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Violencia en el Fútbol Base

"Papá, no me chilles en público": radiografía del fútbol base en Navarra

Los últimos episodios de violencia en la grada en el fútbol base colocan a padres y madres ante la responsabilidad de dar ejemplo ante sus hijos. Aunque crezca la consciencia y la tendencia a controlar las emociones, hay salidas de tono que no ayudan

El ritual de la unión, simbolizado en la formación de un círculo cerrado, dispone a los cadetes del San Juan a iniciar su encuentro con el Txantrea

El ritual de la unión, simbolizado en la formación de un círculo cerrado, dispone a los cadetes del San Juan a iniciar su encuentro con el Txantrea

Actualizada 20/04/2017 a las 15:48
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Desgraciadamente es habitual ver cómo equipos arbitrales, técnicos, deportistas y público reciben insultos y amenazas todos los fines de semana desde la grada, donde se encuentra la afición, incluidos padres y madres. Y esto no solamente pasa en profesionales, sino que es normal ver estas situaciones en partidos de jóvenes y adolescentes”.

La descripción, más que concluyente, aparece detallada en el Manual para padres: deporte y valores, editado por la Fundación Mutua Madrileña en colaboración con la Fundación Deporte Joven del Consejo Superior de Deportes. Federaciones nacionales, como la de pádel, reprodujeron su contenido a los pocos días del “lamentable espectáculo” que ofrecieron unos padres enzarzados en una pelea en un partido de infantiles en Palma de Mallorca.

Antes que ser un hecho aislado, la trifulca tuvo su réplica en días pasados como un seísmo que, por voces autorizadas y anónimas que ocupan la grada, amenaza con repetirse. Sin ir más lejos, el pasado fin de semana no tardaron en difundirse unas imágenes por televisión de otra bochornosa disputa sobre el césped con un adulto pegando a una mujer en un partido de juveniles en La Rioja. Ver para creer.

“¿Qué está pasando en la grada?”, recibe por interpelación el psicólogo deportivo Luis Astráin Romero. Los excesos, con discusiones llegadas a las manos, no son sino “resultado de un caldo de cultivo”, creado por personas “con algún problema de control emocional que no entienden que el fútbol base no tiene nada que ver con el fútbol profesional”.

Para aclaración de la misma idea sirva el mensaje que Juan Junquera, portero juvenil de Llanos 2000, enrolado en la liga asturiana, lanzó en una carta difundida en el rotativo La Nueva España. El título no podía ser más claro: “Su hijo no es Messi”.

“Como todo en la vida, a todos nos gusta que nuestros hijos o que uno mismo llegue más arriba que abajo, pero no hay que olvidar que los que están jugando son niños”, expone con un criterio de cordura Juan Merino Peralta, operario de 45 años en el sector de automoción. Fue jugador del San Juan, en Tercera División, y del Izarra, en Segunda B.

Sus palabras, antes que ser expresadas desde la experiencia en el rectángulo de juego brotan de la preocupación de un padre por la educación de su hijo, Álvaro, que a sus 9 años de edad sigue sus pasos, en este caso como portero, en uno de los equipos de fútbol 8 de la Agrupación Deportiva San Juan.

"Si chilla tu padre sales del campo"

“El fútbol es competición, es esfuerzo, sacrificio y también compañerismo. Es progresión, expresión de relación social”. Ahora bien, “como metáfora de la vida” que es, por utilizar unas palabras del psicólogo Luis Astráin, “cada jugador es hijo de un padre y de una madre”, apunta Merino. “Lo importante -añade- es la educación de cada uno”. Según dice, ante una situación de conflicto, como la que puede desencadenarse con una patada intencionada, “es un error que intervengan los padres. Lo tienen que resolver los entrenadores y los propios chavales”.

