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JUAN MANUEL DE PRADA

"Soy un apestado, un escritor molesto y muy denostado, gracias a Dios"

'Mirlo blanco, cisne negro', el nuevo libro del escritor, es una sátira feroz del mundo editorial "escrita contra mí"

Juan Manuel de prada presentará El castillo de diamante en Tudela

Juan Manuel de prada presentará El castillo de diamante en Tudela

El escritor Juan Manuel de Prada.

ARCHIVO / JAVIER SESMA
Actualizada 07/10/2016 a las 18:37
  • COLPISA. MADRID
"A pecho descubierto y contra mí mismo. Mostrando mis llagas, errores y pecados con plena desnudez". Así asegura haber escrito Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) su última novela. Mirlo blanco, cisne negro (Espasa) es una sátira feroz del mundo literario y editorial. También una dolorosa y desesperanzada reflexión sobre el menguante papel del escritor, "al borde de la irrelevancia". "Soy un apestado" dice De Prada que se considera "expulsado de muchos ámbitos literarios" y "muy denostado, gracias a Dios". Es quien sale peor parado de esta inmisericorde novela. "Me fustigo con ganas. Me golpeo y me escupo, pero no busco conmiseración ni exculparme" confirma el autor.

En un ejercicio de desdoblamiento, De Prada asume su condición de "maldito" ahora cabreado. Muestra sus caras de Jeckyll y de Hyde para explicarse a sí mismo y al lector a través de sus protagonistas: el joven y prometedor escritor Alejando Ballesteros, que ilusionado y cándido irrumpe en un mundo plagado de fieras, y el veterano y resentido Octavio Saldaña, con rasgos de Cela y Umbral, que ha conocido la hiel y, de vuelta de todo, y tiene un sinfín de cuentas pendientes con mercaderes y estafadores. "Mi experiencia es la base de los personajes, como las relaciones con mi propia vocación -admite De Prada- pero todo se mezcla con ficciones". "Quisieron que fuera un mirlo blanco, y casi lo fui hasta que gané el Planeta. Pero tras una grave quiebra personal, pude llegar a ser un cisne negro, el escritor escarmentado, magullado, con el alma anegada en alquitrán". "Pero uno y otro son proyecciones en la novela" explica De Prada dando las claves del título. "El joven apuesta por el éxito y traiciona su vocación y el veterano desdeña el éxito y se enturbia de amargura y rencor; acaba convertido en un maldito que genera inquina, en un ser monstruoso". "He tratado de exorcizar ambas tentaciones, la de sucumbir a los cantos de sirena del éxito y la de la amargura del resentimiento, el odio y la misantropía" explica De Prada.

MERCADERES Y "NOCILLEROS"

Sacude a tirios y troyanos, a "nocilleros" y editores "de bazofia" y criticos "eunucos". Reflexiona sobre el hoy "irrelevante" papel del escritor y no oculta su desencanto. "A un joven escritor le diría hoy que no se traicione, que no se entregue a los mercaderes. Que se busque otro medio de vida, sea oficinista, profesor o barrendero. Si no, le tocará lamer el culo a su mecenas, sea un banco o un empresario como Amancio Ortega". "El sueño del escritor que está en casa sin depender de nadie es muy reciente y se ha acabado", diagnostica.

Lo dice un ganador del Planeta y otros apetitosos galardones comerciales que publica con regularidad pero que se tiene por "un apestado en muchos ámbitos literarios". "He sido expulsado a las tinieblas exteriores de ese mundo por no amoldarme, pero me han salvado mis lectores. Sobrevivo gracias a ellos en el extrarradio de los políticamente admitido, en el arrabal del discurso normativo", explica.

No se arrepiente de haber ganado el Planeta, "pero sí de haberlo hecho con mi peor novela" dice hablando de La Tempestad, de "la que me burlo de manera sangrante en la novela". "No encaja en mi bibliografía. Traté de buscar una fórmula de éxito por una vez en mi vida y ahora lo veo con cierto fastidio", admite. "Sólo despotrican de los premios quienes no los ganan y no me arrepiento de haberlo ganado. Hoy no lo ganaría. Soy un escrito demasiado molesto, muy denostado gracias a Dios, y lo gané cuando no estaba estigmatizado. Me ayudó a convertirme en escritor profesional que era mi sueño y hoy parece una pesadilla. Ser escritor es quimérico y doloroso", sostiene.

Apestado como se siente, sabe que jamás oirá cantos de sirena académicos y que galardones como el Cervantes están fuera de su alcance, "salvo que se dé una reacción frente al discurso normativo aceptado, porque al sistema no le interesa el escritor que sea un francotirador o un Pepito Grillo".

Agentes, críticos literarios, dinosaurios de las letras y jóvenes promesas, editoriales grandes o independientes, nadie queda a salvo del vitriolo que destila una novela en la que muchos se darán por aludidos. Zurra con ganas a las grandes editoriales "que están degradando el espíritu del lector en su búsqueda obcecada del éxito comercial, que no condeno". "Si no formas al lector y solo le ofreces basura, no tienes futuro. Matas al lector. Los manuales de autoayuda y los libros de tercera son pan para hoy y hambre para mañana", vaticina. ¿El odio es más literario que el aprecio? "Es un tópico y no es cierto" responde De Prada. "Por más que se insista en que con buenas sentimientos sólo se hace mala literatura, yo creo todo lo contrario. Para ser buen escritor hay que amar. Es una certeza. Escribir es vivir, y para mostrar una parte de la vida de forma palpitante has de amar la vida y a sus criaturas. Lo malo es el engreimiento, la fatuidad y la soberbia; creer que estás por encima del bien y del mal", sostiene. Lo dice consciente de que "ser vehemente y pasional se paga caro". "He cometido muchos errores por mi carácter y me han utilizado para algunas causas, para luego arrojarme a la papelera", se duele.

MENOPAUSIA CREATIVA

No oculta que ha sucumbido a la "menopausia del artista" y lo achaca al agotamiento del vigor físico. "Estuve casi seis años sin publicar. Has de decidir si sigues imitando al jovencito que fuiste, y ser un joven fiambre, o debes renacer dentro de ti mismo y transformarte. Puedes convertirte en una caricatura de ti mismo o lanzarte al vacío y renacer con cada libro", dice. Superó la crisis y se fortaleció. "Ahora estoy más lleno de literatura que nunca", se ufana.

No cree en la posteridad ni le preocupa, aunque hace decir a su personaje que "la literatura es el arte de escribir para que te lean dos veces". "La posteridad es una quimera. Hay que dejar un poso, lograr te lean con ahínco. Mantener un diálogo con quien te lee, interpelar al lector para que incorpore lo que lee a su propia vida. Con eso basta", concluye.

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