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  • Cejudo dinamitó el partido con su verticalidad pero no supo gestionar su ansiedad con una expulsión que obligó a replegar líneas

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Andrés Fernández celebra con efusividad uno de los goles marcados al Levante. El meta murciano estuvo seguro. REUTERS

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Actualizada 31/10/2011 a las 01:58
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  • FERNANDO CIORDIA . PAMPLONA .

Osasuna despertó al Levante del dulce sueño para colocarse en un cómodo asiento en la clasificación. Así, sin hacer demasiado ruido, y siguiendo el patrón establecido para los partidos de casa. La tormenta de electricidad se produjo nuevamente en pocos minutos. Fueron los últimos cinco que condujeron al descanso y la descarga fue brutal para hacer terrenal al hasta ayer líder.

El Reyno no perdona a nadie, y menos cuando Osasuna se quita las ataduras de lejos de Pamplona y acosa a su rival a base de empuje, más que fútbol puro y duro. Mendilibar ha conseguido inculcar una fuerte motivación cuando sus chavales actúan de anfitriones. Se juegan el tipo en cada disputa, así siempre es más fácil. El Levante quedó noqueado en ese tramo habitual de crisis de los contrincantes y aunque monopolizó el cuero en la segunda parte, nunca dio la sensación de asestar los golpes que venía dando jornada tras jornada. Osasuna supo dar el cerrojazo que pedía el partido gracias al sentido común de Raúl García, el faro del juego rojillo, y Patxi Puñal, más si cabe cuando jugó la segunda parte en inferioridad numérica.

Bandas cambiadas

Fue expulsado Cejudo, el hombre que había dinamitado en la primera mitad un partido que se tornaba en insulso y bloqueado. El cordobés saltó al terreno con la batería cargada de rabia después de su desafortunada actuación en Getafe, donde quedó marcado por Mendilibar. El técnico le devolvió a la derecha. Ibrahima pasó a la izquierda. El resto de efectivos eran los mismos, hasta que llegaron las lesiones. En media hora Osasuna se quedó sin Marc Bertrán y Sergio, dos pilares, que no aguantaron la intensa semana de partidos.

El equipo no se resintió con Damiá y Flaño de corto. El Levante esperaba paciente y ordenado. Un posible error navarro era conato de contragolpe, arma de este gran Levante. Los rojillos tomaron los riesgos justos, no importó jugar en largo. El césped, seco, no estaba ayer para jugar rápido. Juanlu no apareció, Valdo volvió loco a Raitala pero sin socios a su alrededor y Koné no materializó su potencia en más peligro que una clara ocasión con el 0-0. El punta africano tuvo en su cabeza el gol y la inercia del remate le llevó a chocar con el palo de forma violenta.

Cejudo fue un rayo pletórico. Antes de marcar el primero, había lanzado en otras tres ocasiones al marco de Munúa. Su mejor acción había hecho levantar al público de sus butacas. Se apoderó de la pelota en campo navarro y corrió como un poseso salvando las duras entradas de Iborra y Nano. En un abrir y cerrar de ojos pisó el área y disparó a Munúa, que evitó el gol en una gran parada. Enorme fue esta carrera. Su ambición le dio el premio para marcar después. Cazó el rechace, se abrió hueco y lanzó el latigazo con la zurda. Xavi Torres desvió lo justo para cambiar la trayectoria. Fue ya una parada imposible para Munúa.

La ola osasunista se propagó solo cuatro minutos después, en otro balón dividido. Ibrahima se llevó el balón de cabeza, cayó derribado por el meta uruguayo en claro penalti, y por allí apareció el más listo de la clase, Nino, para empujar a placer.

Era el gol de una tranquilidad que se vio alterada por la expulsión de Cejudo, que no supo gestionar del todo sus altas revoluciones. El andaluz estaba yendo al límite e Iturralde no le perdonó. Primero, al quitarse la camiseta en una acción en la que no pudo controlar su rabia (Getafe escoció) y luego por barrer sin necesidad a Barkero en medio campo.

La pausa de Raúl y Nino

El gobierno pasó a ser definitivamente del Levante, nada acostumbrado a llevar el peso. Juan Ignacio Martínez se la jugó con tres delanteros: Aranda, Rubén Suárez y Kone. Valdo y el guante Barkero fueron las alas, Farinós el organizador, y una defensa de tres. Osasuna se atrincheró bien. Raúl García cayó a la banda que abandonó Cejudo. Dio una lección de saber estar, eligiendo bien en cada momento y siendo un apoyo constante. Algo parecido aportó Nino, que dio la pausa.

El Levante comenzó a colgar balones, tuvo acercamientos a balón parado o algún arrebato de Koné. Osasuna estaba bien colocado. Mendilibar acabó con una línea de cinco atrás. No quería sorpresas mayores. Ciertamente no las hubo.




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