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Palabras y silencio de Joseph Mitchell, un cronista legendario

La editorial Jus recupera los artículos y relatos del pilar de 'New Yorker' y protagonista de un extraño bloqueo creativo de tres décadas

Imagen del cronista de 'New Yorker' Joseph Mitchell.

El cronista de 'New Yorker' Joseph Mitchell.

Cedida
Actualizada 28/04/2017 a las 19:43
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  • Colpisa. Madrid

La historia de Joseph Mitchell es una de las más increíbles del periodismo norteamericano. Pilar fundamental de la prestigiosa revista 'New Yorker' durante las décadas de los 40 y los 50 y en la primera mitad de los 60, cronista de personajes pintorescos de Nueva York, maestro de plumillas, el legendario reportero, que había nacido en Carolina del Norte en 1908, sufrió a partir de 1965 un colapso creativo que le llevó a no escribir ni una línea más hasta su muerte, en 1996. Ocurre que antes de quedarse seco, Mitchell firmó algunas de las mejores piezas que jamás hayan sido publicadas. La editorial Jus las recupera ahora en 'La fabulosa taberna de McSorley'.

Artículos y relatos componen el volumen, de casi 500 páginas que se leen de un tirón y cuyo prefacio escribe Alberto Gibert Abós. "En una ciudad como Nueva York, donde tan tentador es alzar la mirada, Mitchell prefería mantener la suya a ras de suelo, dirigirla hacia los ciudadanos anónimos que habían hecho posible la construcción de aquellos rascacielos y a menudo se veían catapultados hacia los márgenes por una maquinaria feroz", recuerda Gibert Abós.

Recopiladas también en libros como 'My ears are bent' (1938) y 'Old Mr. Flood (1948), las crónicas de Mitchell son un desfile de "bohemios, visionarios, obsesos, impostores, fanáticos, crápulas, reinas y reyes gitanos". Con estos personajes se sentía más cómodo el escritor, que al principio de su carrera entrevistaba a los miembros de la alta sociedad neoyorquina y que, paulatinamente, dejó de hablar con "las damas de sociedad, los magnates industriales, los escritores distinguidos, los políticos, los exploradores, los actores de cine -exceptuando a W. C. Fields y Stepin Fetchit- y cualquier actriz de menos de 35 años" para centrarse en los habitantes de los márgenes de la sociedad, que le proporcionaban historias donde no siempre resultaba fácil distinguir la realidad de la invención.

'La fabulosa taberna de McSorley' es el artículo que da nombre al libro y un buen resumen del estilo de Joseph Mitchell. Escrito en 1940, el texto es una pasarela de personajes que el escritor disecciona con su bisturí literario. Una frase en el momento oportuno, un gesto en la cara, una forma de tomar la cerveza resultan suficientes para que el maestro Mitchell trace un perfil preciso de cada uno de sus retratados. Y de fondo, el Nueva York del 'melting pot' de la primera mitad de siglo, una olla que siempre parece a punto de estallar, pero donde los orígenes diversos y las razas acaban mezclando, sin saber por qué ni de qué forma, como los ingredientes de un buen plato improvisado.

Uno de los textos más célebres de Mitchell se titula 'El profesor Gaviota' y cuenta las peripecias de un mendigo-bohemio, Joe Gould, que decidió dejarlo todo (una buena familia, los posibles frutos de una licenciatura en Harvard) para dedicarse a escribir la 'Historia Oral de Nueva York', un manuscrito que llegaba a los nueve millones de palabras y ocupaba 270 cuadernos. "Nunca ha logrado interesar a un editor en su obra", escribe Mitchell, y quizá ahí, extendiendo la maldición de Gould, comienza también la del propio Mitchell.

Publicada en 1965, 'El secreto de Joe Gould', un libro que continúa la historia del profesor Gaviota, fue su última obra. A partir de ahí, el silencio. Contaban sus compañeros que Mitchell seguía acudiendo todos los días a su despacho en la sede del 'New Yorker', en la calle 43. Recuerda Alejandro Gibert Abós: "Los directores lo mantenían en plantilla porque les era inconcebible despedir al periodista más emblemático de la casa (...) Los compañeros más veteranos, que le profesaban una mezcla de cariño y admiración sin límites, padecían viendo cómo se marchitaba en su inexplicable sequía creativa. Los recién llegados no se atrevían a molestar con sus preguntas a aquel reportero de aura legendaria cuyos artículos eran materia lectiva en sus carreras de Periodismo o Literatura".


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