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LIBROS

Fernado Aramburu: "La palabra no repara el daño de la armas"

"ETA podría ganar la batalla de la mentira y no entregará las armas" dice el autor de 'Patria', un retrato de los últimos 30 año de Euskadi

Fernando Aramburu

Fernando Aramburu

Fernando Aramburu

JAVIER SESMA
13/09/2016 a las 06:00
  • COLPISA. MADRID
Txato, un pequeño empresario del transporte, fue asesinado a tiros por ETA tras una despiadada y odiosa campaña de acoso, chantaje e insultos. Su verdugo fue Joxe Mari, su vecino. La viuda de la víctima, Bittori, solo quiere que le pidan perdón. El peso de la amargura lastra su vida y el día que ETA anuncia el abandono de la armas va al cementerio para contárselo a la tumba de su marido. Sobre sus vidas y pesares se construye 'Patria' (Tusquets), conmovedor fresco de la Euskadi de los últimos treinta años en la que Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) escribe "contra el olvido político". Lo hace "sin buenos ni malos" y "sin equidistancia".

"ETA podría aún ganar la batalla de la mentira" advierte el escritor, que como en un puzle, encaja escenas de la vida de las víctimas, de sus asesinos y de quienes miraron a otro lado y callaron. 'Patria' es el retrato de una sociedad rota por el odio que parece dispuesta a pasar página y curarse, pero que "necesita tiempo pare el cierre definitivo de la herida del la violencia". "Uno días soy más optimista que otros, pero soy siempre suspicaz", dice el escritor. "No hay garantía completa de paz. Hay armas y ETA existe. La entrega de las armas no se producirá. No va a ocurrir. Las armas son dinero. Pero se llegará a una situación de normalidad y de pacificar se encargará el tiempo", asegura. Dice Aramburu que le habría gustado "no tener que escribir este libro" que titula con una palabra que detesta.

Patria, un concepto más que nocivo para la humanidad. "Una exacerbación colectiva en cuyo nombre se han cometido enormes barbaridades. Por eso desconfío, no en su acepción geográfica, sino en su sacralización, que puede infectar a la masas y ser perjudicial para la salud de algunos ciudadanos", aclara. "Se ha matado tanto en nombre de Dios como en de la Patria. Dios es otra patria" apunta el escritor, "ateo con unas sólida base cristiana", que defiende su apego a su orígenes. "No reniego del paisaje de la infancia y participo de cierta pulsión colectiva, pero mi sistema mental no tiene ninguna proyección delirante. Jamás se me verá con una bandera", asegura. ¿Pueden la palabras reparar el daño de la armas? "No. El daño es irreparable", dice Aramburu. "La palabra no resucita a nadie, ni devuelve la pierna al mutilado. No seamos ingenuos", asegura. "Pero la palabra permite otras cosas, compartir vivencias, dar consuelo, expresar solidaridad; manifestar lo más noble del ser humano, además de las más negativas", enumera.

"Ahora hay una porfía por el relato que quedará", sostiene el escritor. "El presente de tantos y tantos atentado ya pasó, se va borrando de la memoria y de las nuevas generaciones que no los vivieron", plantea. "Queda el relato histórico y es muy importante para que no se construya otro, para que no triunfe la maldad, un relato político interesado", advierte. "La literatura deja un relato más complejo, abarca al ser humano en su integridad, retrata su paisaje cotidiano, emocional, con sus deseos y accidentes. El relato literario permite al lector de hoy y del futuro tener una impresión de cómo se vivió, algo que no da la historia, que funciona con datos verificables". "La novela muestra al hombre íntegro, en toda su facetas vitales", resume.

"ETA puede gana la guerra de la mentira. Tiene sus adeptos, que tratan de construir su relato, una versión favorable a su movimiento independiente, incluso en capas cultas. No seamos ingenuos, el relato hay que hacerlo. Es múltiple. No hay una única versión. Será un conjunto de versiones", propone.