“Un padre, un entrenador”
La pauta trasciende en un sondeo aleatorio de opinión en los prolegómenos de un envite entre los cadetes de San Juan y Txantrea. A pie de campo y micrófono abierto, la cautela se impone en las respuestas de los padres, convertidos en espectadores, pero en su sinceridad hay un trasfondo de inquietud y consciencia de malas prácticas y peores ejemplos observados. “Como jugador, como entrenador y como padre he visto de todo”, se sincera Fernando Arilla.

“La gente -agrega- se ha mentalizado y piensa que lo importante es que los chavales se lo pasen bien. Lo que no puede ser es que se insulte a los árbitros o que se acabe metiéndose con los padres del equipo rival. Particularmente, lo de ganar o perder es lo que menos me importa. Lo bueno es que peleen y trabajen en el campo. Los niños necesitan mucho que se les anime desde fuera”. No por conocidos los buenos deseos, siempre hay peros que invalidan cualquier intención bajo la manida expresión del “todos los padres somos entrenadores”. El propio Fernando Arilla sabe bien de lo que habla por la experiencia que le tocó vivir como entrenador de fútbol base durante 14 años hasta que, “agotado por el incordio de dos o tres padres” y necesitado de hacer un paréntesis en su actividad voluntaria, abandonó.

Son más los esfuerzos de contención de lo que a simple vista pueda parecerse. “Vivimos con intensidad el partido. Los hijos no tienen ningún problema. Cuando acaban el partido son todos amigos. Saben quien destaca. El problema somos los padres”. Goyo Ormaetxea y su amigo Manuel intercambian comentarios a una jugada de desmarque o un pase equivocado del Txantrea donde juegan sus hijos.

“¿Hay más intensidad en el fútbol que en otros deportes?”, atienden por pregunta. “El fútbol -dice el primero- es el que más se ve, donde más jugadores hay y también el que más focaliza la atención de la prensa deportiva. A favor del Txantrea debo hablar que es un club que inculca disciplina y valores. Cuando un jugador recibe una tarjeta porque ha hecho una mala entrada su propio entrenador le sanciona”.

Precisamente sobre intervenciones de entrenadores, una voz anónima -en este caso del bando contrario en la disputa del partido- alude a la iniciativa de un técnico de un club, que mantiene en secreto, que harto de las voces que escuchaba de padres impulsivos impuso una norma a sus jugadores: “El padre que grite, su hijo sale del campo”. Pura eficacia. Silencio en el graderío. El mismo anónimo que expone la anécdota recuerda que este año el entrenador de su hijo de 9 años recibió insultos de seguidores de un rival por decisiones “que no llegaban a entender”.

En doce años como directivo de la sección de fútbol de San Juan, Francisco Javier Machín tuvo que acompañar a un árbitro de infantiles camino del vestuario. La tensión que vio a su alrededor con toda una serie de improperios vertidos desde la grada le empujó a salir en socorro del colegiado. “Nunca ha vuelto a pasar nada algo así aquí” -señala- pero “nunca he llegado a entender cómo se puede llegar a insultar a un chaval, porque aquel árbitro tenía 14 o 15 años”.

“Sé que me insultarán”
El duelo del pasado sábado discurrió plácido, sin mayor sobresalto que incendiase los ánimos del respetable. Bien al contrario, la mañana soleada bendijo una jornada de disfrute con plena sintonía entre ambas aficiones. Abajo, sobre el terreno de juego, Rubén Senís, de 20 años, aplicaba el reglamento. “Si estoy aquí -confesaba en el descanso- es porque me gusta el fútbol, por unos valores. Sé que como árbitro voy a recibir insultos alguna vez”.

En su caso particular, la falta de respeto no ha llegado en las categorías inferiores donde arbitra, sino en Primera Regional, en choques entre jugadores que dejaron ser niños. Sin haber vivido situaciones especialmente tensas, y con ligeras diferencias que aprecia en comportamientos entre aficiones de la Comarca de Pamplona y la Ribera, dice que “hay padres de todo tipo en todas las categorías”.

