en el centenario café Landtmann. Se ha inspirado en Klimt para crear al personaje de Aldous Lupu, un pivote de esta historia truculenta y esperanzada que derriba clichés. Discurre entre la pompa de los salones de la decadente aristocracia vienesa, el foyer y las bambalinas de la Staatsoper y la Musikverein, los estudios de los pintores y los depravados tugurios donde la sífilis y demás males venéreos se agazapan entre cuerpos sudorosos, vaharadas de alcohol y un humo denso y pegajoso como la pez.

Todo se disparó en la cabeza de la autora en una fugaz visita al museo del Prado. Cedido por el moscovita museo Pushkin exhibía 'La acróbata de la bola', joya de la picassiana época azul pintado en 1905. "¿Quién era la joven equilibrista? ¿Por qué se acercó a Picasso? ¿La escogió él? ¿Cuántas cómo ellas hubo en París y la Viena que estrenaban el siglo XX?" Las preguntas y sus pesquisas condujeron a Montero a la ciudad del Danubio, los bosques y el Prater. La pujante Viena de Sigmund Freud, Arthur Schnitlzer, Otto Wagner, Richard Strauss, Gustav Mahler y la seductora Alma que atrajo a las mentes más privilegiadas de su tiempo, la torturada familia Wittgenstein y un sinfín de dispares genios como el criminólogo Hans Gross "que se mezclaban en salones y cafés intercambiaba saberes"

TENEBROSA 

"Las modelos se desnudaban ante los pintores en un sociedad tan reprimida como perversa y quise saber si lo hacían por mera supervivencia, por afán de protagonismo o para seducir a los artistas y entrar en su mundo y su cama sin ser tenidas por prostitutas" plantea Montero. Ató cabos ante los inquietantes frescos de Klimt para el 'Friso de Beethoven' en el pabellón de la Secession de Olbrich, en el Belvedere que alberga 'El beso', la sensual e icónica pintura que define una época, junto a las lienzos y dibujos conmovedores y magníficos de Schiele del museo Leopold, en los cafés y cafetines que aun mantienen algo del aquel aire entre lujurioso y canalla, y el Ring, la imponente avenida que, a punto de cumplir 150 años, dio alas y prestancia a la capital imperial. Pero descubrió entre tanto brillo un Viena "tenebrosa y apasionante".

"Desde antes del Renacimiento, las modelos son cruciales para el arte. Que seria de 'El nacimiento de Venus' y todo Botticelli sin Simonetta Vespucci. El 'Almuerzo sobre la hierba' de Manet no seria nada sin Victorine Murent, o la pintura prerrafaelita no existiría sin las modelos". "Pero aún así son seres anónimos y olvidados. Lo poco que sabemos de ellas es a través de terceros, por lo común unos artistas que las querían sumisas y calladas, que las despreciaban intelectualmente, aunque tuvieran la llave de la magia de su lienzos". "Las atacaba por libertinas y amorales una cínica sociedad que trataría de salvarlas, pero nadie les da voz. Ni siquiera ellas mismas, de modo que a novela se la da en alguna medida", concluye Montero.

Con dos millones de habitantes frene a los 1,7 de hoy, Viena era la quinta ciudad del mundo y el epicentro intelectual de la Europa en la que se fraguan rupturas definitivas para el arte, la ciencia, la medicina el pensamiento o la sexualidad. Quedó conmocionada en 1904 por una serie de asesinatos tan cruentos como inexplicables. Todas las víctimas son hermosas y jóvenes modelos de dudosa reputación ligadas a 'La Maison des Manequins', creada por la amante y musa de del afamado pintor Lupu, la enigmática y bellísima Inés sobre la que recaerán todas las sospechas.

Será el detective Kasl Sehlackman quien desentrañe la madeja de odios, pasiones, traiciones y locuras en una historia en la que nada es lo que parece. "Es un pionero de la criminalística, que como tantas cosas, se desarrolló en aquella Viena dual y crepuscular en la que el mayor lujo y convivía con la miseria; una ciudad plagada de criminales en al que la pobreza supera con mucho a la exquisitez, la elegancia y el genio" explica la narradora en el corazón de Viena a las puerta del Albertina, el espectacular museo con una de la mejores colecciones de dibujo del mundo. Su policía tendrá que resolver el caso más escabroso y complejo de su carrera en el que los sospechosos son su gran amigo de la infancia, el decadente y depravado Hugo von Ebenthal y la mujer de la que se han enamorado irremediablemente.

Se mueve por esa tétrica Viena "plagada de zumbados y asesinos que dejan al Destripador a la altura del betún" como se puede constatar en el museo del crimen. "Además del psicoanálisis, en Viena eclosionó también la ciencia forense". "Muchas de las técnica que hoy aplican los CSI se crearon allí gracias al talento de Hans Gross, tenido por el padre de la criminalística y tan brillante en su campo como Freud, Klimt o Wittgenstein en los suyos" explica Montero.



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