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EL ÚLTIMO ENCUENTRO

El escalofrío que Millás sigue sintiendo

  • El escritor valenciano Juan José Millás presentó ayer en el Club de Lectura del periódico su última libro, 'La mujer loca'
  • Habló de lenguaje, de eutanasia, de realidad y de copias. Y de ese nudo en la garganta que no ha terminado de deshacer

Encuentro con Millás

El escrito Juan José Millás se acercó este miércoles al Club de lectura DN de Pamplona para presentar su última novela, 'La mujer loca'.

ALBA ÚRIZ MALÓN
Juan José Millás dijo haberse expuesto "mucho" en 'La mujer loca'. "Pero no me ha importado. Ha sido muy catártica"

El escalofrío que Millás sigue sintiendo

Juan José Millás dijo haberse expuesto "mucho" en 'La mujer loca'. "Pero no me ha importado. Ha sido muy catártica"

JESÚS CASO
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Actualizada 20/06/2014 a las 16:48
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  • LAURA PUY MUGUIRO. PAMPLONA
De vez en cuando, Juan José Millás siente un pequeño escalofrío. Después de tres años, aquello le sigue turbando, y el nudo que se le formó entonces en la garganta no ha terminado de deshacerse. Fue cuando preparó el reportaje sobre la muerte de Carlos Santos, un hombre con un quiste radicular, situado en el interior de la columna vertebral. Era incurable y le iba a postrar en una silla de ruedas, convirtiéndole en dependiente de todo el mundo para manejarse en la vida. Él, Carlos Santos, que vivía solo y no tenía familia. Por eso decidió acudir a una asociación, Derecho a Morir Dignamente (DMD), y pedir que le ayudaran a morir. Y decidió más: que Juan José Millás pasara la víspera con él, en la habitación del hotel de Madrid de la que ya no saldría jamás, para contar sus últimas horas. En el reportaje, publicado en El País, Millás omitió una parte, la que aún le desconcierta de vez en cuando. Ayer la relató en el Club de Lectura de Diario de Navarra.
"Este hombre se suicidó sobre la una del mediodía y los de la DMD dejaron el cuerpo en la habitación del hotel y esperaron hasta la mañana siguiente, a las ocho, para certificar que estaba muerto, para evitar que la camarera que entrara a hacer la cama se llevara el susto. Y en esas horas solamente cuatro o cinco personas en todo el mundo sabíamos que en una habitación de un hotel de Madrid había un cadáver. Todas esas horas sentí la sensación de tener un secreto extraño. Pensaba que seguramente había decenas o cientos de cadáveres en hoteles del mundo que descubrirían al día siguiente, pero que de esa tenía noticia yo y cuatro personas más. Algo me hizo estar en ese secreto, pero no sé qué es, y no he conseguido desarrollarlo ni verbalizarlo".
La muerte, eliminada
Y así transcurrió el encuentro del pasado día 9 de abril, presentado por José Ignacio Roldán (responsable del Club de Lectura), con el escritor, que salpicó de anécdotas varias su charla sobre su último libro, La mujer loca. La novela arranca con un Millás que quiere hacer un reportaje sobre una mujer que quiere quitarse la vida. En ese tiempo descubre a otra que vive en la misma casa, que está loca y que le dice "cosas muy cuerdas", y le habla sobre el lenguaje. El primer Millás se desdobla y el reportaje se termina convirtiendo en novela.
"Quería investigar hasta qué punto no solo no somos dueños de las palabras sino esclavos de ellas, por qué no se habla sobre el lado oscuro del lenguaje. Somos manejados por la lengua", indicó el escritor.
"Siendo el instrumento que más utilizamos, es sobre lo que menos sabemos", apuntó. Por eso dijo sorprenderle tanto fracaso escolar en lengua. "Lo más divertido que hay, lo más nuestro, es el lenguaje. Algo tiene que fallar en la transmisión". A propósito de la muerte que trata en la novela, Millás recordó que "viene de serie con la vida, pero la hemos eliminado de nuestras vidas. Es una aberración porque la vida no se puede entender sin la muerte". Y detalló como hace semanas, en Marruecos, coincidió con un cortejo fúnebre. La realidad se detuvo, porque la gente se paró y quien llevaba sombrero se lo quitó. "Me recordó a mi infancia, a cuando la gente se detenía un momento al paso del coche fúnebre en señal de respeto. Desde la consciencia de la muerte se tiene consciencia de la vida".
Ciertamente, pareció que Millás aprovechara cada tema del que se hablaba en la sala para relatar una anécdota, que en ocasiones, la mayoría, hacía reír al auditorio. Como cuando explicó tener la impresión de que vivimos en un mundo que es copia de otro que hemos olvidado.
Narró entonces cómo del Museo Reina Sofía de Madrid desapareció un verano una escultura en acero de 4 o 5 toneladas de peso y que, pasados años sin saber nada de la obra, el escultor decidió realizar una réplica y regalársela al centro. "El museo emitió un comunicado en el que decía que, si en el futuro aparecía la escultura, sería considerada la copia y que la legítima sería la réplica. Yo me imaginaba el diálogo entre ambas, discutiendo cuál era la bastarda y cuál la legítima, y la diferencia era que la legítima tenía papeles", concluyó, arrancando carcajadas.
Copia o realidad. Como aquel viaje que hizo con su mujer a Cantabria, donde se alojaron en una casa rural, "de esas con encanto, con desayunos de la abuela". Su habitación estaba en la planta baja y daba a un patio interior con un estanque, con nenúfares y todo. Y Millás salía allí todas las mañanas, a pensar.
"Y un día creí ver una pauta: cuando me acercaba y me sentaba, una rana se ponía a cantar, y cuando me marchaba, la rana se callaba. Hasta que descubrí que era una rana mecánica que croaba cada vez que detectaba a alguien. Me dejó muy tocado. ¡Ni casa con encanto, ni magdalena de la abuela, ni nada!".




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