Su salida de vestuarios en el intervalo del juego del sábado fue seguida desde una atalaya privilegiada por cinco conocidos del San Juan. Uno de ellos, Eduardo Cía, admitía que “vive” los partidos de su hijo “más nervioso” que cuando él vestía de corto. En una improvisada tertulia, sin el menor atisbo de tensión, reconocía que tiene que controlarse cuando el balón echa a rodar. Su aparente tranquilidad con la que ofrece sus explicaciones no invita a pensar en una pérdida de control de sus emociones. “Los que saltan -explicaba a su lado, Juan Iribarren- son uno entre mil. Creo además que siempre son los mismos. Con todos los partidos que han jugado nuestros hijos puedo contar con los dedos de la mano los que provocan injustamente esas situaciones” tensas.

“Es posible -explica con el prisma racional y la experiencia el psicólogo Luis Astráin- que el fútbol esté pecando de tolerancia y admita que un aficionado acuda a un campo a desahogarse, incluso con su propio equipo. Quizás esté pasando algo parecido en el fútbol de patio de colegio. Si no se gestionan bien las emociones se acaba sacando en el fútbol, con toda esa carga de tensiones o estrés acumulado a lo largo de la semana. Los padres han de comprender que ellos son parte del clima emocional que educa a sus hijos”.

Desde hace tres años, apunta Francisco Javier Machín, incansable al desaliento en el turno de servicio del bar del campo de fútbol junto a Manuel Navarro, hay un decálogo colocado en los accesos al graderío de las instalaciones. Los preceptos, escritos en primera persona, tienen como destinatarios a los progenitores que van a compartir asiento. “No me grites en público; no le grites al entrenador; no menosprecies al árbitro...; no pierdas la calma”, se puede leer. La nómina concluye con una sentencia clave: “Con tu apoyo seré feliz”.

“Estamos narcisando aspectos de nuestros hijos, que luego pueden repercutir en su autoestima. A todos nos gusta que nuestros hijos destaquen y triunfen. Pero a los padres nos toca la necesidad de favorecer que asuman la frustración”, aprecia Luis Astrain. “El deporte no es un fin, es un medio para potenciar y educar en conductas, en valores positivos. Si está mal orientado puede dañar la autoestima del jugador; y los niños son como esponjas, son muy sensibles a situaciones y comentarios. Lo que queda grabado es lo que llega desde el plano afectivo... Cualquier comentario en casa cala”.

Justo encima del cartel con la retahíla de anhelos de los jugadores a sus padres, dos amigas -Lidia Arana y Natalia Torices- ejemplarizan el ideal del entendimiento entre aficiones rivales. Como confiesan, “la amistad está por encima del fútbol”. Desde que sus hijos -Alejandro Ruiz y Miguel Ruiz, “que no son primos ni parientes”-, tenían tres años han primado el cultivo de las relaciones entre las dos familias. El sábado pasado, los dos adolescentes se enfrentaron en el terreno de juego. “Sabemos que no van a llegar a ser futbolistas. Lo importante es que se diviertan, que se lo pasen bien pierdan o ganen. Hombre, si ganan mejor”, desea Lidia Arana con sorna.

Sin diferencias de género
Cuando a las dos amigas se les pregunta si las mujeres se contienen más que los hombres en expresiones en el fútbol, no vacilan en su respuesta: “Las mujeres tenemos también mal genio. Las hay que saltan cuando ven que le han hecho daño a su hijo”.

La edad no es atenuante en la justificación de modales inadecuados pero sí un grado para contemplar y evaluar la vida desde una perspectiva de mayor moderación. Javier Torices y su mujer, Marisol Claramunt, madre de Natalia Torices y abuelo de Miguel Ruiz, dicen que como ahora nunca ante habían visto la tensión con que las aficiones viven los partidos. Él, de 84 años de edad y asiduo de El Sadar en épocas pasadas, no comulga ni comprende prácticas impropias del sentido común y del buen comportamiento.

