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La joya más preciosa

SOCIO DIRECTOR DE CAPITAL EMOCIONAL

Jesús Gallego, socio director de Capital Emocional

La joya más preciosa

Jesús Gallego, socio director de Capital Emocional.

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Actualizada 30/03/2015 a las 19:00
  • Jesús Gallego
Cuentan que un monje, que caminaba de un lado a otro ayudando y ofreciendo su cuidado a todo aquel que lo necesitara, se encontró una piedra preciosa y la guardó en una bolsa. Un día se encontró con un hombre en su camino y, al abrir su bolsa para compartir con él su alimento, el viajero vio la joya y se la pidió. El monje se la dio sin más. El hombre le dio las gracias y marchó lleno de gozo con aquel regalo inesperado de la piedra preciosa, que bastaría para darle riqueza y seguridad el resto de sus días.

Sin embargo, pocos días después, volvió en busca del monje mendicante, lo encontró, le devolvió la joya y le suplicó: “Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, aún tan valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”.

Cuando leía esta historia, metáfora de la vida, me llamaban la atención varias cosas. Una de ellas es la generosidad: cuando te dedicas a cuidar a las personas y tienes claro que esa es tu misión, conservar o no la piedra preciosa no hace ninguna diferencia. En manos de quien esté es indistinto.

También me sorprendía la osadía del hombre que pidió la piedra preciosa. Ciertamente quien no pide no recibe, y es una acertada actitud contar con esa osadía, unas veces llena de humildad para reconocer el valor de lo que otros tienen, y otras de valentía, al enfrentarnos, sin temor, a una posible negativa.

Pero lo que sin duda más me llama la atención, es la actitud del joven que regresa a pedir lo que él considera que es lo más valioso del maestro: su desprendimiento, su generosidad, su amor. Me imagino al monje ofreciéndole la piedra, pero con una sonrisa, con un guiño de complicidad, con una mirada llena de afecto. Sabiendo bien lo que hacía y el valor que aquello representaba.

Cuando escribo sobre el concepto de liderar con amor, suelo decir que el liderazgo afectivo es el más efectivo. Es amable y a la vez exigente; ofrece la mejor versión de sí mismo y, a la vez, reclama la responsabilidad y el compromiso; es generoso, a la par que justo. Cuántas veces he escuchado de importantes directivos que no entra en sus tareas “mimar” a sus colaboradores y, mientras te dicen esto, se dan la vuelta para dar un par de gritos y exigir algún servicio.

Los que hemos tenido la suerte de trabajar, conocer o aprender de líderes afectivos, tenemos la responsabilidad de devolver la joya más preciada a los demás y compartirla, exponerla, hacerla más notoria. Esa joya que es la fe en las personas y en sus posibilidades, la esperanza en un futuro mejor, esa joya que es la compasión y afecto por quien no está aún en su mejor versión pero puede ir tras ella para conseguirla.

Es todo un reto porque reclamamos inmediatez, pero si la vida la vivimos como un maratón, en vez de como una continua prueba de cien metros, llegaremos más fácilmente, evitaremos innecesarias ansiedades y podremos disfrutar del camino y de la compañía.

“Y el monje se la dio sin más”. Hace unos días, ha sido el Día del Padre y quisiera agradecer a mi padre y, por extensión, a mi madre, todo lo que he recibido de ellos: siempre me metieron en mi bolsillo esa piedra preciosa, sin más. Quiero volver a mis recuerdos y mantener esa actitud de mirar en lo más hondo, para seguir aprendiendo el valor de aquello que les permitió darme aquellas joyas; aprender y seguir aprendiendo de su generosidad, de su entrega, de su cariño, pidiendo a Dios y a la vida que no me olvide de esas lecciones y siempre las siga agradeciendo.

Un recuerdo, un abrazo y un homenaje a mis padres y a todos los padres que ofrecen lo mejor de sus vidas a su familia.



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