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ANÁLISIS

Osasuna se crece ante las adversidades y recupera la fe

  • La expulsión de Cedrick en el minuto 16 espoleó a los de Mateo, que también se sobrepusieron al gol del Numancia para rescatar un punto

Nino, rodeado de rivales en el partido de este domingo.

Osasuna se crece ante las adversidades y recupera la fe

Nino, rodeado de rivales en el partido de este domingo.

STEFAN D.G.S.
7
13/04/2015 a las 06:00
  • JAVIER IBORRA. PAMPLONA
Osasuna se encontró ayer en El Sadar con el peor de los escenarios posibles, una pesadilla materializada en partido de fútbol, cuando en el minuto 16 se quedó con un jugador menos sobre el campo por expulsión -rigurosa y evitable, por parte del jugador y del árbitro- de Cedrick. Una protesta excesiva, estentórea e injustificable y una caída entendida como engaño, percibida como intento de fingir un penalti, le dieron la coartada al colegiado Valentín Pizarro Gómez para lanzar una andanada directa a la línea de flotación del equipo rojillo.

En un grupo sacudido esta temporada por infortunios de toda clase, gestado débil desde la planificación veraniega, acogotado por los escándalos extradeportivos y heredero de una tendencia negativa que se puede rastrear hasta la primavera del año pasado, equipo que además estaba viviendo un errático inicio de partido y se veía inferior a un Numancia muy bien plantado, esa roja se antojaba una puñalada mortal de necesidad.

Sin embargo, los diez jugadores que permanecieron en el campo transformaron la rabia, la impotencia y quizá también el miedo a perder en intensidad y concentración, valentía y determinación. Incluso cuando el árbitro anuló un gol legal a Raoul Loé por un supuesto fuera de juego, incluso cuando el Numancia, en su única ocasión de toda la primera parte, se adelantó en el marcador, no bajaron los brazos.

Los diez rojillos que en aquella hora eran penúltimos, que veían como los resultados de los rivales -salvo el del filial del Barça- no habían acompañado, que el árbitro no ayudaba, que el balón se resistía a entrar en una portería mientras en la otra se había colado sin saludar, no cayeron en el desánimo esta vez, como sí les había ocurrido en las jornadas precedentes. Tuvieron fe en sí mismos, esa que tanto les estaba costando encontrar, y se vieron por fin recompensados.

Osasuna salió en la segunda parte con el mismo ánimo que había disputado la última media hora larga de la primera y con fuerzas renovadas. A los cinco minutos de la reanudación, Sisi, el mejor en las últimas jornadas, combinó con Nino, el goleador esperado, para profundizar por la banda derecha; desde allí envió un centro horizontal, a media altura, de cara para que el tinerfeño pusiera el interior de la bota y cruzara el balón lejos del alcance del portero rival. Gol, empate, milagro. Y hasta el pitido final, lucha, pelea y corazón para sobreponerse al desequilibrio numérico, al inevitable cansancio, algo que los de Mateo consiguieron jugando a campo abierto, sin atrincherarse en su área fiados a una suerte que saben que no está con ellos, sino buscando el área rival, los tres puntos, que pudieron quedarse en Pamplona si hubiera entrado alguna de las oportunidades que llegaron en el tramo final del choque.

Los rojillos, acuciados por mil y una adversidades, dieron ayer su mejor versión. Quizá no fue su partido más vistoso, ni el más redondo, pero sí en el que los jugadores se vaciaron más allá de sus reservas, físicas y futbolísticas. Una actuación imposible de comprender sin el aldabonazo de la expulsión de Cedrick, sin ese punto de tragedia irreversible que adquirió el partido en el minuto 16. José Mourinho, entrenador del Chelsea, crea rivales, enemigos y trincheras artificiales para que sus jugadores encuentren razones para sobremotivarse, pero Mateo no necesitó intervenir ni fabular; el árbitro lo hizo en su lugar.

De hecho, cuando todo está perdido, cuando ya no hay esperanza, es el momento en que el ser humano ha demostrado siempre ser capaz de superarse. Lo sabía el capitán Scott, después de comprobar que Amundsen le había arrebatado la gloria de ser el primer humano en pisar el Polo Sur, por apenas un puñado de días: mientras afrontaba un regreso épico, condenado a acabar en tragedia para él y para sus cuatro compañeros, escribió en un mensaje dirigido a su esposa, "a su viuda", como él la mencionaba en su diario -perdida ya toda esperanza de escapar de aquella prisión de hielo-, que la expedición había merecido la pena porque a él, "de naturaleza perezosa", le había llevado a exprimir sus cualidades hasta un punto que hubiera resultado inimaginable mientras los vientos soplaban a su favor.

También lo sabía Hernán Cortés y por eso hundió sus naves, para mostrar a sus soldados que no había marcha atrás, ni escapatoria posible, la gloria o la muerte; igual que para este Osasuna que pasea al borde del precipicio, con sólo nueve partidos por delante, sus únicas alternativas en el horizonte son la permanencia o el desastre, otro año más en Segunda o la -presumible- desaparición de un club de 95 años de historia, una situación extrema en la que cada jugador deberá seguir la senda marcada ayer, crecerse ante las adversidades y rayar en todos los partidos por encima de sus límites. 



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