"He prohibido a padres ir al fútbol con sus hijos"

“Ya sabemos lo que es el fútbol, pero no es normal lo que está ocurriendo ahora. La culpa no son de los niños. Somos los padres y los abuelos los que les educamos”. “Directivos, entrenadores y padres han de entender que se educa con el ejemplo. Si alguno de ellos empieza a berrear o a insultar, los chavales lo van a ver como algo habitual”, indica el psicólogo Luis Astráin.

El propio especialista, que estuvo diez años atendiendo y apoyando a equipos y jugadores de Osasuna y a cuya consulta particular acuden profesionales y amateurs de diferentes disciplinas, habla de las expectativas que cada padre deposita en su hijo en el ejercicio deportivo.

“El fútbol, a diferencia de otros deportes, ha generado unas expectativas en torno a la figura del jugador profesional”, dice. La veneración profesada hacia Cristiano Ronaldo o Leo Messi supera cotas insospechadas. Su meteórica evolución desde un estatus social no precisamente alto les ha convertido en espejos en los que mirarse niños y no tan niños en un impulso y deseo por emular sus pasos y materializar sus sueños. “Algunos padres piensan que sus hijos les van a sacar de pobres”, reflexiona el psicólogo deportivo. Pero la realidad es bien distinta.

Y, de normal, no es precisamente un camino de rosas. En la definición de las expectativas, los especialistas, como el propio Luis Astráin, diferencian “procesos” de resultados. Por el primer concepto entienden los pequeños pasos que, en forma de “esfuerzo y superación individual o colectiva”, han de darse para conseguir un objetivo. “No hay que dar tanta importancia al resultado”, sentencia Astráin.

El problema -según su lógica de razonamiento- estriba cuando la mirada se focaliza únicamente en el resultado o, por decirlo de otra manera, en el éxito o fracaso, ya sea particular o grupal.

Durante su etapa de Osasuna, Luis Astráin -hijo y sobrino de futbolistas profesionales- realizó un estudio sobre las motivaciones que impulsaban a jugar a los jóvenes valores del club rojillo. “La mayoría decía que por que le gustaba el fútbol, hacer amigos, viajar.. Un pequeño porcentaje confesaba que por la posibilidad de vivir del fútbol”.

La experiencia descubre que “cuando se hace deporte sólo para ganar, el recorrido es corto. Tarde o temprano, en el fútbol y en cualquier otro deporte, vendrán los obstáculos y la frustración y si no hay capacidad para superarlos, porque lo único que se quiere es ganar, se acabará abandonando. Es algo que tiene que ver con lo que se escucha en casa.”.

Astráin habla también de la presión que sienten los jóvenes jugadores de su contexto cercano, ya sea familiar o deportivo. “He llegado a prohibir a padres que acompañen a sus hijos a jugar un partido. Eran casos en que intuía que el chaval estaba estresado, con la cabeza a punto de estallar. Sentía que debía demostrar a su padre que podía llegar a ser profesional. ‘¿Cómo se pondrá mi padre? ¿Contento o enfadado?’”. Las preguntas se multiplican en torno a un fenómeno mundial, como es el fútbol desde el pedestal de las estrellas hasta su base, donde hay más en juego que la disputa en torno a un balón. Hay otro aspecto, determinante en la reproducción de paradigmas en el deporte base, como es el influjo y la difusión de los medios de comunicación.

En un lance del encuentro del pasado fin de semana, la disputa de un balón en los primeros minutos acabó con un lance fortuito. El defensa se llevó las manos a la cabeza para acto seguido tirarse al terreno de juego, cual profesional que es objeto de un brusco impacto. Un espectador que seguía de cerca la jugada no pudo reprimir su comentario con su cercano: “Ha visto mucha tele”. El árbitro ordenó detener el partido y se fue corriendo para interesarse por su estado. Sin mayores consecuencias, el joven jugador se reincorporó como si nada y siguió el juego. Por cierto, el partido concluyó con victoria visitante (0-2). Lo menos fue el resultado. Lo mejor, el comportamiento de jugadores y afición. Las manifestaciones violentas quedaron fuera de juego.


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