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Boxeo

La calle de los campeones

  • Sólo dos navarros han sido campeones de España de boxeo. Carlos Morales logró su título en 1979, año en el que nació Rubén Díaz para coger su testigo, y la cuna del éxito no cambió: fueron vecinos en la calle Zortziko de Berriozar

Rubén Díaz (izda.), vigente campeón de España, junto a Carlos Morales, que logró el título nacional en 1979, posan en la calle donde vivieron.

La calle de los campeones

Rubén Díaz (izda.), vigente campeón de España, junto a Carlos Morales, que logró el título nacional en 1979, posan en la calle donde vivieron.

Actualizada 04/10/2016 a las 11:37
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"En esta calle, Rubén, cuando era un crío, me decía que quería boxear, y yo no le hacía ni caso”, cuenta Carlos Morales mientras pasea por la calle Zortziko, de Berriozar. Habla de un joven Rubén Díaz, que entonces soñaba con lo que es ahora: tres veces campeón de España y de la Unión Europea, el segundo título continental de mayor importancia.

Díaz sabía bien a quien perdirle los consejos que al final no necesitó. Su vecino en Zortziko, Carlos Morales, ganó un campeonato de España en septiembre de 1979, un mes antes de que naciera Díaz. Entonces, Morales, apodado como El gran bailarín, fue el primer navarro que había conseguido alzarse con un cinturón nacional de boxeo profesional. Hazaña que sólo ha sido capaz de repetirla Rubén Díaz, El destructor, 27 años después, con su primer título, en 2006. “Cuando Carlos ganó el Campeonato y dejó el boxeo, nacía yo para coger el testigo”, bromea Díaz.

BOXEADOR CON DOCE AÑOS

Casi tres décadas después entre dos títulos y dos boxeadores con tantas casualidades en común como estilos y vidas diferentes. Sus propios apodos parecen incompatibles. “El gran bailarín me llamaban. Los boxeadores pueden ser de dos tipos: estilistas y fajadores. Yo era de los primeros: bailaba y bailaba para cansar al rival. Rubén, en cambio, es fajador. Tiene una maza en el puño. ¿Has visto cómo caen sus rivales? Yo también daba, pero no caían así mis contrincantes. Daba golpes por dar”, explica Morales.

Él empezó a bailar con doce años. Al contrario que Rubén Díaz, que cogió sus primeros guantes con 20 porque siempre le había llamado la atención este deporte, Morales tenía otra motivación: “Empecé en el boxeo por quitarme de la calle. Así de claro”.

Morales se subió a un ring y debutó en un combate en el que no se pudo presargiar su futuro. “Mi rival tenía diez años más que yo. Yo boxeaba muy bonito, era técnico y tal, pero... mi rival, el Chino, de Miranda de Ebro, me pegó una paliza que me hizo ver las estrellas. Me rompió la mandíbula y todo. Así fue mi primer combate. Al día siguiente mi padre me echó una buena bronca, pero yo volví al gimnasio.Después de aquella primera pelea seguí en el boxeo porque me insistió mi entrenador. Mucho me gustaba aquello para seguir”, recuerda Morales, a lo que Díaz le espeta: “Claro, pero la diferencia de edad se nota y antes no había categorías. Uno de doce años está más tierno que el Día de la Madre”.

Esto no es lo único que resalta de aquel boxeo del que ha oído hablar, del que le precedió e hizo campeón a Morales. Los tiempos y la sociedad han cambiado. “Antes, este deporte estaba más reconocido: eran el fútbol y el boxeo”, subraya Morales, que se encuentra acompañado por su hermano Pedro, quien fue su mano derecha cuando boxeaba. Siguen teniendo esa complicidad. Uno acaba las frases del otro y compensan los recuerdos: si uno ha perdido alguno, el otro lo recupera. Por eso, Pedro completa la frase de su hermano: “En las fiestas de los pueblos, aquí en Navarra, no había fiesta donde no hubiera una velada de boxeo. Ahora no. Se ha perdido algo de respeto a este deporte porque ha tenido muy mala prensa”.

De hecho, tanto estaba valorado que, cuando Morales logró el título, realizó el saque de honor en El Sadar. Después de tres cinturones nacionales y uno continental, Díaz no ha tenido un reconocimiento tan grande a nivel social.