VACUNA CONTRA EL FANATISMO

La literatura fue para Aramburu "la vacuna contra el fanatismo". Pero no tiene recetas para que esa vacuna alcance a todo un pueblo. "La personas educadas y cultas son más sosegadas, más pacíficas. Si se fomenta lo bueno del ser humano, la sensibilidad, el gusto se vacían del fanatismo". "El fanático no tiene criterio. En un eco de consignas. El fanático es un cerebro conquistado. No es un ser libre. El hombre libre es el que puede discrepar", señala. Olvidar y perdonar son verbos clave en la narración de Aramburu, para quien "perdón y olvido no son lo mismo". "Hablo de perdón como un gesto de generosidad, no en sentido político ni religioso. Una garantía para la víctima de que algo negativo se termina par ella", precisa. "Para la sociedad en su conjunto la solicitud de perdón, para quien quiera pedirlo, tiene un gran efecto pedagógico", dice el narrador, convencido de que ETA no va a conjugar el verbo arrepentir. "ETA no lo hará. No pedirá perdón", asegura. "Habrá casos individuales, sí, que lo hagan en privado, pero es imposible que ETA se arrepienta", insiste. "La palabra arrepentido tiene muy mala prensa ahora en el mundo aberztale. Arrepentido y traidor es lo mismo" asegura.

"Esto no que decir que no haya arrepentidos. El arrepentimiento es una pulsión personal de quien reconoce que ha hecho mal" dice. "Otra cosa es el olvido, que siempre triunfa tarde o temprano porque la gente sigue con su vida". Para Aramburu la tarea es otra. "No se trata de parar la historia o detener el tiempo. La tarea es crear un espacio de la memoria, un lugar hecho de testimonios, de periódicos, películas, noticias y libros literarios a los que se pueda acudir en busca de respuestas". "Es lo que yo trato de hacer con este libro", dice Aramburu que discrimina distintos tipos de olvidos. "Hay olvido terapéutico y personal, como el de las víctimas que ocultan a los hijos, por amor, como mataron a su padre o hermano, y que está en su derecho de borrar recuerdos dolorosos para vivir con cierta normalidad y no ser sólo víctima". "Pero hay olvidos interesados y calculados que favorecen al perpetrador para que no se airee su culpa, y hay un olvido genere que está relacionado con la falta de empatía".

LEJANÍA CERCANA

Aramburu dejó Euskadi en los ochenta y ha sido un observador externo, pero no distante. "Lo de ver la realidad desde fuera es relativo, nunca hubo una ruptura o distancia emocional" "Pensé, ingenuo e iluso, que había roto todo lazo con mi tierra y no fue así. Había empatía hacia quienes sufrían el terrorismo", explica el escritor que ya abordo el 'tema vasco' en libros como 'Los peces de la amargura' (2006) y 'Años lentos' (2012) "La distancia geográfica sí me permitió ver la política, la sociedad y la historia con una perspectiva y cotejarla con la historia de Alemania, donde entre los año 30 y 45 se cometieron enromes atrocidades también en nombre del un pueblo, el alemán", explica. "Comprendí que el mecanismo de actuación era similar al de quienes ejercían la violencia en el país vasco: aplicar un filtro a la sociedad que solo atraviesan los puros, quienes merecen estar en el paisaje ideal, en la patria ideal, en el proyecto. El resto es eliminable. A veces se les elimina físicamente, pero otras basta con que se vayan o se callen. Lo he vivido emocionalmente. He canalizado el enorme dolor que ha generado por la vía literaria" asegura.

Los que guardaron silencio y miraron para otro lado también están en la novela. "No es una característica vasca. El silencio colectivo se ha dado allí donde impera el terror. La gente, de forma natural o instintiva desarrolla estrategias de supervivencia y el silencio es unas de ellas. Pero también hay un silencio cómplice y se ha visto en las elecciones. El miedo fomenta el silencio" sostiene .

"No pongo en pie de igualdad verdugos y víctimas" dice saliendo al paso de las acusaciones de equidistancia". "Dudo que haya víctimas sin agresores, y viceversa. Si quiero dar un dibujo completo he de incluir a todos los actores. Si introduzco a los agresores no puedo hacer de ellos unos simples comparsas; he de indagar en ellos y mostrar su complejidad humana. No hago una novela de buenos y malos. Son seres humanos con sus contradicciones y anhelos. El lector dirá si es aceptable moralmente o no. No juzgo y no me entrometo con mis opiniones, frágiles y variables. Algo que no he hecho jamás", concluye.

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