Él también es consciente del nuevo interés sobre su deporte: “¿Sabes lo que pasa con el boxeo? Que te metes en Youtube a ver el vídeo del combate de Francia (en el que ganó el título de la Unión Europea) y está mi pelea entera y el KO. Si la pelea tiene 5.000 visitas, el KO, cinco millones. Otro ejemplo, a veces interesa más un boxeador que ha ganado mucho dinero y que lo ha malgastado y se ha quedado en la ruina. La gente dice ‘este es imbécil’, pero es que era imbécil antes de ponerse a boxear”.

REVIVIR CON AMONIACO

Este cambio de mentalidad del gran público ha ido de la mano con otras conversiones intrínsecas del boxeo. Dentro del ring, hasta los golpes son otra cosa. “El boxeo de ahora no es el de antes. Antes salías a darlo todo, a morir. Ahora ha cambiado bastante. No lo veo igual, aunque tampoco subiría al ring a enfrentarme a un boxeador actual porque no tuve su preparación. Echaría a correr por todo el ring para que no me pegara”, dice, con gracia, El gran bailarín.

“Ahora no es sólo que haya más preparación física. En los gimnasios tienes un ring, cuatro o cinco sacos, manoplas, sauna... Miles de cosas que antes no había. Pero también se cuida más la alimentación, los sistemas de entrenamiento... todo”, apunta al respecto Díaz. Carlos Morales, que asegura que nunca ha calentado antes de subir a un ring, contrasta esto con los entrenamientos que hacía él: “Los gimnasios de antes eran bajeras con un saco, un punching y una sauna que parecía un horno, pues poníamos alcohol para calentarla. Un día casi salí hirviendo de ella”.

No sólo los gimnasios no eran gimnasios, sino que las veladas no siempre eran veladas. Mientras ahora pabellones y frontones son los escenarios comunes para el espectáculo de los guantes, Morales cuenta dónde era frecuente disputar combates -y las consecuencias de ello-: “En aquellos años se hacían veladas en los bares, y la mayoría iban borrachos. No sólo el público, sino también los boxeadores”. Díaz, por su parte, apela a los controles actuales.

No sólo existen antidoping, sino que en los combates actuales se comprueba todo lo que se sube al ring. “Te pones los guantes antes de subir, pero tienes que hacerlo delante del juez para que vea el vendaje, que no los has enredado. Te lo firma media hora antes del combate”, explica El destructor sobre una de las medidas que han hecho del boxeo un deporte más seguro. “Los golpes dolían más antes, cuando no se controlaba tanto. Adivina qué es lo que llevaba tu rival dentro del guante, por ejemplo”, compara Carlos Morales.

Para estos golpes más dolorosos Morales encontraba poco consuelo. Su hermano Pedro los sufría desde la esquina. “Si antes del combate tenías un dolor, te daban el linimento de Sloan. Y con eso, venga, adelante. Si estabas un poco grogui en el ring, había que ponerle amoniaco para espabilarle, para despertarle”, evoca Pedro.

TÍTULO DE 65.000 PESETAS

Sin embargo, hubo un día en el que Carlos Morales aguantó mejor los golpes. Detrás de los puños de su rival había un título nacional. “Fui muy preparado, pero mi rival, Dum Dum Pacheco, se pensó que yo iba a ser una perita en dulce y más después de hacerme ir, en coche, hasta Lepe. Fue un combate duro. Doce asaltos de toma y daca. Él me partió la ceja en el segundo asalto y después del combate conduje hasta Pamplona con la ceja rota. Vine directo al hospital. No hubo celebración ni nada, y al día siguiente ya estaba en el gimnasio”. Morales recuerda así su título, que no su cinturón. “No me dieron ni cinturón, sólo 65.000 pesetas”, matiza.

Rubén Díaz, por su parte, sí que recibió los cinturones siempre que ha sido campeón; la primera vez, en marzo de 2006. “Es la pelea de la que mejor recuerdo tengo, la que más me ha gustado. Tenía que ir a Elche, a casa de Roberto Santos, que estaba imbatido. Recuerdo mucha presión, mucha tensión y nervios. Era la oportunidad de mi vida, ¿cómo no iba a estar nervioso? Y más fuera de casa. Santos me iba ganando dos puntos arriba hasta el quinto asalto. En el sexto round le dejé tocado y en el séptimo, liquidado. ¡De lujo! ¡Campeón de España!”. Y así fue cómo Rubén Díaz destruyó la exclusividad del baile y del título de Carlos Morales. De su vecino de la calle Zortziko, aquel al que le pedía ser boxeador.

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